Recordaremos este Mundial, entre otras cosas, porque cada español vio los goles de la Selección en un momento distinto. El desfase entre TDT, streaming y otras plataformas ha llegado a tal punto que en un mismo bar puede haber dos retransmisiones con unos cinco segundos de diferencia entre ellas, lo que se traduce en que el tío que tienes a tus espaldas puede estar celebrando un gol mientras tú aún estás viendo al adversario pasándose el balón en el centro del campo.
Ni siquiera ver el Mundial en tu casa es garantía. Basta con tener la ventana abierta para que el “¡gol!” de turno arruine el misterio. La gran ironía es que cuanto más arcaico es el aparato que utilizamos, menos desfase sufrimos. Radio, televisión analógica, TDT y streaming: cada salto tecnológico añade segundos de retraso para garantizar que la señal que llega a nuestros receptores sea inmaculada. Como si en nuestro intento por alcanzar la perfección visual hubiésemos sacrificado la posibilidad de vivir una experiencia común.
No solo es enervante que alguien te chafe el partido, también es epistemológicamente molesto. Antes vivíamos felices instalados en la idea, falsa pero reconfortante, de que todos estábamos viendo lo mismo. Este desfase nos ha recordado que hay un partido por cada espectador. Y, seguramente, el tuyo sea el último. Algo bastante extrapolable a otros ámbitos.













