Hasta ahora, con la tecnología de moda, la norma en Hollywood había sido la prudencia. Sí, se usaban algoritmos, pero siempre escondidos en la sala de máquinas. Eran un Photoshop con esteroides para rejuvenecer actores, corregir pequeños errores de continuidad o abaratar los efectos especiales. Nadie quería que escribieran el guion. Uno de los últimos movimientos de Netflix va justo por ahí. Recientemente, compró una startup de IA fundada por el mismísimo Ben Affleck, pero no para inventar historias, sino para algo mucho más prosaico y rentable. Retocar escenas en posproducción sin tener que volver a reunir al reparto. Ahorro puro y duro de logística en la sala de edición. El problema es que la IA ya no quiere trabajar en chapa y pintura ni efectos especiales. Quiere sentarse en la silla del director, en la del realizador e incluso ponerse frente a la cámara. Y es un cambio que se está produciendo de forma vertiginosa. El primer aviso de lo que se nos viene encima no ocurrió en una oficina de San Francisco. Ocurrió en los pasillos del Festival de Cannes. Allí se presentó 'Candela', un cortometraje con una carga emocional que encoge el estómago, inspirado en los recuerdos íntimos de la noche de San Juan. Visualmente es impecable. El problema para los puristas es que no hubo cámaras. No hubo focos. No hubo un equipo de ochenta personas cobrando dietas en un plató. Hubo un ordenador. Su directora, Myriam Mira, jamás había dirigido una película tradicional. Le bastaron diez días de trabajo, un equipo de tres personas y 2,5 millones de créditos de computación para levantar toda la obra desde su equipo. Sin embargo, la propia cineasta advierte contra el espejismo de la facilidad. "Mucha gente se frustra porque piensa que la IA es ese botón que lo hace todo fácil", explica sobre el proceso. Lejos de la automatización total, Mira describe que "es trabajo de ensayo y error, y a veces implica tirar mucho los dados. El modelo no siempre te hace caso". Defiende ante los que pueden rechazar la idea de una obra creada con IA: la tecnología es solo el medio. "La clave de todo es tener muy claro qué es lo que quieres contar y cómo lo quieres contar". Para conseguir esta pirueta, el equipo se basó en una trinidad de herramientas que ofrece en su plataforma la startup española Magnific. Nano Banana 2, de Google, para las imágenes base. Seedance 2.0, modelo de ByteDance, para insuflarles movimiento y convertirlas en vídeo. Space, una especie de lienzo digital que organizó los 2.591 archivos generados como si fuera una gigantesca mesa de montaje virtual. "Lo más complicado fue lograr la continuidad espacial. Y aquí estamos ante un video musical. Seguro que si tuviésemos diálogo, las dificultades se hubiesen multiplicado", apunta Mira, que habla de que la IA viene a "democratizar" las posibilidades creativas. Esta democratización suena preciosa hasta que eres el estudio o la agencia que cobra seis cifras por producir un anuncio. Si una marca puede facturar un spot con calidad de Super Bowl en diez días desde el salón de su casa, el viejo modelo de agencias mastodónticas y presupuestos millonarios puede tambalearse. Durante un siglo, levantar una película de presupuesto medio exigía superar las ocho cifras solo para no perder dinero. Eso condenaba casi cualquier historia de nicho antes incluso de empezar. Hoy esa barrera no se ha desplomado, pero ahora es algo más baja. TE PUEDE INTERESAR El juego ya no solo consiste en cuántos empleados tienes en nómina, sino en si tienes mejor criterio que el resto. La ejecución ya la pone la máquina. No es una teoría de laboratorio. Ya hay gente ganando millones con esto. La primera son los The Dor Brothers, que pasaron de subir vídeos virales y parodias a dirigir una productora de IA multimillonaria. Kavan the Kid ha levantado The Chronicles of Bone, un universo de fantasía que mezcla a Drácula y Frankenstein y que ya devora millones de visualizaciones en YouTube. Native Foreign son los responsables de moldear digitalmente a Paris Hilton para devolverla a los anuncios de Carl's Jr. ¿El nexo común? Equipos de apenas dos o tres personas capaces de moverse a una velocidad imposible para cualquier estudio tradicional. La IA no está encogiendo el mercado creativo. Lo está haciendo más grande. Plataformas como Magnific ya procesan alrededor de 175 millones de imágenes y vídeos al mes creados por autónomos y pequeñas empresas que, por primera vez, pueden producir un marketing profesional sin depender de grandes agencias. El mercado se hace más grande. Lo que cada vez se hace más pequeño es el sitio reservado para los intermediarios. La actriz que no existe y el factor humano Pero la ampolla más dolorosa no es que los decorados se construyan a golpe de líneas de código. Es que los actores también. Ya no va de quitarle unas arrugas a una estrella en posproducción. En Londres, el estudio Particle 6 ha decidido tomar el carril de la izquierda y presentar a Tilly Norwood. No es un deepfake, una máscara digital colocada sobre el cuerpo de una persona real. Tampoco es el clon de una celebridad. Es la primera actriz virtual creada íntegramente con inteligencia artificial que protagonizará una película comercial. La cinta, presentada esta semana, se llama Misaligned y será una comedia dramática que, en un giro de ironía casi perfecto, abordará el caos existencial de la inteligencia artificial. La paradoja se escribe sola. La respuesta de la industria no ha tardado ni un minuto y ha sido bastante visceral. Los sindicatos de actores, tanto el británico Equity como el todopoderoso SAG-AFTRA de Hollywood, han puesto el grito en el cielo y han denunciado públicamente el proyecto. Sostienen que Tilly Norwood no es una actriz, sino una herramienta de IA entrenada con el trabajo de incontables intérpretes profesionales sin permiso ni compensación. Emily Blunt, ganadora de un Globo de Oro, no tardó en salir a la palestra y calificar el panorama de "aterrador". El sentir de los detractores de este fenómeno se resumía bastante bien en las quejas de la intérprete mexicana Melissa Barrera. Ella decía que casos como el de Misaligned suponían un robo de aquello que hace único al cine: la conexión humana. Hay un matiz importante que los responsables de Tilly Norwood se han apresurado a dejar claro. No será una película completamente sintética. Aunque el personaje principal sea una inteligencia artificial, detrás seguirá existiendo un equipo humano. Particle 6 asegura que no pretende sustituir a los actores y que el rodaje híbrido seguirá necesitando profesionales de carne y hueso para interactuar con la protagonista y sostener toda la producción. "Seguiremos queriendo ver a actores de cualquier nivel", afirman en un intento de calmar unas aguas que nunca habían estado tan revueltas. Foto: Particle 6. El problema es que esa explicación ya no tranquiliza a casi nadie. Después de 118 días de huelga, SAG-AFTRA consiguió fijar por primera vez unos límites claros al uso de la inteligencia artificial. El acuerdo exige el consentimiento de los actores para utilizar sus réplicas digitales y prohíbe que la IA sirva para sustituir directamente su trabajo. No será un documento inamovible. Se revisará periódicamente a medida que evolucione la tecnología. Pero el caso de Tilly Norwood apunta a convertirse en el primer gran examen de ese nuevo marco legal. Porque la discusión ya no consiste en saber si la IA puede actuar. La tecnología ha demostrado que sí. La pregunta realmente incómoda es otra. ¿Cuántos actores seguirán siendo necesarios cuando un estudio pueda crear un protagonista desde cero y rodearlo de un equipo humano mucho más pequeño? Un escenario ante el que Myriam Mira es rotunda. "Me imagino un futuro en el que los actores de Hollywood cedan sus derechos de imagen para protagonizar películas en las que ni siquiera tengan que rodar físicamente”, argumenta. “Las películas donde actúen de verdad de forma tradicional serán más caras y exclusivas, pero convivirán ambos mundos". No miren a Disney, miren a Google El desembarco de la IA en las colinas de Los Ángeles no está siendo precisamente un camino de rosas. El romance entre los focos y los ingenieros ya se ha cobrado sus primeras víctimas corporativas. El año pasado, Disney firmó un acuerdo histórico con OpenAI para abrazar Sora, su herramienta de vídeo generativo, a la factoría de Mickey Mouse. Duró bastante menos de lo que esperaban. En marzo, OpenAI cerró abruptamente la herramienta tras comprobar que era incapaz de mantener la consistencia que exige una película comercial. Los coches cambiaban de modelo entre planos. Los personajes aparecían con ropa distinta sin ninguna explicación. Disney rompió el contrato. Hollywood descubrió algo incómodo. La IA sirve para fabricar clips capaces de martillear a millones de usuarios de X o de TikTok. Mantener una película de dos horas con la coherencia que exige una superproducción sigue siendo otra historia. Precisamente ese rechazo de los cineastas a ser sustituidos por una IA explica el último movimiento maestro de las grandes tecnológicas. Google acaba de poner sobre la mesa un cheque de 75 millones de dólares para aliarse con A24, la productora de culto detrás de fenómenos como Euphoria, Todo a la vez en todas partes o la próxima película de Timothée Chalamet, Marty Supreme. Esto demuestra que Silicon Valley ha entendido una cosa. No puede conquistar Hollywood sustituyendo a los artistas ni a todo lo que le rodea. Tiene que conseguir que sean ellos quienes quieran utilizar sus herramientas. Por eso el acuerdo con A24 es mucho más interesante de lo que parece. Tiene una letra pequeña que marca un antes y un después. Google no tendrá acceso al catálogo de películas del estudio para entrenar sus modelos. Se acabó eso de piratear el talento ajeno para alimentar una inteligencia artificial. Además, las herramientas que desarrollen juntos no consistirán en escribir un prompt dentro de una caja en blanco y esperar un milagro. Un logo de Google en Mountain View. Foto: Reuters. "Los desarrolladores han impulsado la IA como una forma de hacer películas más rápido y más barato, y eso no resulta atractivo para los cineastas", explica Scott Belsky, socio de A24 responsable del área de innovación, en declaraciones al WSJ. "Creemos que existen mejores usos que preservan el control creativo". Lo que promete Belsky se parece muy poco a la IA generativa que tanto incomoda al sector. La idea no es reemplazar al director, sino construir asistentes de una precisión quirúrgica capaces de ayudar a cineastas como Kane Parsons, el joven director detrás del fenómeno de terror The Backrooms, sin arrebatarles el control creativo. En otras palabras, las grandes tecnológicas han cambiado de estrategia. Primero intentaron vender una máquina capaz de hacer películas por sí sola. Ahora intentan vender otra que convenza a los directores de que nunca volverán a querer trabajar sin ella. La tregua entre los artistas y los algoritmos ya ha comenzado. Las tecnológicas tienen que conseguir algo mucho más rentable. Que sean ellos quienes dependan de sus máquinas para trabajar cada día. Como concluye Myriam Mira, la metamorfosis será orgánica. "Como cualquier gran cambio tecnológico, transformará la industria y terminaremos conviviendo en un entorno híbrido". La jugada no es vender una película hecha con inteligencia artificial, por mucho que 'Candela' o 'Kavan The Kid' hayan demostrado que se puede llegar a hacer. Vender las herramientas sin las que nadie querrá volver a hacer una película. Bueno, casi nadie. Porque Nolan se ha gastado 250 millones en rodar La Odisea de forma tradicional, sin prácticamente efectos especiales ni platós virtuales ni, por supuesto, IA. Pese a todo, puedes seguir diciendo que jamás pagarás una entrada para ver cine hecho con IA. Es muy probable que dentro de unos años lo hagas. Y lo más inquietante de todo no será descubrir que una parte de esa película la ha creado un algoritmo. Será que probablemente nunca llegues a saber en qué momento empezó a ocurrir.
Este corto español de Cannes explica mejor que nada uno de los grandes culebrones de la IA
'Candela', una producción presentada en el festival de Cannes, se creó desde cero en tan solo diez días gracias a la IA. Una demostración acelerada de cómo esta tecnología está asaltando la industria del entretenimiento. Vienen curvas. Tomen asiento









