Hay quien en el PP valenciano se indigna estos día por las formas que ha desplegado Génova sobre el futuro del partido en la Comunidad Valenciana. En realidad, ha sido casi siempre la norma. Lo digo a propósito de la incertidumbre que se ha instalado por la sospechosa tardanza de Alberto Núñez Feijóo en confirmar la candidatura de Juanfran Pérez Llorca para las autonómicas de 2027. Pero ¿Cuándo han tenido realmente los populares valencianos plena autonomía para elegir a su líder?Juanfran Pérez Llorca y Alberto Núñez Feijóo en Sueca Kai Forsterling / EFEBasta con echar la vista atrás. José Luis Olivas fue designado para sustituir a Eduardo Zaplana cuando este emprendió su etapa como ministro en Madrid. Poco después, Francisco Camps fue elegido para relevar tanto a Zaplana como al propio Olivas al frente de la Generalitat. Y años más tarde Pablo Casado, con Teodoro García Egea como principal ejecutor de la operación, apartó a Isabel Bonig para situar a Carlos Mazón al frente del PP valenciano. La pregunta, por tanto, no debería ser por qué decide Génova, sino cuándo dejó de hacerlo.Es verdad que hubo momentos en los que los dirigentes valencianos acumularon un enorme poder propio. Eduardo Zaplana lo hizo cuando abandonó la alcaldía de Benidorm para conquistar la Generalitat. Entonces el PP no gobernaba España y él supo construir una sólida red de apoyos políticos, económicos y mediáticos en la Comunidad Valenciana hasta derrotar al que era el referente del partido, Pedro Agramunt. También Francisco Camps terminó consolidando una autoridad política difícil de discutir tras imponerse en la batalla interna con el sector zaplanista. Su influencia llegó a ser determinante en el congreso nacional celebrado en València en 2008, cuando Mariano Rajoy revalidó el liderazgo del partido. Pero tampoco conviene olvidar cómo terminó aquella etapa. Tuvo que ser el caso Gürtel el que precipitara su caída y Mariano Rajoy quien, a través de Federico Trillo, forzara su salida de la presidencia de la Generalitat.En todos esos episodios, con mayor o menor intensidad, la dirección nacional acabó ejerciendo la última palabra. Esa voluntad de controlar el PP valenciano responde también a una determinada concepción política que viene de lejos. Durante la Transición y los primeros años de autonomía, la dirección nacional de la derecha entendió que la Comunidad Valenciana era un territorio estratégico en el que debía imponer su propio relato frente a una izquierda valencianista que trataba de construir un discurso identitario propio. La llamada Batalla de València fue el escenario de aquella confrontación. Y tampoco debería olvidarse el papel que desempeñó Unión Valenciana como instrumento para erosionar ese espacio político hasta que el propio PP terminó absorbiendo buena parte de su electorado y de su discurso.Por eso sorprende que algunos se escandalicen ahora. La memoria política, a veces, dura menos que un ciclo informativo. La relación entre Génova y el PP valenciano ha estado marcada durante décadas por una sucesión de equilibrios en los que Madrid siempre se reservó la capacidad de decidir. Incluso hubo momentos en los que el foco político y mediático se concentró casi exclusivamente en la corrupción valenciana mientras otras tramas que afectaban al PP madrileño quedaban en un discreto segundo plano. Aquella imagen de que la corrupción tenía en Valencia su principal escenario terminó convirtiéndose en un relato tan eficaz como injusto.Por eso tampoco debería extrañar que Génova mantenga ahora en vilo al PP valenciano mientras decide si confirma a Juanfran Pérez Llorca o apuesta por otra alternativa. Lo llamativo no es que la dirección nacional quiera conservar el control. Eso siempre ha ocurrido. Lo verdaderamente novedoso es la naturalidad con la que ejerce esa tutela, sin apenas preocuparse por guardar las formas. Los cuadros territoriales, cuando apenas quedan unos meses para las elecciones, necesitan certezas. En cambio reciben silencios, rumores y cálculos tácticos. Si Feijóo considera que Llorca no es el candidato adecuado, que nombre a otro. Lo que cuesta entender es que un partido que aspira a gobernar España mantenga durante tanto tiempo en suspenso a una organización autonómica que necesita ordenar su estrategia política.Y tampoco conviene olvidar que esta forma de actuar no es patrimonio exclusivo del PP. Ferraz hizo exactamente lo mismo cuando decidió que Diana Morant debía convertirse en la nueva líder del PSPV, por delante de Carlos Fernández Bielsa y Alejandro Soler. Después, la ministra consolidó su posición en un congreso regional y reforzó su liderazgo interno. Pero la decisión inicial también se tomó en Madrid.Al final, más allá de las diferencias ideológicas, PP y PSOE comparten una misma cultura de partido. Cambian los protagonistas y cambian las siglas, pero el centro de gravedad sigue estando en la capital. Allí se deciden los liderazgos, allí se construyen los relatos y allí se marcan los tiempos. La diferencia es que antes esas decisiones se envolvían en una cierta liturgia orgánica. Hoy ni siquiera parece necesario disimular. La discusión ya no consiste en quién decide, porque eso hace tiempo que dejó de ser un misterio. La verdadera cuestión es hasta qué punto los partidos territoriales están dispuestos a aceptar que su autonomía política dependa, casi siempre, de una llamada desde Madrid.Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991