Actualizado a las 19:28h.
Estados Unidos fue una invención del espíritu europeo hace doscientos cincuenta años que, con el tiempo, se convirtió en una unión muy exitosa. A su vez, tras la Segunda Guerra Mundial, el apoyo de Washington fue esencial para iniciar el proceso de integración del viejo continente. También desde Estados Unidos se impulsó la creación de una alianza atlántica que garantizase la seguridad de Europa Occidental. Hoy los lazos humanos, políticos y económicos entre las dos orillas del antiguo Mar Océano conforman una interdependencia difícil de deshacer, que mejora a diario la vida de estadounidenses y europeos, por mucho que estos vínculos se sometan a prueba.
Los europeos pueden estar orgullosos de lo conseguido durante los últimos setenta y cinco años de integración: paz y prosperidad compartida con democracia e imperio de la ley. Pero a la Unión Europea y sus estados miembros les cuesta reinventarse en un nuevo tiempo geopolítico de rivalidades entre potencias. Sus políticas no están diseñadas para los retos actuales y tampoco sus instituciones. No disponen de un poder ejecutivo comunitario que pueda tomar decisiones con la rapidez y la legitimidad que demanda un entorno internacional adverso, donde existen, no obstante, oportunidades para la proyección exterior europea. Los países europeos tienen más poder blando o de atracción que Estados Unidos o China, así como mayor potencial para trabajar con aliados muy diversos.







