Gracias a su ejército de drones, Ucrania hace hoy cosas que eran inimaginables hace un año, como imponer un cerco a Crimea, bombardear Moscú y dejar sin gasolina a Siberia. Pero Volodímir Zelenski considera que Rusia todavía tiene una “última gran ventaja” en la guerra: sus misiles balísticos.De gran poder destructivo, estos proyectiles son muy difíciles de interceptar por su velocidad hipersónica y trayectoria a menudo impredecible. El escudo más eficaz contra ellos es el sistema de misiles tierra-aire Patriot, desarrollado por Estados Unidos. Ucrania lo utiliza, pero de forma muy limitada. En estos momentos, dispone solo de seis baterías operativas, lejos de las veinticinco que necesitaría para cubrir bien todo su territorio. Y lo que es peor: sus reservas de munición se están agotando.Estas carencias se hicieron evidentes en el bombardeo masivo sobre Kyiv del pasado lunes, que dejó una veintena de muertos. Moscú empleó 29 misiles balísticos en su ofensiva, y ninguno de ellos pudo ser destruido por las defensas antiaéreas. Así lo reconoció el coronel ucraniano Yurii Ihnat, quien alertó de que Rusia “está aprovechando la grave escasez de misiles interceptores” que sufre su país.La cumbre de la OTAN celebrada esta semana en Ankara se presentaba como una oportunidad de oro para paliar este déficit. Zelenski acudió a ella con la esperanza de que los aliados le proporcionaran más baterías y munición, y lo que sucedió al final fue sorprendente: el miércoles, durante su reunión con el presidente ucraniano, Donald Trump anunció que concedería a Kyiv la licencia para la fabricación de misiles Patriot.“Eso es genial, ¿no?”, dijo el mandatario estadounidense. “Así no podrán quejarse de que no les suministramos suficientes”, agregó con cierta sorna, consciente de que hoy Washington también va escaso de proyectiles debido a la guerra de Irán. Según cálculos del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, el Pentágono ha consumido cerca de la mitad de sus reservas de interceptores en la campaña contra Teherán. Y tardará en reponerlas: hasta el 2028 como pronto, pese al aumento actual del ritmo de producción.La promesa de la licencia fue acogida con satisfacción por Zelenski, aunque, como ya es habitual tratándose de Trump, resulta bastante difusa. El propio magnate reconoció que todavía se tienen que concretar los aspectos técnicos, y que ni siquiera había comunicado su decisión a las empresas implicadas, los gigantes armamentísticos Lockheed Martin y Raytheon. Tampoco especificó si Kyiv podrá fabricar la versión más moderna de los interceptores –la PAC-3– o si se tendrá que contentar con la antigua –la PAC-2–.Más allá de esa vaguedad, la hipotética obtención de la licencia no resolverá las necesidades inmediatas de Ucrania. Producir un misil Patriot lleva su tiempo. Estas son armas de precisión muy sofisticadas, con un coste de entre 3 y 5 millones de dólares por unidad, dependiendo del modelo.Cada proyectil incorpora múltiples componentes: un ordenador, sensores, mecanismos de guiado, sistemas de propulsión… Piezas de alta tecnología que tienen que funcionar a la perfección y que dependen de cientos de proveedores.Por todo ello, los analistas creen que Kyiv tardará años en fabricar su primer interceptor. No hay más que remitirse a las experiencias de Alemania y Japón, los únicos dos países que cuentan con licencias Patriot. Berlín recibió la autorización en el 2022, y de su planta de Schrobenhausen todavía no ha salido ni un solo misil. Tokio obtuvo el permiso en el 2005, y tardó tres años en materializar con éxito los proyectiles.Así pues, a Ucrania le espera un largo camino por delante. Y bastante más tortuoso que el de Alemania y Japón, ya que está en guerra, y decisiones como dónde instalar la planta de producción suponen todo un quebradero de cabeza. Cualquier nueva fábrica de armamento se convertirá en un objetivo prioritario para el ejército ruso.Mientras tanto, el Kremlin seguirá aprovechando su “gran ventaja”, y los misiles balísticos continuarán cayendo sobre Kyiv sin que nada pueda detenerlos.Periodista. Redactor de Internacional de La Vanguardia.