Evitemos los conceptos paliativos. Se otea una burbuja tecnológica, y de la inteligencia artificial (IA). Son constantes desde que nació la sociedad por acciones, el riesgo financiero y el (azaroso) gran comercio marítimo: desde el siglo XVII holandés.Entonces se hizo famosa la primera “crisis de los tulipanes”. Llegaban a comprarse al precio de una casa: un portuario se comió un bulbo pensando que era una cebolla, desató la histeria financiera. Y el colapso temporal del comercio colonial gestionado por las enormes compañías reales que poseían ejércitos. Y países, la India.Desde ahí hasta la crisis de las punto.com de principios de siglo XXI y la de las hipotecas tóxicas (subprime, de baja calidad), el concepto “burbuja” —susceptible de estallido súbito— viene asociado a su propio origen, la “especulación” desenfrenada. Una novedad, una innovación tecnológica, generan un afán de un lucro desbocado y contagioso. Se sobreinvierte en el nuevo artilugio. Se sobrepondera su precio, no fuese que no pudiéramos hacernos con él.De ese tenor es lo que sucede hoy con las grandes tecnológicas y las compañías de IA. El clímax cristalizaba, el 12 de junio, con la salida a Bolsa de SpaceX, de Elon Musk, vinculado a ambos tipos de negocio, de satélites a centros de datos. Ha sido la más grande de la historia, al valorar la compañía a 2,1 billones de dólares y recaudar 86.000 millones; a completar con una emisión de deuda por 25.000 millones. A la desaforada valoración contribuyeron actividades convencionales, pero también apuestas fantasiosas como la colonización del planeta Marte. Y las que vendrán.Una vez iniciada la burbuja, su viacrucis suele precipitarse. Sigue una secuencia, que el divulgador Niall Ferguson (El triunfo del dinero, Debate, 2009) describe por fases: desde el “movimiento” inicial, cuando se otea la posibilidad de ganancias exponenciales; la “euforia” o exceso de inversión, cuando los retornos esperados disparan las cotizaciones; la “manía”, o propiamente burbuja, esa perspectiva de ganancias fáciles que atrae a nuevos inversores y a especuladores prestos a “arrebatarles su dinero”; la “aflicción”, cambio de rasante durante el cual el mercado se percata de que las “ganancias esperadas ya no pueden justificar el precio de las acciones, ahora exorbitante”.Y como colofón, la “repulsión”, momento de descrédito en el que, al caer las cotizaciones, “los neófitos huyen en estampida” provocando el pinchazo de la burbuja, casi siempre de naturaleza crediticia y siempre de efectos financieros. Que muchas veces amenaza a la estabilidad financiera y puede percutir contra la espina dorsal de la banca, como advierte coloquialmente Christine Lagarde desde el BCE. Y Pablo Hernández de Cos desde el BIS. Ahora estamos transitando desde la “euforia” a la “manía”.El fenómeno es financiero. Lo radiografió con brillantez Charles Kindleberger (Manías, pánicos y cracs, Ariel, 1991). Pero su riesgo extremo no anula el gran avance de productividad y conocimiento que trae la IA. Ni esconde sus problemas asociados laborales, educativos, de gobernanza y concentración de la riqueza. Y del poder. Van juntos, pero no los discutamos revueltos.