Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EE UU, México y Canadá. Martín querido: A principios de esta correspondencia estuviste en el hospital. Envidioso como soy, te imité de manera literalmente insana. Una neumonía me llevó al hospital, desde donde te escribo. El virus que mató a Sean Connery, que tantos villanos había sorteado como James Bond, anda por aquí. Esta carta será más breve que las otras y debería tener la extensión del único género que se escribe a mano: la receta médica.Messi será siempre insondable. Como se trata de un genio sin opiniones, todo en él debe ser descifrado. En México se presume mucho que la camiseta más vendida del Mundial es la nuestra (cinco millones), superando incluso a Argentina (dos millones setecientos). Pero las estadísticas sólo significan algo si se ponen en contexto. En Argentina es raro que haya urgencia de comprar camisetas porque todos las tienen desde el nacimiento; la más reciente no se compra por repentino patriotismo, sino para completar la colección con el nuevo diseño. También ha surgido una ola en contra de Argentina, por la forma en que el VAR los ha consentido. Cada decisión puntual se puede discutir, pero lo cierto es que el videoarbitraje se presta para las teorías conspiratorias. Senegal, Cabo Verde, Irán, Egipto y Colombia han recibido castigos exagerados de los videojueces. No es difícil ver en eso un patrón contra los países menos poderosos en el desigual mundo del fútbol. Un amigo me dijo: “Le voy a Francia porque es el único que puede ganarle a Argentina”. Este país es raro respecto a los afectos; la solidaridad latinoamericana pesa poco ante un país que gana demasiado seguido. En 1986, en la final Argentina-Alemania, el público estaba con los teutones. Y hablando de camisetas, ¿qué opinas de la de Bélgica? Es confusa y no se sabe lo que representa, pero tiene un valor agregado por estar inspirada en la “obra de Magritte”. De modo más literal que simbólico, la etiqueta dice: “Esto no es una camiseta”. Contra España, los belgas especularon como para poner en práctica ese lema. Llama la atención la forma en que los equipos se comportan ante el pánico escénico de estar en la última fase del torneo. Muchos de ellos quieren ser Paraguay. El esquema hiperdefensivo se convierte en la más aburrida forma de morir. Como los peces de las grandes profundidades que se aptan a la oscuridad con su ceguera, los sobrevivientes de la fase final buscan que su ausencia de virtudes ayude a subsistir. Marruecos debutó en el Mundial dominando a Brasil de vistosa manera, pero ante Francia —que anotaría seis goles por partido si no existieran los postes, los porteros y la chiripa— el equipo rojo sucumbió al pánico escénico, abandonó su naturaleza. Estoy convencido de que el mayor éxito de la selección mexicana fue la forma en que perdió su último partido. Los primeros dos triunfos fueron pobres en lo deportivo, pero la gente estaba tan necesitada de buenas noticias que eso supo a gloria. Los siguientes dos triunfos demostraron lo más extraño: el equipo podía jugar muy bien. Para ese momento, la fe en la selección era enorme. Pero el prestigio del Tri se consolidó cuando finalmente perdió. Fiel a la canción ranchera, desafió a un rival más fuerte y supo morir “en la raya”. En ningún momento se traicionó a sí misma; dominó el partido sin que eso condujera a la victoria, pero salió con su temperamento intacto. En fin, vivir en México te adiestra a perder de mejor manera. Después de Francia, Bélgica era la selección más anotadora, pero jugaron como un falso Paraguay, esperando una solitaria oportunidad para anotar. La tuvieron y el partido se cerró aún más. España ejerció su juego posicional, sin soltar la pelota. En la portería estaba Courtois. Una de las injusticias del fútbol es que no se rentabilizan los puntos concretos que un portero da al equipo. En el Real Madrid, Casillas y Courtois han hecho más atajadas para ganar partidos que numerosos delanteros. Este ha sido, entre otras cosas, el Mundial de los guardametas. Pero el tiempo pasa su factura y se resintió de una lesión. El portero suplente, cuyo nombre omito para no asociar en exceso su destino a esa jugada, escupió una pelota muy difícil y Merino, que entra a los partidos con el estoque desenvainado, no desperdició la oportunidad. Me despido un poco a la carrera porque ya es hora de la terapia pulmonar, en la que quizá se descubra que grité demasiado en el Estadio Azteca.Te abrazaJuan