Lo advirtió Thomas de Quincey: se empieza por el asesinato y se acaba por no ir a misa. Esta parece ser la deriva de Gianni Infantino. Alguien que observa indiferencia ante la muerte de miles de trabajadores en las obras del Mundial de Catar y termina quitando una tarjeta roja a un jugador belga en el Mundial ante un pedido de Donald Trump.

La construcción del personaje es un producto opaco del big bang capitalista del siglo XXI pero el desmontaje para ver cómo ha sido posible su surgimiento no es una tarea sencilla.

La peripecia va desde un niño que juntaba chatarra para conseguir unas monedas en un pueblo suizo, según cuenta en su autobiografía, al prestidigitador que pretende confundir en un abrazo fallido a dos dirigentes de la FIFA, uno judío y otro palestino, en plena guerra, porque “si nadie intenta unirnos, ¿qué será de nuestro mundo?”, les dijo. “Juntos somos imbatibles”, insistió.

Hay otra frase que lo ilumina, lo cual lo hace aún más complejo, ya que, como la piel de su cabeza, buena parte de su accionar lo exhibe con cierta desnudez: “El dinero solía cambiar de manos bajo la mesa. Sin embargo, desde 2016 [año que asume la presidencia de la FIFA], se mueve a la vista de todos”. Quien no ve es porque no quiere.