Otra historiaHasta los zares envejecen. Y el hombre fuerte de Rusia empieza a mostrar fatiga de combateVladimir Putin, junto a Boris Yeltsin en un desfile en la Plaza Roja de Mosc�.APActualizado Viernes,
julio
00:53Audio generado con IAPutin est� ahora mismo enzarzado en dos guerras existenciales. La primera contra Ucrania, para recoser el orgullo desgarrado del viejo oso ruso que perdi� la Guerra Fr�a. La segunda contra el reloj, que marca 73 a pesar del b�tox con el que trata de apuntalarse el rostro y que lleva a�os migrando por su cara hasta asentarse en dos mofletes Mar-a-Lago (la cara de p�ker del ex esp�a de la KGB empieza a parecerse sospechosamente a la que los cirujanos de Florida han imprimido en serie por todo el movimiento MAGA).En los reg�menes personalistas, el envejecimiento no es solo un asunto biol�gico, sino un problema pol�tico. Y el hombre fuerte de Rusia empieza a mostrar fatiga de combate. La guerra de Ucrania ha drenado de recursos el pa�s y amaga con fundir el escudo de invulnerabilidad que le rodea desde hace d�cadas. Hasta los zares m�s temibles envejecen, y el poder necesita piezas de recambio dif�ciles de hallar cuando se ha concentrado de esa manera.En este marco hay voces que se atreven a plantear qui�n vendr� despu�s. Y entre los nombres que circulan abundan los tecn�cratas sin proyecto propio: de Mija�l Mishustin, actual primer ministro a Sergu�i Sobianin, alcalde de Mosc�. Todos pertenecientes a una generaci�n de administradores cuya principal virtud consiste precisamente en no representar una alternativa al putinismo.Otra cuesti�n es si el propio zar participar� en su entierro pol�tico. La historia ofrece ejemplos de gobernantes que intentaron teledirigir sus transiciones post mortem. Augusto, sin ir m�s lejos. El fundador del Imperio romano pas� d�cadas buscando a un heredero fiable hasta que acab� recurriendo a Tiberio por la muerte prematura de todos los candidatos.M�s cerca de nuestro tiempo est� el caso de Deng Xiaoping. Tras las convulsiones de la era Mao, comprendi� que China necesitaba mecanismos de sucesi�n menos traum�ticos. Impuls� el ascenso de Jiang Zemin, un dirigente gris pero capaz de proporcionar estabilidad en un momento delicado. Despu�s lleg� Hu Jintao mediante un proceso relativamente ordenado. Durante d�cadas pareci� que Deng hab�a resuelto el problema de c�mo retirarse sin que el sistema temblara. Aunque la posterior concentraci�n de poder bajo Xi, que ha roto ese legado sucesorio regresando a un hiperliderazgo personal, lo pone en duda.Cuanto m�s personalista es un sistema, m�s dif�cil resulta institucionalizar la sucesi�n. La clave es si Putin conseguir� hacer lo que Deng con Jiang Zemin: dejar un heredero aceptado por las �lites y capaz de garantizar la continuidad.








