M+.- Las cajas se apilan unas sobre otras. Hay medicamentos, alimentos no perecederos, artículos de higiene y decenas de mensajes escritos con la esperanza de que lleguen a manos de quien más los necesita. Entre tarimas improvisadas y voluntarios que clasifican, sellan y acomodan cada producto, una pequeña bodega de Zapopan se transformó en el punto de encuentro de una comunidad que decidió no quedarse de brazos cruzados tras los sismos que sacudieron Venezuela.Lo que hoy ocupa un almacén lleno de donativos nació, paradójicamente, de la incertidumbre. No hubo una organización humanitaria detrás, tampoco una asociación civil consolidada ni un plan previamente diseñado. Todo comenzó con cuatro personas: tres venezolanos que radican en Guadalajara y una mexicana, que ni siquiera se conocían y que coincidieron en una misma pregunta: ¿Cómo ayudar a su país desde la distancia?En cuestión de días, esa conversación iniciada en un grupo de WhatsApp terminó convirtiéndose en una red de apoyo integrada por decenas de voluntarios mexicanos y venezolanos que hoy han logrado reunir más de siete toneladas de ayuda humanitaria.Nuevas oportunidadesDetrás de la iniciativa por recolectar víveres para los venezolanos hay tres de ellos que encontraron en Guadalajara la oportunidad de tener un nuevo inicio. Pero, a pesar del tiempo y la distancia, el amor por su país se mantiene intacto, y fue ese sentimiento el que despertó en ellos la necesidad de apoyar a sus connacionales ante la tragedia.Para Lenny Flores, la tragedia en Venezuela removió recuerdos que nunca han dejado de acompañarla. Abogada de profesión y exfuncionaria pública, abandonó su país hace cuatro años tras denunciar una persecución política derivada de su trabajo en instituciones públicas y de la actividad política de su familia.Su salida no fue sencilla. Primero llegó a Panamá y, posteriormente, se estableció en México. Desde hace casi dos años vive en Guadalajara junto con su hijo, donde poco a poco ha logrado reconstruir su vida.