Cuatro días. Un puñado de maisons. Unos pocos cientos de vestidos que casi nadie va a usar. Sin embargo, cada enero y cada julio, París vuelve a convertirse en el lugar donde la moda se recuerda a sí misma por qué existe. Mientras el resto del calendario se aplana sobre tendencias intercambiables y colecciones diseñadas para el algoritmo, estos cuatro días siguen siendo los únicos en los que todavía hay algo que vale la pena decir.
Hay una paradoja en el centro de la Haute Couture parisina. Los vestidos que desfilan casi nadie los va a usar. Los precios son inaccesibles por definición. Y, sin embargo, esta se ha convertido en la única cita del calendario donde ocurre algo genuinamente interesante: el único momento en el que un diseñador puede permitirse pensar sin el filtro del sell-through, sin la obsesión por la viralidad y sin la presión de producir contenido que desaparece en cuarenta y ocho horas.
Lo que queda claro de la temporada recién concluida es que París se confirmó, una vez más, como una cantera de talento: el lugar donde los diseñadores más interesantes del mundo encuentran, por fin, el espacio para dar lo mejor de sí.
Pierpaolo Piccioli debuta en Balenciaga y elige la Haute Couture como terreno para dialogar con el legado de Cristóbal Balenciaga, demostrando que honrar un archivo implica tener el coraje de hacerlo evolucionar. Maria Grazia Chiuri lleva a Fendi a la Galleria Nazionale d'Arte Moderna de Roma y elimina los efectos especiales para volver a poner en el centro el diálogo con la prenda. Matthieu Blazy transforma el Grand Palais en un bosque encantado para Chanel, construyendo una feminidad más liviana. Jonathan Anderson se afirma en Dior con una reflexión sobre la escultura orgánica y el diálogo transcultural. Daniel Roseberry, desde Schiaparelli, empuja un surrealismo contemporáneo.











