Verano de 1959. Dos toreros de postín, Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, rivales en el ruedo y cuñados en la vida. A los dos los apodera la influyente casa Dominguín —los hermanos del segundo—, que organiza un duelo entre ambos en algunas de las plazas más importantes. La revista estadounidense Life encarga a Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura 1954, que escriba unos reportajes sobre la competencia entre los toreros, y de ahí surge, finalmente, el libro El verano peligroso del escritor americano.Carlos Abella (Barcelona, 1947), economista, escritor, biógrafo de Luis Miguel Dominguín, Paco Camino y José Tomás, reconocido historiador taurino y exdirector gerente del Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid, ha indagado en ese encuentro entre los dos toreros, y profundizado en la figura de Hemingway, su relación con los protagonistas, con España y el toreo, y su degeneración física y mental, que acabó en suicidio dos años más tarde. El resultado es el libro El verano sangriento de Hemingway (editorial Almuzara), que actualiza esa apasionante etapa, salpicada de porfía y también de sangre.“Hemingway ya era amigo de Ordóñez, y la relación surge de la admiración que el escritor profesó al Niño de la Palma, padre del torero, en los años 30”, cuenta Abella. “El primer encuentro con Ordóñez es en Pamplona”, continua, “y el propio Hemingway lo cuenta muy bien: cuando acaba la corrida, le pregunta Antonio: “¿Soy tan bueno como mi padre”, y le contesta: “Eres mucho mejor que tu padre”. Ahí nació una estrecha amistad”.Pregunta. ¿Quién era Ernest Hemingway?Respuesta. Un hombre especial, un aventurero, curioso y apasionado; con un concepto de la vida vinculado al riesgo y a la emoción; trabajó como periodista en la guerra civil española y estuvo presente en el desembarco de Normandía. Un amante de la pesca, que cazó leones y elefantes en África y se enamoró del riesgo que surge en los ruedos. En otras palabras, un esclavo de la aventura de la vida, convencido de que la literatura era la consecuencia del riesgo que él asumía”.“Hemingway fue un aventurero, curioso y apasionado; con un concepto de la vida vinculado al riesgo y a la emoción”P. ¿Acaso era un vividor?R. Era, sobre todo, un buen bebedor. Hay una frase suya que, más o menos, dice así: “El hombre debe cargar el depósito durante el día para escribir por la noche”.Abella habla con conocimiento de causa por su admiración hacia el escritor americano, derivada de un estudio profundo de su obra, y por la estrecha relación que mantuvo con Luis Miguel Dominguín cuando decidió abordar su biografía.“Hemingway viajó de nuevo a España por su amistad con Ordóñez”, afirma, “y porque había conocido a Dominguín en Cuba en 1954, y se convierte en un seguidor de ambos aquel verano de 1959 cuando conoce el plan urdido por la casa Dominguín”.P. ¿Pero había rivalidad de verdad o todo consistió en un montaje de los apoderados?R. En primer lugar, hubo un deseo póstumo del padre de la familia, Domingo Dominguín, fallecido en 1958, de que Ordóñez volviera a ser apoderado por la casa, de la que se había ido unos años antes buscando ‘honestidad’, según sus palabras, lo que dolió mucho a la familia, como es lógico, porque le había ayudado en sus inicios; después, estaba Carmen, hija de Domingo, hermana de Luis Miguel y esposa de Ordóñez. Y, finalmente, existía rivalidad, claro que sí: un periodista le preguntó a Antonio: ‘¿Sigue siendo Luis Miguel el número 1?’, ‘Sí, contesta, pero de los de antes’. Además, él quería ganar lo mismo que su cuñado, lo que consigue ese año gracias al duelo del verano; Luis Miguel se retiró al año siguiente y Antonio se erigió como gran figura.P. Entonces, no hubo montaje…R. No en el sentido peyorativo del término; es que los Dominguín eran muy buenos y organizaron muy bien la rivalidad en los ruedos y en la publicidad. Después, el toro sale al ruedo y cada cual quiere superar al otro.“El duelo entre Ordóñez, un artista, y Dominguín, dominador, lo ganó el primero, pero los dos pagaron un precio de sangre”P. ¿Quién fue el mejor?R. Ganó Ordóñez. Luis Miguel era un dominador, pero su cuñado era más joven, más artista y más puro. Luis Miguel había tomado la alternativa en 1944 y estaba en la recta final de su vida torera; Ordóñez accedió al escalafón superior en el 51 y a partir de ese verano se convirtió en gran figura. No obstante, los dos pagaron un precio de sangre y de ahí lo de ‘verano sangriento’. Ambos sufren fuertes cogidas, y las dos de Dominguín, en Valencia y Bilbao, fueron muy graves.P. ¿Y mantenían una relación de amistad?R. Sí, pero en el contexto de una rivalidad con la particularidad de que la hace pública un escritor de relevancia internacional. Eran muy distintos como toreros y como personas. Antonio era más complejo, y Luis Miguel, cínico, brillante e inteligente.P. Y entre uno y otro, el escritor americano. ¿Era Hemingway un buen aficionado?R. Creo que sí. El deseo de encontrar el toreo clásico acredita que atesoraba un buen concepto taurino.P. Usted cuenta que sentía predilección por Ordóñez y despreciaba a todos los demás toreros.R. Así es. Hemingway consideraba que los adornos de Dominguín eran trucos, y esa teoría se la aplicó incluso a Manolete sin haberlo visto, lo que le generó muchas críticas de los puristas. Cuando se publicó ‘El verano peligroso’ y Luis Miguel leyó lo que opinaba sobre su toreo dijo aquello de que ‘Hemingway es un mal novelista y peor crítico taurino’, o que había sido el Premio Nobel del Plan Marshall.P. Su relación con Ordóñez fue muy distinta…R. Existía un gran afecto mutuo. Antonio era solo un gran torero y Hemingway le aportaba prestigio internacional, y, a cambio, Ordóñez le respondía con la admiración que todo personaje relevante necesita. Ese no era el caso de Luis Miguel, un hombre de mundo, más que una figura del toreo, y de una personalidad extraordinaria.P. Pero el verano no fue solo peligroso para los dos cuñados.R. Efectivamente, también lo fue, y de qué manera, para Hemingway. En el otoño de 1959 estaba muy debilitado mentalmente y en un evidente declive literario. Intentó suicidarse en varias ocasiones hasta que lo consiguió el 2 de julio de 1961. Creo que se quitó la vida cuando se vio incapaz para escribir.“San Fermín es una fiesta mundial, imbatible e intocable, gracias a Hemingway”P. Pero su aportación a la tauromaquia es notable.R. Muy importante y, si me apura, también para la imagen de España, muy difícil de vender en aquellos años. Hemingway contribuye a que sea un país atractivo, donde se come y se bebe bien.P. Y usted mantiene que los Sanfermines son lo que son gracias a Hemingway.R. Sin duda, los convirtió en una fiesta mundial, símbolo de libertad y de una arriesgada diversión. A pesar de las corrientes antitaurinas, los Sanfermines son imbatibles e intocables gracias a Hemingway. Cada año se acercan a Pamplona jóvenes de todo el mundo a correr el encierro sin tener ni idea de lo que es un toro.