Mientras el régimen iraní escenifica el funeral aplazado de Ali Jamenei tras treinta y siete años de poder, intenta convertir un entierro en una puesta en escena de legitimidad. Los preparativos han tenido la coreografía de un gran acto de Estado: controles de seguridad, transporte organizado, espacios ceremoniales y acceso restringido para los periodistas. Busca fabricar una imagen de reverencia nacional. Pero ninguna ceremonia puede borrar la represión, las ejecuciones, la censura, el control misógino, la persecución de las minorías y la violencia regional ejercidas bajo su mandato.
La responsabilidad de Jamenei no fue meramente simbólica. El Líder Supremo determina la política del Estado, manda las Fuerzas Armadas y controla los principales resortes del poder judicial, la seguridad y la propaganda estatal. En la práctica, era la autoridad última sobre el IRGC, los Basij, el aparato de inteligencia y la judicatura. Los crímenes cometidos bajo su mandato no fueron excesos aislados, sino parte de un patrón: los grandes movimientos de protesta fueron tratados como amenazas existenciales.














