Con las miles de anécdotas que Maradona contó sobre su vida se podría escribir un libro que protagonizado por cualquier otra persona solo se aceptaría como novela. Si les sumamos las anécdotas que tantos dicen haber vivido con Maradona, lo que tendríamos sería una serie de ciencia ficción. Al Diego le gustaba contar aquellas en las que compartía cartel con gente poderosa: se regodeaba en que no quiso conocer a Carlos de Inglaterra porque “tenía las manos manchadas de sangre” y compartía, cada que vez que se lo pedían, el día en que llamó boludo a Juan Pablo II. Esta última nunca llegué a escucharla de su boca a pesar de ser una de las más recurridas por sus compatriotas cuando surge el tema del personaje Maradona fuera de las canchas - tanto defensores como detractores dicen que es de las que mejor lo definen-.
En 1987, Juan Pablo II invitó al Diez y a su familia a una audiencia privada en el Vaticano. El encuentro no funcionó desde el principio. A Maradona no le gustó ver tanta ostentación en los techos y paredes de la Santa Sede y cuando el Pontífice quiso limar asperezas recordando sus tiempos de jugador de fútbol, Wojtyla se encontró con un desprecio en el que Maradona, indirectamente, insultó al fútbol. El Papa le contó al argentino que de joven había sido portero y la respuesta dejó claro lo que el mejor futbolista del mundo pesaba en ese momento de muchos de los que tenía como compañeros: “en mi barrio, de arquero solo jugaban los boludos”. Mientras Maradona dejaba esta frase para la historia, la España futbolística seguía recordando con horror al mejor portero del planeta en aquel momento: el belga Jean Marie Pfaff.












