En 1896 el físico y químico sueco Svante Arrhenius aventuraba ya que aumentar los niveles preindustriales de CO₂ en la atmósfera elevaría la temperatura de la Tierra. Nada sorprendente porque, recuerda el científico Vaclav Smil, sin la presencia en la atmósfera de gases como el CO₂, el metano, el óxido nitroso y el ozono, la superficie del planeta permanecería congelada a 18 grados bajo cero. Así las cosas, un diario de Alabama, The Selma Morning Times, publicaba en 1902 un “aviso a los consumidores de carbón” porque “un profesor sueco había desarrollado una teoría sobre la extinción de la raza humana”. Básicamente el efecto invernadero, que llevaría a la Tierra “a una temperatura próxima al punto de ebullición”. Debía de sonar a ciencia ficción bíblica, la contrapartida con brasas del Diluvio. Salas / EfeMás de un siglo después, con un junio que se ha llevado cinco mil vidas solo en Alemania, resulta complicado argumentar ignorancia. No han faltado tratados incumplidos ni avisos insistentes de que, dado el impávido curso de la curva de CO₂, lo mejor era invertir en resiliencia. No nos hemos quedado quietos, pero en todo caso nos hemos quedado cortos por ahora.Con la crisis climática hemos de pasar de la fase de shock del duelo a la del enfadoLa filósofa Alenka Zupancic recuerda en su opúsculo Desentendimiento (Caja Negra) un chiste que citaba Freud. “Un hombre le dice a su esposa: ‘Si uno de nosotros muere, me mudo a París’”. Resulta imposible creer en nuestra propia muerte. Hablamos de ella como inevitable, pero actuamos como si fuera de otro modo. Un concepto, el de desentendimiento, que captura esa realidad de entender algo pero actuar como si uno no lo supiera. Como con la crisis climática. Somos complicados.Y el filósofo británico Timothy Morton subraya qué es importante si queremos cambiar algo: al hablar de ecología se ha hecho sentir a la gente estúpida y malvada, como si se tratara de un problema de inteligencia o religión. No es el camino. Y no necesitamos más estadísticas, ya sabemos lo que hay. Necesitamos superar esta bomba de tiempo. Pasar de la fase de shock del duelo, en la que se hallan ahora muchos países por un calor irrespirable, a la del enfado. Y a la acción colectiva. No hace falta, apunta, un cambio de conciencia, ya nos gustan las plantas, acariciar a un gato, que sobrevivan los osos polares. En el fondo, ya sabemos cómo hacerlo.
Un verano en ebullición, por Justo Barranco
En 1896 el físico y químico sueco Svante Arrhenius aventuraba ya que aumentar los niveles preindustriales de CO₂ en la atmósfera elevaría la temperatura de la Tierra. Nada sorprendente porque, recuerda el científico Vaclav Smil, sin la presencia en la atmósfera de gases como el...








