Muchos nos levantamos cada mañana con una lista en la mente de todo lo que deberíamos hacer a lo largo del día. Y hacemos lo que podemos, pero muchas veces acabamos descuidando una buena parte de las tareas planeadas. Y llega la noche con un arsenal de culpa dando vueltas en nuestra cabeza: no hemos terminado una tarea en el trabajo que teníamos pendiente, no hemos recogido ese encargo que hace días nos espera, hemos cedido a recoger la casa como nos hubiera gustado… Y la lista continúa, día tras día, y el sentimiento de culpa por no hacerlo todo también. Pero el día tiene 24 horas. Y nosotros un límite.
“Desde niños nos aplauden por sacar buenas notas, por no dar problemas, por rendir, y luego llegamos a adultos arrastrando la idea de que ‘valemos por lo que hacemos’ sin cuestionarla: si no rindo, siento que no merezco descansar tranquilo”, nos explica Diego Segura Ramírez, psicólogo y director de Segura Psicólogos.
Para Segura, ese sentimiento de culpabilidad que nos invade cuando ponemos el freno no “es solo un tema personal, es cultural, vivimos en un sistema que te mide constantemente por resultados, así que ese mensaje se refuerza todo el tiempo desde fuera”.
Esto explicaría por qué, en un día libre, sin trabajo ni obligaciones constantes, en lugar de sentirnos aliviados, estamos tumbados preguntándonos si estamos perdiendo el tiempo. Nuestra cabeza empieza a dar vueltas: ¿Qué deberíamos estar haciendo? ¿Es de vagos tomarse un descanso?








