El desarrollo cerebral durante los primeros años de vida suele atribuirse a factores biológicos y procesos madurativos. En Neuronas en crecimiento (Vergara, 2026), la neuropediatra María José Mas Salguero (Tarragona, 57 años) reflexiona sobre la influencia que tienen el entorno cotidiano y las experiencias de los primeros años en el neurodesarrollo infantil. Mas dirige la sección de neuropediatría del Hospital Santa Tecla, en Tarragona, y a lo largo de su trayectoria ha combinado la práctica clínica con la divulgación a través del blog Neuronas en crecimiento, reconocido con el Premio Bitácoras en 2016. Actualmente mantiene esa labor a través de sus redes sociales y de libros como La aventura de tu cerebro (Yonki Books, 2020) o El cerebro en su laberinto (Yonki Books, 2020), y prevé retomar próximamente la actividad del blog (inactivo desde 2025). Su deseo, explica, es que las familias se acerquen a estos temas con “una sensación de alivio y de asombro”: alivio porque criar no exige perfección y asombro porque lo cotidiano tiene más profundidad de la que parece.PREGUNTA. En Neuronas en crecimiento insiste en la influencia del entorno sobre el cerebro desde muy temprano. ¿Qué aspectos de la vida cotidiana de un niño tienen más peso del que solemos imaginar?RESPUESTA. El sistema nervioso se caracteriza por su capacidad para reconocer patrones, repeticiones y pautas. Esa intuición permite el aprendizaje. Por eso, los actos que repetimos a diario tienen tanta importancia, y la mayoría de las veces ni siquiera reparamos en ellos. La forma en que empieza el día, la respuesta al llanto del pequeño, el tono de voz mientras le damos de comer, la calma o la prisa con la que se apaga la luz antes de dormir. En ocasiones, buscamos grandes recursos educativos y pasamos por alto que el entorno más decisivo suele estar en lo ordinario.P. ¿Hasta qué punto el cerebro infantil necesita vínculo, interacción y adultos disponibles para madurar?R. Resulta imprescindible para un crecimiento sano, tanto físico como cognitivo. Los seres humanos nacemos con una biología preparada para crecer, pero sin los adultos no hay supervivencia. Si nos ceñimos al neurodesarrollo, es precisamente la relación del niño con el adulto la que proporciona contenido a ese tejido nervioso que se está formando. Unos padres presentes y atentos ayudan al niño a orientarse en el mundo y a sentirse cada vez más confiado en sus propias capacidades.P. ¿Existe el riesgo de confundir estimulación con sobreestimulación?R. Sí, y es una confusión muy comprensible. Los padres quieren ofrecer lo mejor y a veces interpretan que más equivale a mejor: más juguetes, más actividades, más conversaciones, más música, más experiencias. Sin embargo, no hay que confundirse. El cerebro infantil no es un recipiente que haya que llenar de cosas. Necesita tiempo para dar sentido a lo que vive. Hay algo casi contracultural en esto. A veces, el mejor estímulo consiste en eliminar el ruido, no en añadir más.P. ¿Cómo afecta a un niño crecer en entornos demasiado acelerados o cambiantes?R. Cuando los recursos aún son insuficientes, se le somete a un esfuerzo excesivo. Los adultos podemos improvisar, compensar o relativizar, pero, en su inexperiencia, el niño pequeño depende mucho más de las señales externas para saber qué va a ocurrir. Si esas señales cambian constantemente, se desorienta; entonces se cansa, se enfada y protesta, con razón.P. ¿Qué papel desempeña el entorno adulto en la construcción de esa capacidad?R. Vivimos en una época que tolera mal la espera y, si los adultos nos impacientamos, ¿cómo vamos a enseñar a esperar a un niño? Cuando un niño quiere algo, lo siente, ya sea porque lo tiene delante o lo imagina, pero todavía no dispone de los recursos necesarios para frenar sus impulsos. Quizá una de las tareas educativas más importantes hoy sea recuperar estas pequeñas esperas acompañadas, sin transmitir nuestra propia impaciencia.P. ¿Qué cree que estamos olvidando sobre la necesidad de juego libre, interacción con el entorno y exploración en la infancia temprana?R. El niño pequeño todavía no tiene palabras para imaginar sus acciones, así que las ejecuta. A través del movimiento explora. Sin otro elemento con el que pensar, el cerebro aprende a través del cuerpo aquello que después podrá convertirse en palabras e ideas. Por eso no conviene que los niños pasen demasiado tiempo contenidos en sillas o hamacas, absortos en una pantalla o realizando actividades dirigidas. A ojos del adulto, el juego libre en el suelo no parece tener un objetivo claro, pero ahí ocurren muchos aprendizajes. Por eso los niños necesitan espacio para probar sin que el adulto lo organice todo.P. ¿Qué pierde un niño cuando gran parte de su tiempo está mediado por pantallas?R. Pierde parte de la relación con sus padres y, en especial, se resiente el aprendizaje del lenguaje, que no puede surgir si no es en la relación con el otro. Hay que intentar que los niños no estén muy expuestos a las pantallas. Pero, siendo realista, esto es muy difícil, si no imposible. Lo más sensato es que los adultos no las usen mientras están con sus hijos.P. ¿Qué diferencia hay entre poner límites desde el control o hacerlo desde una función más protectora y reguladora?R. El control suele responder al cansancio, el miedo o el enfado del adulto. Busca que la conducta desaparezca ya. Pero si el niño no comprende y solo obedece por miedo a las consecuencias no interioriza la norma y puede incluso oponerse a ella, reproduciendo ese mismo cansancio, miedo o enfado que percibe en el adulto. En cambio, el límite calmado, pero firme, transmite mejor la idea de proteger del peligro. Los niños necesitan que alguien frene sus impulsos para poder valorar mejor la respuesta más adecuada en cada situación.P. Después de años trabajando como neuropediatra, ¿qué cree que necesitan los niños y que a veces queda más desdibujado entre tantas exigencias e información sobre crianza?R. Si tuviera que resumirlo en una sola palabra, elegiría presencialidad. Los niños necesitan adultos presentes e involucrados en su crecimiento. Me preocupa sinceramente el alarmismo, el tener que estar pendiente en exceso por cada cosa que le pasa o hace su hijo, que se transmite a los padres, y el sentimiento de culpabilidad que muchos manifiestan. En mi consulta, la palabra culpa está prohibida, y por eso no la he escrito ni una sola vez en todo el libro.