En 2005, cuando Rafa Nadal ganó su primer Roland Garros, abrió sus puertas el agroturismo Es Mayolet en el valle de S’Avall, cerca de Manacor, a 800 metros del solo para ricos hotel Rotana La Reserva, del que es un bucólico anexo. En 2016, se inauguraba en la localidad mallorquina el Rafa Nadal Museum, que enseguida batió todos los récords, como su titular, atrayendo a más de 100.000 visitantes al año, el doble que la Fundació Miró y solo algunos menos que Es Baluard Museu d’Art Contemporani de Palma. Pero el tiempo pasa para todo y todos. Juan Ramón Theler, el dueño de Rotana La Reserva y de Es Mayolet, murió en 2011 y su negocio fue cambiando de manos hasta caer en 2025 en las de un grupo inversor familiar de Singapur que encontró el hotel sin el glamur de antaño y los viñedos que rodeaban el agroturismo, asalvajados: este se alquilaba como una casa vacacional. Nadal anunció su retirada en octubre de 2024 después de mil alegrías y dolores y hubo que pensar en cambiar el relato y el contenido de su museo para que fuera el digno epítome de una leyenda. Ahora ambos lugares se renuevan porque falta les hacía y porque el mundo también ha cambiado: hoy se habla sin parar de sosteniblidad, de resiliencia, de jubilación activa y de otras cosas que en 2005 no se habían inventado.La Toscana mallorquinaEl que no ha cambiado en dos décadas es el camino de acceso desde Manacor hasta Es Mayolet, que sigue siendo una carreterilla sin arcenes de 3,5 kilómetros (la Ma-3321) y una pista de tierra de casi uno más, ambas bien señalizadas para que el agroturista no crea que ha atravesado un agujero de gusano y aparecido en el centro-norte de Italia. A este valle escondido en el noroeste de Manacor, entre verdes colinas salpicadas de villas y cipreses, le dicen la Toscana mallorquina. Es como la Toscana, sí, pero con larguiruchas palmeras aquí y allá y con un verdor mantenido a toda costa por los jardineros y los aspersores de Rotana Greens, el único campo de golf privado de la isla balear, que tiene sus nueve hoyos en la colina más alta, junto al hotel que le da nombre.Anonadado por tan repentino cambio de escenario —porque la población que acaba de dejar atrás, Manacor, no es precisamente Florencia—, el agroturista se frota los ojos y termina apeándose de su vehículo en la pista de tierra para tocar con sus manos de incrédulo santo Tomás estos campos de égloga, llenos de balas circulares de paja y de ovejas. Enseguida, como si lo hubiera detectado un dron de vigilancia, se persona el pastor del rebaño, Lorenzo Caldentey, que va muy bien arreglado y que se pone todavía más guapo para la foto, con un sombrero de paja de la Associació de Ramaders d’Ovella Roja Mallorquina y con un bastó d’ullastre, de madera de acebuche. La sensación de estar en un gigantesco decorado se acrecienta al ser recibido en la puerta de Es Mayolet por un equipo de trabajadoras que se multiplican como en Matrix a medida que muestran las 10 habitaciones de una casa tradicional mallorquina de 1908 que diríase nueva, la piscina de anuncio rodeada de césped artificial, las 700 cepas impolutas de cabernet y merlot a las que saca brillo y el jugo una empresa externa, el huerto de plantas aromáticas recién instalado por otra… Todo parece haber sido renovado y rematado para “mantener la esencia de la tradición local”, que es según la web del establecimiento la intención de este agroturismo, usando estos y otros términos cuidadosamente elegidos: eco-lodge, slow luxury, dolce far niente… Cuando poco después el huésped es agasajado en la terraza del restaurante con un vermut Vermú-Da —deliciosa invención del chef Andreu Genestra— y el sol se acuesta sobre los viñedos, una nube dorada se disipa y, sin que aquél lo advierta, aparece la mano del demiurgo que ha obrado esta fantasía con el pulgar levantado.Verduras de kilómetro unoLa impresión de estar inmerso en un Show de Truman para turistas rurales adinerados se atenúa durante la cena. A medida que el cielo se apaga, Es Mayolet se va volviendo más real. Las mujeres que sirven y explican todo con sonrisas resplandecientes no son actrices, sino competentísimas camareras. La salamanquesa que se materializa sobre la mesa espantando con sus ojos de marciano de Roswell a los comensales más urbanícolas no ha sido generada por IA. Y, desde luego, los platos no son de atrezo: la corvina a la sal está sobresaliente; los pimientos del piquillo confitados al pilpil, de matrícula; el arroz de alcachofas, notable; los embutidos tradicionales de porc negre —sobrasada, butifarra, nora, figatella…—, elaborados por la empresa familiar Can Company, lo mismo; y la ensaimada trenzada, para pedir un túper y llevarse la poca que sobra a casa. El ideólogo de la propuesta gastronómica es Andreu Genestra, chef galardonado con una estrella Michelin y dos soles Repsol en su restaurante homónimo de Llucmajor y responsable desde 2025 de todo lo que se saborea en Rotana La Reserva y Es Mayolet. Pero la autora material, la que maneja los cuchillos y se mancha las manos y los brazos llenos de tatuajes, es Irene Lluch. Y lo hace con productos tan de proximidad como el aceite de los olivos de la finca o las verduras de Hort de Sa Vall, una huerta familiar que habrá que visitar sin excusa, porque está a tres minutos, a 1,3 kilómetros.Golf y caballos rescatadosAl día siguiente, lo primero que harán muchos huéspedes de Es Mayolet, antes incluso de desayunar y de darse un chapuzón en la piscina climatizada, es jugar al golf en Rotana Greens, codeándose con habituales como Toni Nadal, vicepresidente de la junta directiva del club y tío y exentrenador del que fue rey de la tierra batida, quien tampoco le da mal a esto. Los que piensan que el sand wedge —el palo para sacar la bola de un obstáculo de arena— es un emparedado, se pueden apuntar a una clase de iniciación de dos horas con el instructor Pedro Sureda. Empiezan aprendiendo a llamar a todas las cosas del golf por su nombre y terminan jugando entero el hoyo 1, un par 4 con unas vistas preciosas. En teoría se hace rápido en cuatro golpes, pero a los 10 minutos los neófitos siguen en el tee de salida, contemplando embobados el panorama presidido por el Puig de Sant Salvador, allá en Felanitx. Sureda no ayuda a aligerar el juego: “Aquí no hay presión, como en un campo abierto al público: solo veréis clientes del hotel y del agroturismo y miembros del club. Relajáos”. Es slow golf.Los que no quieran jugar al golf y tampoco quedarse todo el día tumbados en la piscina tienen otra opción: salir a cabalgar por los senderos del valle de S’Avall con los guías de Naturacavall Sa Cova Vella, una empresa familiar de Manacor que rescata caballos sin futuro —los de competición que ya no rinden a altísimo nivel o los que no pueden ser mantenidos por sus dueños como es debido—, los cuidan y alimentan bien y los entrenan física y mentalmente para pasear con turistas. Tomates inclusivos y tortugas mediterráneasPara los viajeros más concienciados, que piensan que los campos de golf son muy bonitos pero nada sostenibles y que hay mejores formas de ver y palpar la tierra que subidos en un caballo, existen dos actividades idóneas en el valle de S’Avall. La primera es visitar Hort de Sa Vall, la huerta familiar e inclusiva que provee de excelentes frutas y verduras a Es Mayolet y a buena parte de Manacor, donde hay dos tiendas suyas. Difícil no emocionarse recorriendo las tierras que han cultivado los Adrover durante cuatro generaciones: ahí, al lado de las tomateras, está el aula rural donde Xisco y Guillem aprendieron a leer y están los pesebres donde comían las vacas, cuando criarlas aún era rentable en Mallorca. Es una huerta inclusiva porque colabora con Aproscom, una fundación de Manacor que trabaja por los derechos de las personas con discapacidad intelectual o trastornos del desarrollo. Ellos preparan y sirven los menús hortelanos que el visitante degusta tras pasear con un guía por los cultivos.La segunda actividad es salir a observar tortugas mediterráneas (Testudo hermanni), una especie amenazada por la urbanización desmedida, los incendios, los atropellos y la captura ilegal que, en este solitario rincón del interior de Mallorca, vive tan pancha. Aunque se puede salir solo, lo mejor es hacerlo con Guillem Servera, que conoce este valle como la palma de su mano porque lleva trabajando en Rotana La Reserva desde el primer día: ¡29 años! Paseando una hora con él por el Vitaparcour —un circuito de fitness de cuatro kilómetros que discurre por un encinar salvaje al norte del establecimiento—, se descubren fácilmente media docena de estas tortugas, algunas de las cuales ya estaban aquí antes de que la jet set europea comenzase a aterrizar con sus helicópteros en el hotel, porque viven más de medio siglo. Lo bueno de ir con Servera es que, entre tortuga y tortuga, uno se entera de curiosas historias de famosos que se han alojado en esta possessió del siglo XVII. Como cuando el tenista alemán Boris Becker le preguntó en 1998 cómo ir al modesto Club de Tenis Manacor, donde jugaba un prometedor chaval de 12 años (Nadal, sí). O como cuando la supermodelo Elle Macpherson entregó al chófer del hotel un sobre con cash para que fuera pagando propinas y otras minucias durante su estancia en la isla. Dentro había ¡6.000 euros! En realidad, un millón de pesetas de hace 25 años, que era mucho más dinero. En el libro de visitas del alojamiento figura la fecha exacta (3 de noviembre de 2001) del final de aquel “fantastic stay”, como ella dejó escrito.Todo el mundo llora en el museo de Rafa NadalOtra visita obligada, se esté alojado o no en Es Mayolet, es el Rafa Nadal Museum, que el pasado mes de mayo volvió a abrir sus puertas remozado y con un nuevo lema: Inside the legend (dentro de la leyenda). A lo largo de la visita, que dura un par de horas, se suceden los vídeos envolventes con mensajes motivacionales —“trabajo duro”, “constancia”, “caer y levantarme…”— y los primeros planos de famosos deportistas llorando a lágrima viva. Llora todo el mundo: el que más, el propio Rafa. Llora Roger Federer. Llora Pau Gasol. Llora Messi. Lloran muchos visitantes sin reparo en la oscuridad de las salas de proyecciones.Además de vídeos lacrimógenos, se exhibe memorabilia de bastante nivel: una camiseta albiceleste dedicada al “maestro de maestros” por “Diego 10”, una raqueta cascadísima de Björn Borg, la que usaba Nadal de cadete… Pueden verse los más de 100 trofeos que levantó en su carrera, los 60 pares de zapatillas que utilizó para ganarlos y una réplica de la escultura suya que se instaló en 2021 en Roland Garros, junto a la entrada general del Jardín de los Mosqueteros, para que nadie nunca olvide en París su devastador golpe de derecha zurdo. Y hay máquinas interactivas deportivas con las que los visitantes pueden evaluar su velocidad de reacción y su potencia de salto compitiendo con otros o la calidad técnica de su saque mirándose en el espejo de un Nadal virtual.Ver el museo cuesta 25 euros. Por diez más, se completa la experiencia visitando con un guía el resto de las instalaciones de la Rafa Nadal Academy, que es una ciudad deportiva de 50.000 metros cuadrados —como siete campos de fútbol—, con 44 pistas de tenis exteriores e interiores —22 de superficie rápida y otras tantas de tierra batida—, 19 de pádel, varias piscinas, gimnasio, zonas de running y espacios para practicar fútbol 7, voley playa, squash y pickleball. Además, hay un colegio americano donde estudian 500 alumnos, programas y campamentos de tenis para todas las edades y niveles, torneos, un hotel, spa, salón de belleza, tienda oficial, cuatro restaurantes… Aquí no se ve a mucha gente llorando, como dentro del museo.
Es Mayolet y Rafa Nadal, pareja de lujo en Manacor
El agroturismo del exclusivo hotel Rotana La Reserva y el museo del legendario tenista se han renovado para atraer al interior de Mallorca a un viajero más actual, consciente y activo







