Mires donde mires, la gente está pegada a sus smartphones. Si no te has dado cuenta de este fenómeno, probablemente sea porque tú también tienes la vista constantemente puesta en ese pequeño generador de dopamina.
En marzo, Meta y YouTube tuvieron que pagar un total de seis millones de dólares después de que un tribunal estadounidense dictaminara que las plataformas de estas empresas tecnológicas estaban diseñadas para crear adicción. Si se incluyen aplicaciones tan tentadoras en un dispositivo que se lleva a todas partes, se crea la receta perfecta para un comportamiento compulsivo.
“Hemos externalizado nuestro cerebro a California: nuestras emociones, nuestro pensamiento”, afirma el profesor Marcantonio Spada, catedrático emérito de conductas adictivas y salud mental en la London South Bank University y director clínico de Onebright, un proveedor de terapia online.
“Comencé mi carrera en el ámbito académico investigando el alcohol y la nicotina, y hace quince años me di cuenta de que acabaríamos teniendo un problema aún mayor con la tecnología”, explica.
La adicción al móvil aún no conlleva el estigma social del alcoholismo, ni los efectos secundarios físicos evidentes, pero existen paralelismos interesantes. “En cierto modo es comparable, porque interactuar con cualquier tipo de plataforma tecnológica proporciona refuerzos positivos y negativos, exactamente igual que lo hace el alcohol”, afirma Spada.










