Nature advirtió que los hábitos saludables se asocian con menor riesgo de demencia, pero la evidencia todavía no demuestra cuánto cambia el riesgo individual al modificar la conducta (Imagen ilustrativa Infobae)La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que se puede “reducir el riesgo de padecer deterioro cognitivo y demencia haciendo ejercicio con regularidad, no fumando, evitando el consumo nocivo de alcohol, controlando el peso, siguiendo una dieta saludable y manteniendo una tensión arterial y unos niveles de colesterol y de glucemia adecuados”.Sobre esa base, un análisis de Helen Pearson publicado en Nature examinó qué dice realmente la ciencia sobre la prevención de la demencia a partir de hábitos saludables y del estilo de vida. La revisión pone el foco en una idea central del campo: hay asociaciones consistentes entre ciertos hábitos y un menor riesgo, pero sigue siendo difícil medir cuánto cambia el riesgo real de una persona cuando modifica su conducta.PUBLICIDADKristine Yaffe, neuróloga y especialista en demencia de la Universidad de California en San Francisco, resume ese dilema con una escena frecuente en su clínica de memoria. A veces, contó, escucha a personas que le dicen: “Camino ocho kilómetros al día, no bebo y juego al bridge, entonces, ¿por qué tengo la enfermedad de Alzheimer?”.A la especialista le cuesta explicar que incluso hacer todo lo posible para reducir el riesgo no garantiza evitar la enfermedad. Esa dificultad, según la publicación, refleja un problema mayor para investigadores y médicos: identificar hábitos asociados a menor riesgo no equivale a probar que su adopción, por sí sola o en conjunto, cambie de manera decisiva el desenlace clínico.PUBLICIDADLa OMS recomienda ejercicio regular, no fumar, moderar el alcohol y controlar el peso, la presión arterial, el colesterol y la glucosa para reducir el riesgo de deterioro cognitivo y demencia (Imagen Ilustrativa Infobae)De acuerdo con lo divulgado en Nature, la demencia podría prevenirse en teoría en hasta 45% de los casos si se redujeran 14 factores de riesgo modificables, pero la evidencia disponible muestra que las intervenciones intensivas sobre dieta, ejercicio, vida social y salud cardiovascular producen, en el mejor de los casos, mejoras cognitivas pequeñas y todavía no han demostrado que eviten la enfermedad. Se trata, siempre según esta publicación, de un punto clave: se proyecta que los casos mundiales pasarán de 57 millones en 2019 a 153 millones en 2050.La investigación ha relacionado con un menor riesgo de demencia a la dieta saludable, la actividad física y la estimulación social y cognitiva. También señaló factores menos obvios, como tratar la pérdida de visión y de audición y, posiblemente, la vacuna contra el herpes zóster.PUBLICIDADUn intento de ordenar esa evidencia proviene de la Comisión Lancet, un grupo de especialistas convocado por la revista en 2015 para evaluar la investigación sobre esta condición. Henry Brodaty, investigador de la demencia en el Centro para el Envejecimiento Cerebral Saludable de la Universidad de Nueva Gales del Sur en Sídney, dijo que ese trabajo “se ha convertido en la biblia para todos”.El informe más reciente de la comisión, publicado en 2024, identificó 14 factores de riesgo de demencia que pueden modificarse, a diferencia de la edad o la genética. La lista incluye falta de actividad física, hipertensión, obesidad, diabetes, tabaquismo, depresión, traumatismo craneoencefálico, contaminación del aire, menor nivel educativo, aislamiento social, pérdida auditiva, pérdida de visión no tratada, colesterol LDL alto y consumo elevado de alcohol, definido como más de dos botellas de vino por semana.PUBLICIDADLa Comisión Lancet identificó 14 factores de riesgo modificables de demencia, entre ellos hipertensión, diabetes, tabaquismo, aislamiento social, pérdida auditiva, pérdida de visión y contaminación del aire (Imagen Ilustrativa Infobae)Al calcular la proporción de casos atribuibles a cada uno de esos factores y sumarlos, el grupo estimó que, en teoría, se podría prevenir el 45% de los casos de demencia a nivel mundial. El propio artículo de Nature advierte que esa cifra surge de observaciones poblacionales y no implica que una persona que elimine todos esos riesgos reduzca en ese mismo porcentaje su riesgo individual.La salvedad es decisiva. Parte de la exposición a esos factores, como el sedentarismo o el alcohol, puede haberse acumulado durante décadas, y no está claro si corregirlos en la mediana edad revierte por completo el daño ya causado.PUBLICIDADEdo Richard, neurólogo del Centro Médico Universitario Radboud en Nijmegen, sostuvo además que cambiar los hábitos de salud es difícil, sobre todo cuando el beneficio buscado puede estar a 20 o 30 años de distancia. En sus palabras: “Es difícil cambiar el estilo de vida de la gente, sobre todo si se trata de evitar un riesgo que puede estar a 20 o 30 años vista”.La escala del problema explica la urgencia del debate. Según el Estudio de la Carga Global de Enfermedad, la cantidad de personas con demencia, cuya forma más común es el Alzheimer, crecerá de 57 millones a 153 millones entre 2019 y 2050.PUBLICIDADLos especialistas estiman que hasta el 45% de los casos de demencia podría prevenirse en teoría, aunque esa proyección no equivale a una reducción individual garantizada del riesgo (Imagen ilustrativa Infobae)Más del 60% de las personas con demencia vivían en países de ingresos bajos y medios en 2021. Es también en esos países donde la carga crece más rápido, en parte por el aumento de la esperanza de vida.Los grandes ensayos de estilo de vidaPara responder si una reforma integral de hábitos puede proteger el cerebro, en 2009 investigadores finlandeses iniciaron el ensayo FINGER, un estudio controlado y aleatorizado diseñado para evaluar si una intervención intensiva sobre el estilo de vida podía reducir el deterioro cognitivo y el riesgo de demencia.PUBLICIDADEl proyecto fue dirigido por Miia Kivipelto, geriatra clínica del Instituto Karolinska de Estocolmo. El equipo reclutó a unas 2.650 personas de entre 60 y 77 años con algunos factores de riesgo de demencia, como hipertensión o bajo nivel educativo, y las asignó al azar a un grupo de intervención o a un grupo de control.Durante dos años, quienes integraban el grupo de intervención participaron en una batería extensa de sesiones de salud. Nutricionistas los ayudaron a mejorar la alimentación, fisioterapeutas los guiaron con ejercicios aeróbicos y de fuerza personalizados, psicólogos trabajaron con ellos y se utilizó entrenamiento asistido por computadora para reforzar la memoria y otras funciones mentales.PUBLICIDADLos casos mundiales de demencia, cuya forma más común es el Alzheimer, pasarían de 57 millones en 2019 a 153 millones en 2050, con mayor carga en países de ingresos bajos y medios (Imagen Ilustrativa Infobae)También recibieron atención de especialistas médicos para controlar peso y presión arterial. Algunas actividades fueron grupales, de modo que el programa incluyó además un componente de apoyo social. El grupo de control recibió asesoramiento sanitario estándar y cierto seguimiento médico.Los investigadores midieron el impacto con una batería de pruebas neuropsicológicas sobre memoria, velocidad de procesamiento y otras habilidades. El principal resultado se expresó como cambio en una puntuación Z, una medida que combina resultados en unidades de desviación estándar: una subida de una unidad habría representado una mejora grande.Los datos publicados en 2015 mostraron que, tras dos años, el cambio promedio en la puntuación Z fue de 0,20 en el grupo de intervención y de 0,16 en el grupo de control. Alina Solomon, neuroepidemióloga de la Universidad del Este de Finlandia en Kuopio y coautora del estudio, dijo que ver mejoras en ambos grupos fue “una gran sorpresa para nosotros”.Una explicación posible es que los participantes se volvieran mejores en las pruebas simplemente por repetirlas durante el ensayo. Eso volvió más compleja la interpretación del resultado.La diferencia neta entre ambos grupos fue de 0,04, equivalente a una mejora relativa del 25%, una cifra que el equipo FINGER destaca junto con otras señales favorables, como pequeñas mejoras en velocidad de procesamiento y una reducción del riesgo de deterioro cognitivo. Kivipelto defendió el uso de ese porcentaje relativo como una práctica habitual del campo.El ensayo FINGER mostró que una intervención intensiva sobre dieta, ejercicio, entrenamiento cognitivo y salud cardiovascular produjo mejoras cognitivas pequeñas frente al grupo de control (Imagen Ilustrativa Infobae)La propia investigadora reconoció que el efecto fue pequeño en términos absolutos, aunque lo comparó con los beneficios limitados de los nuevos fármacos contra el Alzheimer dirigidos a la proteína beta-amiloide. “En nuestro campo, para la salud cerebral y la demencia, todos los tamaños de efecto son pequeños”, afirmó.Otros especialistas fueron mucho más duros al valorar ese resultado. Richard lo describió como “algo muy pequeño” y Hussein Yassine, investigador de nutrición y demencia de la Universidad del Sur de California en Los Ángeles, lo calificó de “mínimo”.El artículo de Nature propuso una forma intuitiva de entender ese efecto: con una diferencia de 0,04 en función cognitiva, la probabilidad de que una persona elegida al azar del grupo de intervención rindiera mejor que una elegida al azar del grupo de control sería de cerca del 54%. Si la intervención no tuviera efecto, ese valor sería del 50%.El estudio POINTER repitió el patrón de FINGER en Estados Unidos, con mejora en ambos grupos y una diferencia mínima a favor de la estrategia más estructurada de estilo de vida (Imagen Ilustrativa Infobae)El ensayo finlandés dio lugar en 2017 a la red global FINGERS, que hoy reúne equipos en 73 países. Mariagnese Barbera, coordinadora científica de FINGER en la Universidad del Este de Finlandia, dijo que en estudios de gran escala con intervenciones suficientemente intensivas aparecen de forma consistente “estos efectos pequeños pero significativos”.Uno de los trabajos que más atención recibió fue el estudio POINTER, realizado en Estados Unidos y publicado el año pasado. El diseño siguió la lógica de FINGER: unos 2.000 participantes de entre 60 y 79 años con factores de riesgo de demencia fueron asignados aleatoriamente a dos grupos.Uno recibió una intervención estructurada con 38 reuniones con especialistas a lo largo de dos años, orientada a promover ejercicio, mejor alimentación y mejor salud cognitiva y cardiovascular. El otro siguió una intervención menos intensiva y autoguiada, con estímulo para cambiar el estilo de vida pero apenas seis reuniones.El resultado volvió a ser similar al de Finlandia. Ambos grupos mejoraron en las pruebas cognitivas, y el grupo sometido a la estrategia más estructurada lo hizo apenas un poco más.La investigación sobre demencia también evalúa políticas poblacionales, combinaciones con metformina y el posible efecto de la vacuna contra el herpes zóster sobre el riesgo de la enfermedad (Imagen Ilustrativa Infobae)Los investigadores compararon ese cambio con el deterioro cognitivo esperado para personas de la misma edad y estimaron que la intervención más intensa ralentizó el envejecimiento cognitivo entre uno y dos años. Esa lectura no convenció a varios especialistas.Yaffe, que dirigió el ensayo SMARRT, una intervención personalizada con unas 170 personas que también comunicó un efecto modesto sobre la puntuación cognitiva, dijo que con una diferencia tan pequeña “francamente, otra interpretación es que ninguno funcionó”. Su observación apunta a una objeción persistente: si los dos grupos mejoran y apenas se separan entre sí, el beneficio específico del programa más costoso queda en discusión.Richard señaló otro problema para extrapolar los resultados. En POINTER, el 70% de los participantes tenía título universitario y el 37% contaba con estudios de posgrado, una composición que Yassine ironizó como “casi como catedráticos”.Ese perfil, según los críticos, pudo volver más difícil detectar un efecto mayor sobre la cognición y también limita la generalización de los hallazgos. Richard sostuvo que si una intervención de alta intensidad produjo apenas un efecto mínimo en una población motivada durante el ensayo, “es muy improbable que se encuentre este efecto” en la población general.El impacto de las intervenciones varía y depende de factores acumulados como la educación, la salud cardiovascular y la exposición prolongada a riesgos (Imagen Ilustrativa Infobae)El neurólogo está actualizando una revisión sistemática de 2021 que reunió ensayos sobre intervenciones multidominio de estilo de vida. Esa revisión concluyó que los programas “pueden tener un pequeño efecto beneficioso sobre la función cognitiva en personas mayores”, pero no encontró evidencia de que prevengan la demencia, y Richard no espera que la incorporación de nuevos resultados, como los de POINTER, modifique de manera sustancial esa conclusión.La pregunta que todavía no tiene respuesta es la que, según Yaffe, todos quieren ver resuelta: si estas intervenciones reducen de verdad la incidencia de demencia. El único ensayo multidominio que informó esa incidencia como resultado principal, el estudio preDIVA, de seis años y publicado en 2016, no mostró ningún efecto.Kivipelto explicó que seguir a los participantes de FINGER durante los 15 o 20 años necesarios para observar un número significativo de diagnósticos de demencia presenta obstáculos financieros y logísticos. Por eso, consideró improbable que el estudio tenga tamaño suficiente para detectar una diferencia en incidencia entre los grupos. “Creo que no es factible”, dijo.Aun con beneficios reducidos, algunos investigadores creen que las intervenciones pueden ser relevantes en términos poblacionales. Brodaty cuestionó a los clínicos que descartan esos cambios por su escasa magnitud individual y sostuvo que esa mirada ignora el impacto agregado.Recomiendan mantener hábitos saludables por sus beneficios generales, aunque reconocen la influencia de la genética y el azar en el desarrollo de la enfermedad (Imagen Ilustrativa Infobae)Su equipo evaluó en Australia un programa intensivo de entrenamiento en línea para personas de entre 55 y 77 años. Según el artículo, encontró un efecto mayor que el descrito en muchos de los estudios FINGER.En junio, ese grupo recibió una subvención oficial de 3 millones de dólares australianos, equivalentes a USD 2 millones, para poner en marcha una versión del programa destinada a unas 5.000 personas de entre 45 y 79 años mediante redes sociales y trabajo con comunidades. Para Kivipelto, el foco actual está en la implementación: adaptar las intervenciones para que sean viables y rentables en distintos contextos, no copiar de manera literal el protocolo original.“La idea no es copiar y pegar el protocolo FINGER”, explicó. “No existe una solución única para todos”.Esa adaptación también cruza otra discusión de fondo. Algunos especialistas temen que el énfasis en la conducta individual haga perder de vista factores que escapan al control personal, como la contaminación del aire o el acceso a educación y alimentación saludable.Richard fue explícito al respecto: “Este es un problema social. Creo que se ha puesto demasiado énfasis en el estilo de vida individual”.Pese a los avances, no existe una solución única (Imagen Ilustrativa Infobae)Gill Livingston, investigadora psiquiátrica del University College de Londres y directora de la Comisión Lancet, defendió un paquete de políticas para reducir el riesgo de demencia a escala poblacional. Entre ellas mencionó mejorar la educación y reducir el tabaquismo, la venta de alcohol, la contaminación del aire y el contenido de azúcar y sal en los alimentos.“Creo que estas son las mejores medidas basadas en la evidencia que podemos implementar”, afirmó. Según la comisión y otros investigadores citados por el medio, los esfuerzos deberían empezar en la infancia y dirigirse especialmente a quienes tienen más probabilidad de verse afectados: personas de países de ingresos bajos y medios y grupos socialmente desfavorecidos dentro de los países de ingresos altos.La búsqueda de efectos más claros ha llevado a explorar combinaciones de intervenciones sobre estilo de vida con medicamentos. El grupo FINGER desarrolla un ensayo internacional para evaluar si un programa de hábitos saludables sumado a metformina, un fármaco usado para controlar la glucosa en sangre y tratar la diabetes tipo 2, puede prevenir el deterioro cognitivo.Los investigadores también estudian la posibilidad de combinar esos programas con los nuevos medicamentos antiamiloide beta. La expectativa es que, si los cambios de conducta por sí solos tienen un efecto pequeño, quizá una estrategia mixta logre un beneficio mayor.Otra línea que despertó interés es la vacuna contra el herpes zóster, que protege frente al virus varicela-zóster, también responsable de la varicela. Estudios observacionales habían encontrado una asociación entre la vacunación y un menor riesgo de demencia, y desde 2024 varios experimentos naturales reforzaron esa hipótesis.Investigaciones recientes exploran la combinación de hábitos saludables y tratamientos médicos, como la metformina o la vacuna contra el herpes zóster, para mejorar la prevención (Imagen Ilustrativa Infobae)Livingston consideró que esos experimentos naturales son “elegantes”, pero advirtió que el efecto observado parece “demasiado grande, demasiado rápido y demasiado efímero como para atribuirlo exclusivamente a la vacuna”. En junio, el epidemiólogo George Davey Smith, de la Universidad de Bristol, presentó en una conferencia resultados de un experimento natural con más de seis millones de personas en Inglaterra que no encontró efecto sobre los diagnósticos de demencia.Mientras la evidencia se ordena, algunos datos sugieren que las medidas poblacionales podrían estar dando resultados. Un estudio publicado en 2020 mostró que la incidencia de demencia en algunos grupos etarios de Norteamérica y Europa cayó 13% por década durante 25 años.Livingston atribuyó esa reducción probablemente a la caída del tabaquismo y a mejoras en la educación y en el tratamiento de la hipertensión. Aclaró, sin embargo, que el número total de personas con demencia en esas regiones sigue creciendo por el aumento de la población mayor, y que en otros países, como China, la incidencia está en ascenso.En el plano individual, la recomendación práctica de Livingston es mantenerse activo en lo cognitivo, lo físico y lo social, dejar de fumar y controlar audición, visión, presión arterial, glucosa y colesterol, con tratamiento cuando haga falta. Richard dice a sus pacientes que adoptar un estilo de vida saludable tiene pruebas a favor para prevenir accidentes cerebrovasculares, infartos y para mejorar el bienestar general.Su mensaje, citado por Nature, combina prudencia y utilidad clínica: “¿Esto evitará que desarrollen demencia? No estoy seguro. Pero, teniendo en cuenta todos los demás beneficios, ¡adelante!”.Yaffe coincide en que tiene sentido alentar a la población a reducir los factores de riesgo conocidos, siempre que sea posible, porque eso podría beneficiar la salud cerebral, la cardiovascular y también la salud pública. Cuando habla con personas que llevaron una vida sana y aun así recibieron un diagnóstico de demencia, su respuesta es otra: “Siempre les digo: ‘Hay genética y hay mala suerte’. Y quizás si no hubieran hecho esas cosas, habría ocurrido antes”.