La ostra plana, científicamente conocida como Ostrea edulis, fue durante décadas una de las mejores especies para la salud del Mar Menor, llegando a albergar poblaciones que superaban los 135 millones de ejemplares en los años ochenta. Y es que este bivalvo autóctono no solo formaba parte del paisaje submarino habitual, sino que ejercía una función vital en el mantenimiento del equilibrio ecológico de la laguna salada más grande de toda Europa. Su presencia masiva permitía filtrar volúmenes ingentes de agua, eliminando partículas en suspensión y manteniendo una transparencia que hoy parece un recuerdo lejano para los habitantes de la zona.
La intervención humana y el cambio de las condiciones ambientales provocaron un declive catastrófico que dejó a esta especie al borde de la desaparición total en este ecosistema. Recuperar este tesoro biológico se ha convertido ahora en una prioridad absoluta para científicos y administraciones públicas, que buscan soluciones basadas en la naturaleza. El colapso de la población de ostras, eso sí, no fue un evento repentino, sino el resultado de una combinación de factores estresantes que alteraron drásticamente su hábitat natural. El dragado del Canal del Estacio en la década de los setenta facilitó la entrada de agua mediterránea, cambiando la salinidad y favoreciendo inicialmente su expansión, pero también introdujo nuevas amenazas.








