La Unión Europea lleva años prometiendo a sus ciudadanos un futuro casi idílico, en el que la electrificación y las energías renovables permitirían prescindir de los hidrocarburos. Sin embargo, la realidad se está encargando de desmontar ese relato. Europa sigue necesitando petróleo y gas para sostener su actividad, como han evidenciado las guerras de Ucrania e Irán, mientras su estrategia de reducción de emisiones de CO₂ está contribuyendo, de forma cada vez más evidente, a debilitar su economía.El verdadero problema reside en las políticas climáticas de la UE. En la última década, Bruselas ha situado la descarbonización en el centro de su estrategia, sin evaluar con el rigor necesario sus efectos sobre el tejido productivo y la seguridad del suministro. Se han fijado objetivos de reducción de emisiones tan ambiciosos como poco realistas, se ha penalizado la producción y el uso de hidrocarburos y se ha encarecido el coste del CO₂, lo que ha tenido un impacto directo sobre la competitividad del sector industrial.La autonomía estratégica corre el riesgo de quedarse en un eslogan vacíoLas consecuencias están a la vista. El aumento de la factura energética ha debilitado la posición de nuestra industria frente a empresas de Estados Unidos o China, favoreciendo la deslocalización y la pérdida de inversiones. La paradoja es evidente: mientras Europa presume de liderazgo climático, buena parte de sus emisiones se trasladan a países con regulaciones más laxas. Más que reducir emisiones, estamos exportándolas.A esta contradicción se suma otra aún más inquietante. La transición energética europea depende en gran medida de China. El gigante asiático controla buena parte del mercado de los minerales críticos indispensables para fabricar baterías, paneles solares o aerogeneradores; así domina sus cadenas globales de suministro.El control de estas materias primas es hoy una de las palancas más eficaces de poder. China lo entendió antes que nadie y lo utiliza como herramienta de influencia: dosifica las exportaciones, aplica restricciones y condiciona las políticas de otros países y el funcionamiento de sectores industriales. La dependencia ya no se mide solo en barriles, sino también en toneladas de litio o de tierras raras.Lo más preocupante es que esta vulnerabilidad no desaparecerá a corto plazo. La UE apenas está empezando a diversificar sus suministros, por lo que seguirá expuesta durante años a tensiones externas. Sin una estrategia coordinada con otras economías avanzadas, la tan invocada autonomía estratégica corre el riesgo de quedarse en un eslogan vacío.Europa necesita rectificar, y hacerlo cuanto antes. La transición energética no puede plantearse como la sustitución abrupta de unas energías por otras, sino como un proceso gradual que sume nuevas tecnologías sin comprometer la seguridad del suministro. Persistir en el rumbo actual no es una opción: nos conduce, inexorablemente, a la irrelevancia económica en un mundo cada vez más competitivo. No es transición: es declive.
Europa, contra su industria, por Mariano Marzo
La autonomía estratégica corre el riesgo de quedarse en un eslogan vacío









