Angélica* se acercó, como todas las mañanas, al pozo artesanal que abastecía a varias familias en una localidad rural al norte de la capital guatemalteca. El dueño de la fuente de agua generosamente había permitido por años que bullangueros niños y mujeres se abastecieran del líquido.
Esa mañana Angélica se llevó la sorpresa de su vida. La noche anterior la fuerte lluvia hizo colapsar la capacidad de un desagüe de colonias vecinas que pasaba cerca del pozo y había crecido tanto que se desbordó de su cauce y las aguas servidas se filtraron por todos lados.
Hacia la media mañana ya todos veían con tristeza alrededor del pozo el agua que sacaban: un líquido turbio con olor nauseabundo. Su gran proveedor de agua se había contaminado.
Angélica no vive en un país pobre en agua. Vive en Guatemala: uno de los países con una gran riqueza hídrica.
Pese a esta riqueza hídrica, Guatemala es el único país de Centroamérica que no cuenta con una ley de aguas, lo que impacta negativamente en la calidad de vida de su población, que cada vez ve más limitado el recurso, muchas veces contaminado o racionado.









