“El desafío de informar sobre Irán va más allá de las restricciones de un régimen autoritario: es también un síntoma del periodismo paracaidista que afecta a la cobertura de Oriente Próximo”, escribía la analista iraní-estadounidense Holly Dagres el año pasado en la plataforma X: “Nada irrita más a los corresponsales veteranos de la región que los periodistas de alto perfil que ‘caen en paracaídas’ y acaparan la atención en historias que apenas entienden”.Aquella crítica de Dagres dirigida a los periodistas occidentales no era —ni es— nueva ni exclusiva de Irán. Recoge una sensibilidad cada vez más extendida, tanto en el norte como en el sur global, hacia la práctica de enviar reporteros a coberturas breves sin tener un conocimiento profundo del terreno. Sus grandes detractores sostienen que esta forma de reporterismo lleva implícito un riesgo de reproducir lógicas coloniales y extractivistas, otros defienden que los paracaidistas —cuando ejercen el rigor informativo y el ojo crítico— pueden aportar una perspectiva valiosa.El peyorativamente denominado paracaidismo forma parte de una tradición arraigada en el periodismo internacional, pero en las últimas décadas se ha visto impulsado por la globalización de los medios. Internet transformó las redacciones —entre otras cosas, diluyó el privilegio informativo del corresponsal tradicional— y junto a la caída de los ingresos publicitarios, que absorbieron plataformas como Meta y Alphabet, debilitó la capacidad económica de los medios para mantener corresponsalías en el extranjero. En un contexto en el que muchos medios cuentan con recursos cada vez más limitados, “las empresas informativas no están dispuestas a costear el precio de mantener un despliegue permanente para tener contactos, acceso o fuentes propias”, afirma Alfonso Bauluz de la Iglesia, director de Reporteros sin Fronteras (RSF) en España, ex redactor jefe de Internacional de Efe y excorresponsal. En su lugar, a menudo se apoyan en enviados especiales.La pregunta, entonces, es: ¿por qué confiar la cobertura de un territorio a un periodista externo cuando existen profesionales locales que conocen de primera mano su realidad? “El reportero local es experto en su propia comunidad”, dice la periodista egipcia Dina Aboughazala, fundadora de EGAB, una plataforma que conecta a reporteros locales con medios internacionales: “Son quienes saben lo que sucede y que nadie más conoce. Recibimos siempre la misma perspectiva [de los grandes medios], pero en realidad a menudo solo nos llega una pequeña parte de lo que ocurre”.Bette Dam, periodista de investigación neerlandesa reconocida por su cobertura en Afganistán y que actualmente investiga con el apoyo de la Universidad de Columbia el sesgo de los medios de comunicación, pone un ejemplo: un periodista estadounidense llega a Madrid en medio de un conflicto político y dispone de tres días para retratar los hechos. “Existe el riesgo de que no pueda hacer demasiadas entrevistas, quizás hable con el taxista y poco más. Obtendrá una versión superficial de la historia que quizás ha reciclado de agencias de prensa y otros medios”. Para Dam, es muy difícil que un reportero pueda atravesar la densa narrativa occidental que han creado los grandes medios sobre ciertas realidades permaneciendo poco tiempo en un lugar. Sin embargo, otros profesionales sostienen que la cuestión no radica en la práctica del paracaidista en sí misma, sino en distinguir entre una buena y una mala praxis periodística.Más allá de factores como la disponibilidad de periodistas locales o su dominio del idioma del medio, las redacciones envían a periodistas ajenos al territorio —normalmente especializados en la temática que van a cubrir— precisamente porque, dicen, aportan una mirada fresca, más atenta a lo extraordinario y que recoge la curiosidad y los códigos de su audiencia. Patricia Simón, reportera especializada en derechos humanos y con coberturas en más de 25 países, a veces trabaja también en España como fixer —el local, a menudo periodista, que facilita la cobertura a reporteros internacionales abriendo acceso a fuentes y contactos—, y reconoce que cuando “estás en tu propio contexto y no estás habituado a contarlo a audiencias distintas a tu país, das muchas cosas por sentado”. “Además, es importante la traducción de lo que ves a los códigos de la audiencia a la que te diriges”, recalca.“Mis colegas filipinos tienen una visión asiocéntrica del mundo, y eso no es ni bueno ni malo, ni irregular ni atípico. Es lo más normal del mundo. Otra cosa son los clichés, los prejuicios. Y eso entra en el capítulo del mal periodismo. Es distinto”, señala Bauluz. Además, dice el excorresponsal, los periodistas pueden hacer una magnífica labor de investigación en el terreno pero que su trabajo no influya en la línea editorial de los medios que en ocasiones pueden alinearse con los discursos dominantes, como ocurrió en Estados Unidos durante la invasión de Irak de 2003. En esa línea, Simón parte de la base de que todo periodismo debe ser decolonial: “Se haga donde se haga. Ya hay muchos y muchas periodistas formados y que aplican una metodología antirracista y decolonial”.La historia cuenta con grandes periodistas locales que han narrado los conflictos de su región al mundo. Sin ir más lejos, con el cierre del acceso de la prensa internacional a Gaza, muchas de las noticias, fotografías y grandes crónicas sobre el genocidio han sido producidas por periodistas palestinos. Al mismo tiempo, estos sufren un asedio constante. Bauluz señala que hay reporteros de enorme calidad en todos los países, pero —dice— un periodista extranjero no está sometido a las mismas presiones que un periodista local: “Si hay una guerra, es muy difícil para una persona de ese lugar mantener un equilibrio informativo. Es algo natural, es humano”.Los críticos del paracaidismo subrayan, sin embargo, que la capacidad de informar con rigor no depende de la distancia entre periodista e historia, sino de un compromiso profesional con la verdad. Aboughazala ilustra lo que considera una doble vara de medir entre el norte y el sur global: en 2011, la BBC envió periodistas extranjeros a cubrir las protestas en El Cairo —pese a contar con una amplia corresponsalía— alegando que los egipcios no podían ser objetivos por su “apego emocional”, mientras que durante el Brexit ese mismo apego, que dividía incluso a familias, no se consideró un problema.Ha llovido desde entonces, y en los últimos años el debate sobre quién está legitimado para contar una historia resuena cada vez más fuerte. The New York Times, por ejemplo, tras una lluvia de críticas por su cobertura sesgada del genocidio en Gaza ha comenzado a prestar más atención a las voces de los palestinos. “Los civiles han empujado a través de las redes a las grandes instituciones mediáticas a reconsiderar parte de su cobertura y ser menos dependientes de las narrativas tradicionales”, señala Dam. Y el periodismo colaborativo transnacional gana filas. Para Simón —quien firma las piezas junto a los fixers con los que trabaja— los periodistas locales y extranjeros no son excluyentes, sino complementarios: “Cuantas más visiones de un mismo hecho, con perspectivas diversas desde lo local, pero también desde el lugar de origen de esas audiencias, muchísimo más rico y completo será el retrato de ese contexto”.