Entrar en La Guaira el sábado por el túnel desde Caracas fue como pasar por el umbral de un mundo a otro. Desde el blanco y negro de redes sociales y agendas políticas, a otra esfera, carente de buenos y malos, poblada por gente que buscaba a supervivientes o intentaba reconstruir vidas rotas.Miles de damnificados se habían alojado bajo carpas improvisadas en un parque en frente de los tres bloques —ahora son dos— de viviendas públicas del complejo UPPP22. Al lado estaba un centro de acopio de Caraballeda donde quienes aún tienen un techo más sólido vienen a buscar alimentos y otros bienes esenciales. “Por favor, digan que estoy buscando a mi sobrino, Angel Gabriel Vargas Sifontes, a ver si me pueden ayudar”, dijo Lizkarina, una joven madre de 18 años, enseñando la foto, a través del cristal roto de su teléfono, de un niño de tres o cuatro años. “Vivía en el edificio sur”, explicó en referencia a la segunda torre del UPPP22, que ya es una montaña de escombros, amasijos de hierro forjado y enormes losas de hormigón, apiladas una sobre otra como un acordeón aplastado. “Por favor, digan que estoy buscando a mi sobrino, a ver si me pueden ayudar”Tal vez sería el momento para lanzar un ataque contra la calidad de los edificios de la llamada Misión Vivienda, que ha llenado Caracas y sus alrededores de viviendas públicas —cinco millones construidos en las dos últimas décadas—, muchos con el logo de los ojos de Hugo Chávez. Según algunos medios, la mala construcción había convertido esos edificios en “castillos de arena”. Pero al lado de los escombros de la casa del pequeño Angel estaban los dos otros edificios del mismo complejo, gravemente dañados pero aún en pie. Más abajo, bloques de apartamentos privados con vistas al mar y piscinas se habían desplomado igual que la torre caída de la UPPP22.A unos metros, tres mujeres doblaban ropa delante de una pequeña tienda de campaña, el nuevo hogar de una de ellas desde el derrumbe de su casa. “No hubo ninguna ayuda el primer día, no vino nadie; solo los vecinos; estamos levantando los cascotes nosotros mismos, sin máquinas”.Fue la oportunidad, tal vez, para reafirmar la narrativa más consensuada sobre la catástrofe: que las fuerzas públicas venezolanas respondieron tarde por ineptitud, corrupción o maldad. En esta versión, solo los miles de voluntarios de la “sociedad civil” han mitigado los efectos de la tragedia. Pero, luego, Teresa, alta y negra, de unos cuarenta años, y sus dos hijos, cruzaron hacia el centro de acopio. Perdieron la casa que ellos mismos habían construido al otro lado de la carretera. “Fue así”, dijo el joven Alejandro, meneando su cuerpo como en un baile para imitar el impacto del temblor. La Fuerza Armada Nacional Boliviana (FANB) “llegó ese mismo día y nos ayudó”, dijo Teresa, que ya pretende reconstruir su hogar.Lo que la presidenta venezolana Delcy Rodríguez califica como un “laboratorio mediático” ha monopolizado la narrativa sobre el terremoto y las empresas encuestadoras terminan el trabajo. Según un sondeo de la empresa brasileña Atlas, la desaprobación de Rodríguez ha subido cinco puntos, al 63 % en junio. Un exdiplomático estadounidense radicado en EE.UU. dijo a la agencia Bloomberg que los venezolanos “están muy enfadados con el Gobierno por no haberse tomado en serio los terremotos” y “puede haber disturbios civiles”.Pero si desde Maryland se vislumbra rabia e insurrección, en La Guaira el sábado se palpaba paz, resignación y convivencia en una operación popular de vecinos, voluntarios, ciudadanos movilizados por la solidaridad, pero también del Estado. No hay buenos y malos en una lucha contrarreloj para encontrar algún superviviente y proporcionar ayuda a los damnificados. El rescate es insuficiente, algo caótico, sin duda, pero dada la dimensión del desastre, con casi 600 edificios colapsados, la primera impresión solo puede ser de admiración. Un ejército de voluntarios ayudaba a los equipos de rescate internacionales sin roces visibles con la FANB o la policía.En los “laboratorios mediáticos” al otro lado del túnel, “soslayan un dato fundamental: la dimensión de la catástrofe (...) cualquier país habría enfrentado inimaginables dificultades para atender la emergencia”, afirma Clodovaldo Hernández del medio La Iguana.Las críticas al gobierno “soslayan un dato fundamental: la dimensión de la catástrofe”Cientos de bomberos de rescate de otras partes del país dormían en tiendas al lado de los damnificados. “Esto es duro, pero el deslave (deslizamiento) de Vargas de 1999 fue peor”, dijo Jhon, integrante cuarentón de la Misión Rescate, curtido en desastres anteriores, que había llegado en las primeras 24 horas desde Miranda.Los efectivos de la FANB ayudaban durante nuestra visita con el desescombro, vigilaban la entrada del tráfico y, de vez en cuando, exigían silencio cuando los equipos de rescate avisaban que tal vez habían detectado alguna seña de vida. Las historias de supervivientes siguen apareciendo semana y media después del terremoto. “Hay 16 en el sótano y sabemos que están vivos”, dijo el vecino al lado de otro bloque de viviendas públicas colapsado, el OPP33, donde los vecinos se han quejado de la ausencia de retroexcavadoras, un asunto espinoso por dos motivos: el uso de máquinas pesadas cuando hay posibles supervivientes es difícil; y, en cualquier caso, las máquinas JVC vienen de EE. UU., que ha aplicado sanciones sobre exportaciones a Venezuela desde hace siete años y medio. En otros edificios colapsados en Caraballeda se veían el sábado máquinas retroexcavadoras en funcionamiento. En otro barrio de La Guaira, un vecino, Hernán Gil, había sido rescatado el día anterior tras ocho días enterrado y se encuentra en condición “estable”. “Estamos usando tecnología avanzada y nuestros equipos caninos; hay poca esperanza, pero hay esperanza”, dijo José Palacios Quevedo, jefe de equipo de bomberos mexicanos que esperaba delante de otro edificio desplomado. Llevaban cuatro días en La Guaira. “De haber llegado antes, habría sido distinto”, se lamentó uno de ellos, Valentín Jara Mora, de Jalisco.Esta habría alimentado también la narrativa del Estado venezolano corrupto y lento. Pero Palacio Quevedo matizó: “Nosotros, al igual que todos los rescatistas, tenemos que esperar a la ONU antes de venir”. “Siempre hay fallos, pero esto ha estado bastante bien organizado”, dijo Quevedo.Los equipos de rescate internacionales venían de países amigos y enemigos de Venezuela: El Salvador, Argentina, España, Francia, México, Chile, Colombia... Los menos visibles el sábado en Caraballeda eran los estadounidenses, aunque los equipos de Virginia, California y la Florida han prestado ayuda crucial en el rescate en otras zonas. Los helicópteros Chinook que sobrevolaban la UPPP22 confirmaron la presencia del millar de marines más arriba, en el aeropuerto. La oferta de Elon Musk de proporcionar Starlink gratuitamente perdió mérito para quienes infructuosamente intentamos conectar a la red. La oenegé Team Rubicon, de la nueva ola trumpista, fundada por un ex Navy SEAL con la participación del fondo buitre Elliott Management —nuevo propietario de la ex petrolera estatal venezolana Citgo expropiada ilegalmente— , había bajado a la zona de desastre. Pero pese a su eslogan —”Los desastres no esperan; nosotros tampoco”—, no llegó hasta una semana después del seísmo.