EditorialLos señalamientos de desorganización e ineficiencia resultan lógicos en un Estado plagado de compadrazgos, nepotismos y nombramientos por zalamería.

La inenarrable tragedia telúrica venezolana sigue descubriendo su cauda mortífera y a la vez la inmensa capacidad humana de amor y ayuda a los más necesitados. La devastación material es grande, pero mucho más aún la pérdida de vidas. Familias completas siguen soterradas en edificios que probablemente no reunían las condiciones sismorresistentes necesarias. Cientos de pobladores y voluntarios de otros países continúan la tarea de rescate, aunque ya prácticamente sin esperanza de encontrar sobrevivientes, solo víctimas de una cadena de causalidades entre las cuales figuran graves omisiones en el servicio público.

Pero no solo son fallas pretéritas: también se han registrado conductas vergonzosas, necias, abyectas, calificativos que les aplican por inhumanas. Una de ellas es la obsesión por centralizar toda la operación, quizá con el afán de tratar de aminorar las cifras o reducir las críticas a la falta de supervisión estructural de los inmuebles. Han sido grabados obtusos militares armados, vigilando entre las ruinas y no precisamente los bienes de los heridos.