En Misiones, organizaciones buscan que el trabajo rural sea una elección y no un destino. Texto de Micaela Urdinez 05 de julio de 2026 MISIONES.- Es tímida. No quiere hablar frente a la cámara. Su voz es apenas un susurro. Antonela Samaniego tiene 15 años y vive en el barrio 20 de Junio, en Andresito. Se sienta en una silla de playa sobre la tierra roja y húmeda, una arcilla que mancha y se queda adherida al cuerpo, a los zapatos, a la ropa. De fondo y sobre unos listones, apenas se sostiene la casa en la que vive con su mamá –Estela Olivera– y sus hermanos más chicos. Su mamá siempre trabajó en la cosecha de yerba mate para sostener a la familia. El año pasado, la baja en el precio de ese producto hizo que se frenara la producción y se quedara sin su principal ingreso. Ante la emergencia, decidió irse a cosechar tomates a Brasil y llevarse a sus hijos con ella. En 2025, todos abandonaron la escuela.

–Cuando tu mamá se iba a trabajar con los tomates, ¿vos qué hacías?

–Cuidaba a mi hermano, limpiaba la casa.

–A veces, ¿vos también trabajabas en la cosecha?

–Sí, era feo porque al sol hace mucho calor. Hay que agarrar una caja y sacar los tomates de la planta. Es muy pesado.