Cada generación tiene su libro maldito. Para muchos jóvenes lectores de hoy, ese libro es Lolita, de Vladimir Nabokov, publicado en 1955, que desde entonces estuvo sometido a un juicio que no termina nunca, como esos procesos kafkianos que se reinician cada vez que alguien pronuncia el veredicto. El problema con Lolita no es que sea una novela perturbadora. El problema es que es una novela perturbadora que además es buena. Humbert Humbert es un pedófilo. No hay manera de suavizar eso ni de encontrarle matices redentores. Es un pedófilo culto, elocuente, simpático, encantador. Y también es un monstruo. Nabokov lo sabía. El lector lo sabe. Lo que el lector a veces no sabe es que Nabokov lo construyó así precisamente para que no hubiera confusión posible: todo el andamiaje retórico de Humbert, toda su belleza verbal, toda su erudición, es la cortina detrás de la cual se oculta la devastación de Dolores Haze, una niña real. Aquí está la trampa en la que caen los que se horrorizan y también, aunque en dirección contraria, los que creen que la prosa hermosa justifica todo: ambos leen a Humbert en lugar de leer a Nabokov. Humbert narra. Nabokov escribe. Y Nabokov desmonta sistemáticamente cada uno de los argumentos de su narrador. Lo hace con ironía, con juegos de palabras, con detalles aparentemente insignificantes que revelan el horror debajo de la superficie. Cuando Humbert describe la felicidad de Lolita, hay siempre un detalle –una lágrima, una pregunta, un silencio– que desmiente la versión. Nabokov no absuelve a su personaje: lo exhibe.
Cómo sobrevivir a Lolita
Cada generación tiene su libro maldito. Para muchos jóvenes lectores de hoy, ese libro es Lolita, de Vladimir Nabokov, publicado en 1955, que desde entonces estuvo sometido a un juicio que no termina nunca, como esos procesos kafkianos que se reinician cada vez que alguien pronuncia el veredicto. El problema con Lolita no es que sea una novela perturbadora. El problema es que es una novela perturbadora que además es buena. Humbert Humbert es un pedófilo. No hay manera de suavizar eso ni de encontrarle matices redentores. Es un pedófilo culto, elocuente, simpático, encantador. Y también es un monstruo. Nabokov lo sabía. El lector lo sabe. Lo que el lector a veces no sabe es que Nabokov lo construyó así precisamente para que no hubiera confusión posible: todo el andamiaje retórico de Humbert, toda su belleza verbal, toda su erudición, es la cortina detrás de la cual se oculta la devastación de Dolores Haze, una niña real. Aquí está la trampa en la que caen los que se horrorizan y también, aunque en dirección contraria, los que creen que la prosa hermosa justifica todo: ambos leen a Humbert en lugar de leer a Nabokov. Humbert narra. Nabokov escribe. Y Nabokov desmonta sistemáticamente cada uno de los argumentos de su narrador. Lo hace con ironía, con juegos de palabras, con detalles aparentemente insignificantes que revelan el horror debajo de la superficie. Cuando Humbert describe la felicidad de Lolita, hay siempre un detalle –una lágrima, una pregunta, un silencio– que desmiente la versión. Nabokov no absuelve a su personaje: lo exhibe.









