En redes sociales se premia estéticamente que chicas muy jóvenes adopten una apariencia o una actitud sexualizada. El ‘efecto Lolita’ no está tan superado como creíamos
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta”. Así empieza una de las novelas más importantes de la literatura universal contemporánea que, escrita por el autor ruso Vladimir Nabokov, introducía al lector en la mente de Humbert, un pederasta que narra la historia sobre cómo se obsesiona con una menor de edad. Durante la novela, su voz responde a la de un narrador no fiable, es decir, uno que hace dudar al lector de la veracidad del relato.
La problemática surge en adaptaciones al cine en las que la protagonista, además de ser una niña, se presenta como un objeto sexual. Es el caso de la versión de Adrian Lyne de 1997 que, protagonizada por Dominique Swain, generó gran controversia por exponer a una menor de quince años bajo una mirada sexualizadora: “La línea roja no está en si se puede contar una historia incómoda, el cine debe poder abordar temas difíciles. La cuestión es desde qué mirada se cuentan esas historias. Una escena puede mostrar violencia o un deseo problemático sin convertirlo en espectáculo”, comenta Sonia Herrera Sánchez, doctora en Comunicación Audiovisual y Publicidad especialista en estudios feministas.






