ActualidadTras ganar el Premio Nacional de Poes�a Joven, la granadina desmonta en La boca llena de trigo, su primera novela, el mito del �xito y la autoexigencia. Guarda el ant�doto bajo la manga.Actualizado Domingo,
julio
Mayte G�mez Molina entierra sus ra�ces donde haga falta. Naci� en Madrid por accidente: si su madre no dejaba temporalmente Granada y la tra�a al mundo en la capital, su padre, militar, no habr�a podido conocer a la reci�n nacida. En 2020 transfiri� el acento de Chicago a Chiclana: con las fronteras a punto de cerrarse, abandon� Estados Unidos y complet� junto a la costa gaditana la beca Fullbright en Cine y Nuevos Medios que le hab�a sido concedida. Con 33 a�os, hoy atraviesa la linde entre Alemania y Suiza para impartir clases en la Academia de Arte y Dise�o de Basilea. Dej� Espa�a atr�s cuando su curr�culum comenz� a acumular rechazos.
La propuesta lleg� de Alemania. Tras la primera candidatura, la admisi�n y los billetes de avi�n. Una llamada a la artista, especializada en formatos digitales, la trajo de vuelta a Espa�a. Su poemario Los trabajos sin H�rcules acababa de hacerse con el Premio Nacional de Poes�a Joven Miguel Hern�ndez.Entre v�deos y clases, la granadina de sangre hab�a comenzado a enderezar su prosa. En La boca llena de trigo (ed. Anagrama), la coagula y yergue. Anna, ni�a prodigio que ya ha alcanzado la adultez, roba la atenci�n de una de las galeristas m�s reputadas de Europa. Si lo desea, sus cuadros se expondr�n en solitario. El s� salta desde su lengua. Acaba de alcanzar el tipo de �xito del que le hablaban en la universidad. Ahora s�lo necesita volver a pintar. Con p�rrafos austeros e im�genes ricas, G�mez Molina recorre los pliegues de la autoexigencia para desbaratar las ideas del triunfo, desmitificar el talento, desnudar la envidia y descifrar las excusas con las que se disfraza a menudo la b�squeda elemental del ser humano: la del amor.Como en la novela, el �xito suele operar como un silenciador social: cuando los dem�s deciden que te va bien, se retira el derecho a la queja.Es un arma de doble filo. Le�a hoy la noticia de la muerte en la monta�a de una corredora. Se insinuaba que hab�a podido ser un suicidio y alguien dec�a que siempre hay que ocuparse de la hija mayor, la que parece no necesitar ayuda. El �xito previene de que los dem�s te vean vulnerable. Se convierte en una meta que en teor�a erradica los problemas. Tras el premio, yo estaba muy cansada de viajar y me respond�a que c�mo, si todo me iba bien. S�, pero estaba en Alemania sin mi familia ni mi c�rculo social. Me cambi� la vida, por supuesto. Pero es una situaci�n agridulce porque sabes que hay quien cree que no mereces estar ah�. Cuando llega el �xito, lo que encuentras a tu alrededor es rechazo.Es lo que la mejor amiga de la protagonista siente.No s� si se puede vivir sin sentir envidia. Si nuestra vida est� llena de dignidad y tranquilidad, tiene una funci�n de alerta, como la ira. Lo importante es qu� haces con eso. Se pueden envidiar las cosas m�s est�pidas: en el fondo s�lo revela algo acerca de ti. La amistad femenina se ha idealizado mucho y ahora se comienza a deshacer. No siempre es pura ni incondicional. Es algo que explica y defiende el feminismo: la mujer es un ser humano y eso implica imperfecci�n. Durante a�os se ha tendido a la idealizaci�n, como en el amor rom�ntico. Sucede lo mismo: si toda mi felicidad se concentra en una sola persona, se desequilibra la relaci�n. Hay momentos en los que no s�lo se exige reciprocidad, sino que colme muchos vac�os. Y una persona no es un complemento.Dec�a Santa Teresa que se lloran m�s l�grimas por las oraciones atendidas que por las no escuchadas. �Por qu� el deseo cumplido activa la sospecha y el autosabotaje?No s� si convencerse de que no podr�s hacerte merecedor del deseo cumplido esconde una baja autoestima. Pero para alcanzarlo ha influido el azar o la providencia, factores que dejan un poso que te repite que no te lo mereces. Por eso cuando los dem�s te cuestionan, la duda que te rebota era la tuya. Lleva trabajo construir un amor propio sin volverse ego�sta, sin que la tristeza te mantenga ensimismada. Yo me repito mucho que en mi lugar podr�a estar otra persona, pero no por falta de talento, sino porque el factor del azar me salva mucho. Que yo en concreto escriba no es importante, pero es importante que lo haga porque en ese momento desaparezco para estar m�s en m� que nunca. Te conectas a la concentraci�n, a Dios, a lo que sea, y algo fluye a trav�s de ti. Como dec�a Baldessari: el talento abunda, estar en el sitio adecuado en el momento correcto es insustituible y la posesi�n, o sea, disfrutar del momento en que eres un canal de paso para las ideas y traduces tu visi�n del mundo para los dem�s, no se puede fingir.La amistad femenina se ha idealizado mucho y no siempre es pura ni incondicionalCuenta la protagonista que el p�blico suele imaginar al artista arrebatado, pero el trabajo real se parece m�s al de una panader�a. �La rutina mec�nica es la salvaci�n?El oficio es funcionarial: una o tres horas al d�a, pero al cerrar el ordenador, pones una lavadora. Yo tuve una ventaja: cuando empec� a escribir estaba en paro. Ese tiempo hoy no se tiene disponible. A m� no me gusta el elitismo, no me interesa nada la idea del genio que se estima mejor que las personas para las que crea el arte. Fernando Arrabal, por ejemplo, es una excepci�n. No se da importancia, es un poco dada�sta, vulnerable y bufonesco, que ense�a m�s de la realidad que el genio cl�sico.Quienes cumplen con el clich� han sido hombres.Quiz�s a la mujer, que estaba detr�s de los ni�os y de la limpieza, le era m�s dif�cil decir �a m� me importa s�lo mi genialidad�. Tal vez hemos llegado m�s tarde. Pero lo hemos hecho con otro tipo de vidas.De nuevo la amiga advierte a la protagonista, ni�a prodigio: le dice que se va a quedar sola.Las dos est�n infectadas por la idea del genio y la que no obtiene la confirmaci�n inmediata de la sociedad desiste. Los j�venes como a los que doy clases tienen cosas magn�ficas, pero a veces la sensaci�n de falta de identidad hace que miren demasiado hacia dentro y, de tanto mirarnos a nosotros mismos, nos extra�amos de lo que vemos. Cuando expandes esa mirada y das gracias por lo que tienes, te sales de tu propio estribillo interno. Es el ant�doto del yo. Cuesta hacerlo, pero logra que salgas de ti misma cuando observas lo que tienes a tu alrededor. Te salva. Quiz�s ah� est� lo divino: en las cosas peque�as que tenemos cerca.Escribes que �en un mundo regido por valores econ�micos, lo que una persona hace bien de forma natural tambi�n es lo m�s rentable� y que �el talento puede ser una c�rcel�. �El padre que proh�be a su hijo ser artista lo est� protegiendo?Si yo no trabajara como profesora, tendr�a que tener otro trabajo. Incluso la gente a la que le va bien vive de otra cosa. Los padres quieren proteger de la pobreza y la tristeza. No s�lo el talento y el esfuerzo son suficientes.Tambi�n apuntas que �el mundo entero es un hombre que mira�. �C�mo se escapa de esa mirada?Sigue siendo estrictamente necesario que las mujeres contemos nuestras historias desde nuestro propio punto de vista. Parece que cuando un hombre escribe sobre la muerte de su padre, lo que hace es literatura universal; en cambio, si lo hace una mujer, se etiqueta como literatura femenina. Necesitamos alcanzar esa neutralidad que encontramos, por ejemplo, en la narrativa de Ted Chiang o de Agust�n Fern�ndez Mallo: la capacidad de contar una historia propia y traducirla de manera directa al resto del mundo, asumiendo que la perspectiva de una mujer puede -y debe- ser una lectura universal. Para lograrlo, hacen falta miradas que dejen de objetualizar, que abandonen el egocentrismo. El reto est� en cambiar la forma en que se ejerce o se sufre el poder. A menudo, la discusi�n se plantea como un enfrentamiento contra los hombres, pero el problema es m�s profundo. Cuando miras a otra mujer y piensas que est� gorda, en realidad es un hombre el que est� mirando a trav�s de tu propia cabeza. Hemos interiorizado tanto esa mirada pan�ptica que nos juzgamos entre nosotras bajo sus par�metros. Necesitamos rebajar la cr�tica hacia el cuerpo de las mujeres. El desaf�o es c�mo reescribir esa mirada y sostenerla en el tiempo.A Anna le aprieta la ropa y bebe para tolerarse. �Por qu� el cuerpo de la mujer sigue siendo el primer territorio donde se libran las batallas del fracaso y de la inadecuaci�n social?El cuerpo es una carta de presentaci�n. Yo he vivido bajo una fractura constante entre el cuerpo y la mente. Tuve anorexia entre los 13 y los 17 y he pasado a�os vigilando mi corporalidad para protegerme de la hostilidad: que no me pegaran, que no me insultaran; cuando estaba gorda, por gorda, y cuando estaba flaca, por flaca. He pasado miedo por la calle. Te conviertes en un cuerpo que provoca juicios y que se cosifica. Esta opresi�n paraliza. Puedes ser una mujer pol�tica brillante o una empresaria de �xito, y en mitad de una reuni�n crucial, una parte de tu cerebro est� pensando: �Estoy gorda�. Es tr�gico y agotador vivir as�.Cuando miras a otra mujer y piensas que est� gorda, en realidad es un hombre el que est� mirando a trav�s de tu propia cabeza�Es el di�logo hoy s�lo una yuxtaposici�n de egos?Pasamos demasiado tiempo en las redes sociales asistiendo a una pantomima de la conversaci�n, a un espejismo donde todo se llena �nicamente de uno mismo. A la gente le cuesta horrores escuchar. En mi caso, esa conciencia viene de lejos: en mi infancia siempre era la alumna nueva y, adem�s, una ni�a gorda, por lo que ten�a todas las de perder. Aprend� pronto que mi forma de sobrevivir y de lograr que los dem�s se abrieran a m� era mostrar un inter�s genuino por ellos. Hoy no suelo encontrar esa misma reciprocidad en los adultos. Vivimos en una �poca de una polarizaci�n extrema donde parece imposible hablar con el diferente. El lema parece ser: �No voy a escuchar nada que no quiera escuchar, ni voy a hablar de nada de lo que no quiera hablar�. El di�logo es un espacio de encuentro que tiene la inmensa virtud de no tener un precio, de ser algo que ni se compra ni se vende. Cuando se rompe, el aislamiento es total.�Por qu� la palabra verdadera es lo m�s dif�cil de pronunciar ante quienes mejor nos conocen?Tanto en la familia como en la amistad, resulta dif�cil preocupar a las personas que queremos. Vivimos actuando como si no quisi�ramos molestar a nadie, incapaces de pedir ayuda. Recuerdo haber sufrido much�simo en momentos en los que la necesitaba. �C�mo iba a llamar a mi madre para decirle: �Ven a Alemania, por favor, ay�dame�? As� que recurres a la mentirijilla piadosa. Hace falta un valor inmenso para romper la imagen que tienes de ti misma ante los tuyos. Nos educan bajo el mantra del �no molestes, no llores�. Si esos mandatos calan muy profundo, terminas creyendo que puedes con todo, hasta que el cuerpo dice basta y tiene que llegar una enfermedad a frenarte. En esa aparente fortaleza tambi�n se manifiesta el ego; esa fantas�a de creer que puedes realizar una haza�a t� sola, muy ligada al s�ndrome del impostor.Dos certezas conserva Anna: que la maldad existe y que ella es capaz de ejercerla, y que la belleza puede aparecer en cualquier sitio. �Es la b�squeda de la belleza un acto est�tico o una estrategia de supervivencia?Darse cuenta de la belleza no es un oficio exclusivo de los artistas; es algo que est� al alcance de todo el mundo. De hecho, percibirla es una forma indispensable de mantenerse cuerda y de salvaguardar la esperanza frente a la hostilidad cotidiana. Pero se debe conseguir tener la atenci�n y el espacio mental necesarios para darse cuenta. Est� en todas partes: en los p�jaros, en el orden de una fruter�a o en el gesto de unas mujeres desayunando juntas en una cafeter�a. La gran pregunta es: �somos capaces de verla en el d�a a d�a?literatura







