En abril de 1814 se consumaba en Valencia el encuentro entre Fernando VII y el cardenal Luis de Borbón, presidente del liberal Consejo de regencia. Ya arropado por sus pérsicos manifestantes, era el rey, no al revés, quien aguardaba la visita del presidente de la recién nacida monarquía constitucional promulgada en Cádiz. Lejos de reconocer el ejemplar de la Constitución portado por su pariente, Fernando le tendía la mano luciendo su anillo real: “Besa”. Así lo hacía aquel, certificando su sumisión al viejo homenaje feudal. “¡Triunfa el rey!” clamaron de inmediato los panfletos ultras.

La esperanza liberal gaditana nunca fue más allá de caminar junto a la reacción, al punto de llegar en algún momento a suplicar en Cortes tal consenso

La patética estampa de la interinidad constitucional española en manos de un cardenal Borbón, Borbón y cardenal, no podría ilustrar mejor la futilidad de cuanto aconteció en Cádiz desde la apertura de sus (extraordinarias) Cortes disueltas meses antes, en septiembre de 1813. Las próximas, ya ordinarias, en nada iban a asemejarse a las clausuradas.

La esperanza liberal gaditana nunca fue más allá de caminar junto a la reacción, al punto de llegar en algún momento a suplicar (sic) en Cortes tal consenso. Era comprensible; aquellos hombres no solo no representaban ninguna poderosa burguesía a la francesa; entre ellos había también propietarios feudales, Muñoz-Torrero o Toreno sin ir más lejos. Escribe Josep Fontana en su Crisis del Antiguo Régimen 1808-1833 respecto a aquella clausura de Cortes extraordinarias: “Se abrazaban llorando de emoción, con los mismos hombres que estaban fraguando una contrarrevolución y tenían ya preparadas las listas de los que debían ser encarcelados. No habían querido hacer una revolución social y omitieron aquel genero de reformas más profundas que hubieran podido poner de su lado a las masas campesinas, para quienes, a decir verdad, poco había de interés en los 384 artículos de la Constitución (…) Los diputados liberales seguían creyendo que iban a convencer a todos con la excelencia de unos proyectos de reforma moderada, que resultaban excesivos para los explotadores del viejo sistema e insuficientes para los explotados. El golpe de estado en mayo de 1814, los pilló desprevenidos, mientras ordenaban que cada año se celebrasen Te Deums para conmemorar la feliz vuelta del monarca a suelo español”.