El primer gran desembarco de Elsa Schiaparelli en Londres fue en 1933, cuando se hizo con un townhouse en Mayfair y abrió un taller satélite con 80 operarios dedicados a traducir su irreverente universo sartorial para la sociedad inglesa. El segundo ha sido ahora, nueve décadas después, con la exposición que el Museo Victoria & Albert le dedica hasta el 8 de noviembre: la primera muestra consagrada en su totalidad a la diseñadora italiana en el Reino Unido. Con el título Schiaparelli: Fashion Becomes Art, un centenar de conjuntos y otro medio de obras de arte que tocan todo el arco narrativo de la enseña —desde sus transgresoras y definitorias primeras prendas y su estrechísima relación con la vanguardia artística de entreguerras hasta su expresión contemporánea con Daniel Roseberry como director creativo—, la retrospectiva entra de lleno en esa temática tan ubicua estos días: la relación de moda y arte. “Schiaparelli fue la primera persona en preguntarse cuándo un vestido deja de ser simplemente un vestido, cuándo puede la moda decir algo más que ropa, confección e incluso belleza”, apuntala Roseberry (Texas, 41 años). “Me alegra muchísimo que su historia y su legado se muestren así. Nunca se habían contado de esta manera”, señala sentado en la sala donde una decena de sus propias creaciones reiteran la postura de una firma que entiende cómo operar en la economía de la atención. De la capa de plumas plateada que abrió el desfile de alta costura de otoño-invierno 2024 envolviendo a la top Awar Odhiang a la chaqueta con palmeras en los hombros del de primavera-verano 2022. “Es curioso, con la inteligencia artificial, las plataformas y el streaming, hay más contenido que nunca. Pero lo que recuerdas es muy poco. Prácticamente nada. Cuando te quedas con algo es porque viene de una conexión profunda”, defiende el director creativo.Aunque el satélite de Londres echó el cierre en 1939, apenas seis años después de abrir, caló. Su influencia en la capital —de la que decía que era “la ciudad más seria del mundo”— no solo se dejó ver en las prendas con la singular etiqueta Schiaparelli London cosida en el forro. Aunque también: ahí están la chaqueta de gala de lady Alexandra Haig, el abrigo que lady Jane Clark llevó a la coronación de Jorge VI y el vestido de boda de Rosalinde Gilbert, arrugado, una osadía en tiempos de decoro y convención social, porque la italiana lo confeccionó con rayón tratado para parecer, como ella decía, “corteza de árbol”. Que tres años después de su de­sem­barco en Londres la ciudad acogiese la Exposición Surrealista Internacional —esa a la que Dalí fue con un traje de buzo que casi le cuesta la vida— puede leerse como una coincidencia. O no. Schiaparelli no experimentó con la escritura automática, el objet trouvé ni la paranoia crítica de Salvador, pero eso no le impidió convertirse en una de las figuras más brillantes, cardinales y provocadoras de la vanguardia artística usando su propio lienzo: la moda. Un vestido de seda de la colección Circus de 1938 juega con la ilusión de la tela desgarrada usando aplicaciones e impresiones en negativo. Unos guantes con las uñas pintadas de rojo carmesí. Una chaqueta de terciopelo con dos espejos rococó rotos bordados por Lesage, tan audaz que Saint Laurent le rindió un tributo explícito 40 años después. Un abrigo de noche de silueta papal hecho por entero con trencilla de pasamanería dorada. Y el emblemático sombrero-zapato, una de las muchas piezas que creó con Dalí. Aunque es en los extras donde realmente se luce. De las joyas a los frascos de perfume, pasando por los cierres. Prácticamente cada fornitura es una oportunidad para jugar con lo insólito, lo onírico, lo irracional, con la sorpresa y la alusión: de una chaqueta con botones en forma de zanahoria a una cremallera recorriendo y frunciendo la cintura de un vestido. Para Elsa Schiaparelli, diseñar moda no era una profesión, sino “un arte”, escribió en sus memorias. Roseberry tiene la misma percepción. “Para ser sincero, ni siquiera me veo como un diseñador. Me considero un artista que ha encontrado en la moda, o la moda le ha encontrado a él, la manera de conectar creativamente. Me encanta crear estos vestidos. Me encanta hacer que las mujeres se sientan bien. Pero no soy modista”.Cuando Coco Chanel se refirió a ella como “esa artista italiana que hace ropa”, lo pretendió como un insulto, pero estaba señalando lo que hacía única a Schiaparelli. No mucha gente lo sabe, pero fue el vestido que la italiana hizo para Wallis Simpson —con el crustáceo pintado— lo que inspiró el teléfono-langosta de Dalí, y no al revés. “Hay un dibujo del catalán expuesto junto al boceto que inspiró el famoso vestido-esqueleto de Schiaparelli. Y al pie del dibujo, un mensaje escrito: ‘Querida Elsa, me gusta mucho esta idea de los huesos por fuera’. Da la sensación de estar irrumpiendo en una conversación entre el artista y la diseñadora, una conversación que continúa proyectándose hacia el futuro”, explica la comisaria Sonnet Stanfill. Hacer dialogar sus creaciones con cuadros, cartas, fotografías, anuncios, recortes de periódicos, muebles e incluso la recreación de uno de los escaparates que hicieron de su taller en el 21 de la plaza Vendôme una atracción turística, es intencionado. “Tenía un instinto afiladísimo para captar la atención. Era su mejor modelo. Una publicista fantástica. Una maestra de la autopromoción. Y sabía perfectamente cómo contar historias para conquistar la imaginación”, dice Stanfill. “Fue la primera en crear colecciones temáticas. En poner música en desfile. En hacer perfumes unisex. En idear el concepto de merchandising visual. En plantearse cuándo un vestido deja de ser simplemente un vestido, cuándo puede la moda decir algo más que ropa, confección e incluso belleza. En muchos sentidos, fue la primera directora creativa”, espeta Roseberry.Préstamo de Ariana Grande para la muestra: el vestido que Daniel Roseberry diseñó a medida para la actuación de la cantante en los Oscar de 2025. Vicens Giménez (© Vicens Gimenez)Recreación de un escaparate de la 'boutique' de la plaza Vendôme de París.Vicens Giménez (© Vicens Gimenez)Boceto original de Jean Cocteau para Elsa Schiaparelli. Vicens GiménezUn diseño para la colección de alta costura primavera-verano 2025 de Daniel Roseberry.Vicens Giménez (© Vicens Gimenez)Y todo empezó con un jersey. En 1927, Schiaparelli debutó con su famoso suéter trampantojo —un diseño de punto blanco y negro que recreaba un lazo— luciéndolo ella misma en una fiesta. Era el mismo que años más tarde regaló a las arcas del museo cuando su amigo Cecil Beaton se lo pidió para una exposición en el V&A en 1971, y que hoy abre la muestra junto a su vestido Esqueleto y un diseño de la alta costura de otoño-invierno 2021 donde una apertura deja sitio a un collar de pedrería que dibuja el árbol bronquial de los pulmones. “Hay una paradoja intrínseca en el lenguaje de Schiaparelli. Es muy confrontacional, pero al mismo tiempo profundamente chic”, defiende Roseberry. La “china en el zapato”, como él dice, que realmente permite desafiar la norma y crear algo interesante. Elegir la creatividad sobre la presión comercial es una decisión que se toma a diario. Pero sabemos por qué lo hacemos. Esa marca de la casa es lo que seguimos haciendo hoy. Hay algo muy atemporal en ello”. "La iconografía de Elsa como diseñadora, pero también como figura pública que vestía sus propias creaciones, fue parte fundamental de su éxito", dice Stanfill. Entre las colaboraciones artísticas que orquestó, también estaban sus retratos: de la fotografía de Man Ray convirtiéndola en un busto neoclásico al lienzo de Christian Bérard.