Schiaparelli inauguró la Semana de la Haute Couture otoño-invierno 2026/27 con una colección que redefine los límites del oficio: el llamado del vacío como manifiesto creativo y declaración de intenciones.
“Seré honesto. La colección de la temporada pasada había parecido un punto de inflexión, una nueva referencia para Schiaparelli. Perfecto, pensé: encontré la fórmula mágica”. Así arranca, con una honestidad que descoloca, el manifiesto con el que Daniel Roseberry describe la génesis de esta colección.
Roseberry confiesa haber partido con la convicción de poder replicar un proceso ya probado: viajar, dejarse inspirar, visitar un lugar arquitectónico icónico —esta vez, la obra de Gaudí en Barcelona— y dar inicio a las creaciones. La moda verdadera, claro, no funciona así.
En el intento de controlar el instinto e ignorar lo que los franceses llaman l’appel du vide, el llamado del vacío, entendió que había sofocado su propio trabajo. Fue solo al abrazar ese vacío, guiado por un poema de Rilke de 1922, que algo se desbloqueó.
L’appel du vide. Así se titula la colección. Y el título lo dice todo, o casi.











