Elisabet Jané (Barcelona, 75 años) embarcó el 1 de abril en el MV Hondius en Ushuaia, en el sur de Argentina, con la ilusión de quien va a vivir el sueño al que ha costado años dar forma: celebrar su aniversario navegando durante cinco semanas por el Océano Atlántico para fotografiar las aves endémicas de algunas de las islas más remotas del planeta. “Jamás imaginé que acabaría pasando 28 días en cuarentena en un hospital militar“ —el Gómez Ulla de Madrid—, bromea esta licenciada en Medicina que hace cuatro décadas cambió la asistencia por la consultoría internacional. El brote de hantavirus que se desató en el crucero, con tres fallecidos y 13 infectados, no solo alteró sus planes, sino que se convirtió en la crisis sanitaria con más repercusión internacional desde la pandemia de la covid. Jané cuenta a EL PAÍS cómo vivió desde dentro los 40 días a bordo y las cuatro semanas de cuarentena. Es la primera crucerista española en hablar públicamente de ello.Pregunta. ¿Cómo recuerda el embarque en el MV Hondius?Respuesta. Fue un momento especial. Contratamos el viaje con una amiga 18 meses antes y hecho mil preparativos. Pero en ese instante sientes que de verdad empieza todo y no hay vuelta atrás. P. ¿Qué la había llevado hasta allí?R. Las aves, la fotografía y viajar son mis pasiones. He sido consultora de políticas públicas en América Latina. Ahora estoy jubilada, pero sigo con algunos proyectos. P. ¿Cómo era la gente del crucero?R. Muy profesional. Además de la tripulación, había 13 expertos en aves, en mamíferos marinos, una oceanógrafa, un astrofísico... Hacíamos dos sesiones científicas diarias. Es un viaje de divulgación de un nivel muy alto.P. ¿Y los viajeros? ¿Era un viaje para ricos?R. Se dijo lo del crucero de lujo, pero había quien compartía camarotes de cuatro pasajeros sin ventana sin conocerse antes. No es lo que asocias al lujo. Muchos habíamos ahorrado años para hacerlo. P. ¿Cuánto pagaron usted y su amiga?R. Nosotras 12.000 euros cada una. El viaje en los camarotes de cuatro valía 7.000 u 8.000 euros. [Las cabinas más caras se acercaban a los 20.000] P. ¿Cómo era el barco?R. Muy funcional. Confortable, pero austero. La comida, sin alardes, pero muy correcta. P. A la semana de partir, el que sería el primer fallecido tuvo síntomas. ¿Se enteraron?R. No. Habíamos llegado a Georgia del Sur. Desembarcamos con las zodiacs e hicimos la visita: playas llenas de focas, colonias de pingüinos, montañas nevadas, glaciares... La tripulación y los más allegados sí lo sabían, pero yo no me enteré casi hasta que falleció [el 11 de abril].P. Hay un vídeo en el que el capitán dice que no era infeccioso. ¿Qué pensó usted?R. Me chirrió un poco. El fallecido había tenido fiebre y, entonces, es muy probable que haya alguna infección. Pero tampoco le di importancia. Cursé la especialidad de Neumología. Alguien de 70 años con enfermedades de base puede desarrollar una neumonía por una bacteria oportunista. En el barco hay un médico, antibióticos... pero no un respirador, lo necesario en estos casos. P. O sea, no pensó en un virus o algo de riesgo...R. No. Sí me chocó tomar conciencia de una cosa más obvia: que en alta mar no es tan raro que pueda morir alguien, más si la edad del pasaje es elevada. P. ¿Y qué se hace? R. Es algo para lo que se está preparado. Hay cámaras frigoríficas para trasladar el cuerpo hasta el primer puerto donde pueda ser desembarcado.P. ¿Tristán de Acuña?R. No. Visitamos la isla y su archipiélago entre el 14 y el 16 de abril. Pero no se desembarcó el cuerpo porque es el lugar habitado [260 personas] más remoto del planeta. La única comunicación con el mundo es por barco [una decena al año]. Hay una factoría de langosta y nuestra tripulación hizo un trueque con víveres que llevábamos. Esa noche cenamos bien [ríe]. P. ¿Cuándo desembarcaron el cuerpo?R. En la isla de Santa Elena. Llegamos la noche del 23 de abril y la visitamos al día siguiente [30 pasajeros acabaron allí su viaje].P. También bajó la esposa del neerlandés fallecido. Empezó a encontrarse mal en el vuelo entre Santa Elena y Sudáfrica, donde falleció el día 26. ¿Cómo fueron esos 13 días con ella tras la muerte de su marido? R. Tratamos de arroparla y ella sobrellevó la situación lo mejor posible: bajaba a las excursiones, visitaba las islas... Imagino que la ayudaba a despejar la mente.P. ¿Notaron algo que les hiciera pensar en un contagio?R. Visto después, sí. Le empezaron a fallar las fuerzas. En Georgia del Sur, seguía el ritmo de las actividades, pero en Santa Elena la tenían que ayudar a subir al autobús. Entonces pensamos que era la pena, el golpe... P. ¿Les informaron de su muerte? R. Sí, lo hicieron rápido. Lo que no sabían era de qué. Nadie lo sabía todavía. Y casi en el mismo momento, tuvieron que evacuar a otro pasajero.P. Un ciudadano británico. ¿Había tenido trato con él?R. No. Lo habíamos dormido a horas que no tocaba en un banco de cubierta, algo que al principio no hacía. Parecía tener problemas para respirar. Pero pensamos que quizá no estaba descansando bien, que tenía apnea del sueño... Lo evacuaron el día 27, en la Isla de Asunción [fueron las pruebas a este viajero las que desvelaron el brote de hantavirus].P. ¿No eran ya muchas cosas? ¿Qué se dice entre el pasaje?R. Cada uno habla con su pequeño grupo. Comentas, pero no sabes nada cierto. No había diagnóstico, se sabía poco de los síntomas... La esposa del evacuado británico, por ejemplo, estaba perfectamente y nunca se puso enferma. Son muchos cabos sueltos. P. ¿La tripulación y la naviera qué les dicen?R. Que el británico está mal y necesita ser evacuado. También que todas las pruebas realizadas hasta entonces a la neerlandesa fallecida han dado negativo... No creo que nos oculten nada.P. El día 28, una mujer alemana de 65 años también empieza a encontrarse mal... ¿Aumenta la tensión en el barco?R. Hay algo que será una constante. La gran mayoría de los pasajeros son anglosajones y nórdicos. Su forma de relacionarse y reaccionar a estas situaciones es distinta a lo que podemos tener en el sur de Europa. La convivencia es muy respetuosa y educada, pero algo distante y fría. La reacción a las noticias que van surgiendo es en general tranquila.P. ¿Cuándo se enteran de todo?R. El 2 de mayo. El capitán y el jefe del equipo técnico nos cuentan que ha fallecido la pasajera alemana y que hay dos tripulantes enfermos, entre ellos el médico. También que las pruebas del enfermo evacuado han revelado que tenía hantavirus. Y anuncian que queda anulada la última etapa del viaje, de Cabo Verde a Azores. Cuando nos dicen que hay un tercer muerto es cuando se hace evidente que tenemos un problema de verdad.P. ¿El pasaje siguió tranquilo incluso entonces?R. Sí. Con una excepción: un influencer de Estados Unidos empezó a emitir vídeos a mi modo de ver inadecuados, con excesivo dramatismo. Esto causó mucha tensión entre nuestras familias. Y contribuyó a desenfocar el tono narrativo de lo que vino luego. Parecía que estábamos ante otra pandemia. P. ¿Cuál fue su reacción? R. Mi respuesta natural es ponerme en marcha, hacer cosas... Busqué información y vi que la variante Andes del hantavirus puede transmitirse entre personas, pero no es fácil ni frecuente. Y esto puede evitarse con medidas de prevención sencillas: mascarillas, distancia de seguridad... Así se lo transmití a las personas con los que tenía contacto.P. El día 2 están llegando a Cabo Verde. ¿Saben qué va a ocurrir?R. No, y es un problema importante. El capitán nos confiesa que están llamando al Gobierno del país, pero que no les contestan.P. ¿Y cómo se sienten?R. Lo peor es la incertidumbre. Vemos que nadie sabe qué pasará con nosotros. Llegamos a Praia el día 3 y fondeamos, esperando. Hay dos personas enfermas a bordo.P. ¿Cómo viven en el barco?R. Todos llevamos mascarilla y pasamos las horas en el camarote o en cubierta. Respetamos las distancias de seguridad. El barco ya no va tan lleno, así que es fácil estar separados en el comedor. Pero la incertidumbre y el bombardeo de mensajes y noticias del exterior hacen mella en algunos. Tres viajeros sufrieron crisis de pánico.P. En Praia embarcan los expertos internacionales...R. Sí, el día 5. Hacen las encuestas epidemiológicas para ver quién ha estado en contacto con los enfermos. Nos dan recomendaciones que son, en esencia, las que ya seguíamos. Miran si alguien tiene síntomas, pero estamos todos bien. La visita tranquiliza algo el ambiente.P. Pero siguen sin saber adónde irán...R. Sí. Está descartado bajar en Cabo Verde. Es un país pequeño sin capacidad para una operación de estas características. Se puede ir a Canarias, pero se dice que allí tampoco nos dejarán desembarcar. La última opción es ir hasta Países Bajos, pero se tardaría una semana o más. Humanamente es una barbaridad, además del riesgo que supone para los dos enfermos y otros que puedan empezar a tener síntomas. P. ¿Cuándo saben lo que se va a hacer?R. Esa misma noche: nos dicen que iremos a Canarias. La reacción es de un gran alivio. La mañana del día 6 evacúan a los enfermos y a las 16.20 levamos anclas. Empezamos a vislumbrar un fin. P. ¿Les llegó que en España habían empezado las discrepancias políticas?R. Sí. Por mi trabajo participo en la elaboración del Plan de Salud de Catalunya y estaba en contacto con personas de la Generalitat. También tuvimos una comunicación fluida con el Ministerio de Sanidad. Pero hay cosas que oímos decir a algunos cargos públicos que me cuesta calificar.P. ¿Por qué?R. Es un brote importante frente al que es imprescindible actuar. Pero la ciencia conoce bien al hantavirus y sabe cómo contenerlo. Es principalmente un reto organizativo y logístico. Oír que hay ratas que pueden llegar nadando y contagiar a todo el mundo demuestra, en mi opinión, una gran ignorancia o mala fe, además de una falta de humanidad inconcebible. P. ¿Cómo fue la llegada a Canarias?R. Una alegría, aunque resultó todo un poco exagerado. No nos dejaron atracar, nos pusieron unos trajes que nos tapaban por completo... cuando para evitar un hipotético contagio es suficiente la mascarilla. Había multitud de periodistas, personal sanitario, de apoyo, cargos públicos... Era todo de máximos. P. ¿Cómo fue la llegada al Hospital Gómez Ulla?R. Nos recibieron fantásticamente, pero cuando entramos cada uno en su habitación, cerraron las puertas y nos quedamos allí solos y aislados; fue un momento muy duro. P. ¿Qué se mensajeaban entre ustedes?R. Hubo distintas reacciones, algunas con algo de tensión. Sabíamos que en otros sitios, como Países Bajos, podían pasar la cuarentena en casa y el contraste con nosotros era evidente. Son momentos reveladores.P. ¿A qué se refiere?R. No es sencillo de explicar y hay que tener en cuenta la tensión del momento. Pero había una forma de ver las cosas por la que todo debía organizarse alrededor nuestro. Y, claro, estábamos en una crisis de salud pública y las cosas hay que organizarlas en torno al problema, no a nosotros. Esto supone aceptar algunas cosas incluso si no las compartes. Yo pienso que podríamos haber pasado la cuarentena en casa, por ejemplo. P. ¿Cuántos días estuvieron sin salir de la habitación?R. 12. Tampoco creo que esto hiciera falta. Pero bueno, al menos nos dejaban pedir comida de fuera y un poco de jamón lo mejora todo [sonríe].P. ¿Cómo llenaban las horas?R. Me levantaba pronto, leía las noticias, recogía la habitación, hacía algo de ejercicio... Aproveché también para trabajar mucho. Tenía que haber ido a República Dominicana el 25 de mayo para un taller. Lo acabamos haciendo de forma virtual.P. ¿Qué pensaron cuando uno de los 14 españoles dio positivo?R. Fue muy duro, nos devolvió de golpe a un escenario del que pensábamos que ya estábamos saliendo. Afortunadamente, evolucionó bien.P. ¿Tenía miedo de empezar a encontrarse mal?R. No, no había estado cerca de ningún enfermo. Pero había otras personas muy preocupadas. Cada uno lo vivía a su manera. Había quien decía: “Tranquilos. Si ahora enfermamos, estamos en el mejor sitio”. P. ¿Qué hicieron cuando pudieron salir de la habitación?R. Caminar por los pasillos con la mascarilla siempre puesta. A las 6.30 empezábamos a ir de un lado a otro. Algunos lo hacían durante dos horas. También pudimos salir un poco al patio. Un grupo de cuatro nos reuníamos a charlar un rato por las noches con la FFP2 puesta. Reíamos un rato y eso te cambia la vida.P. ¿Cómo fue la relación con el personal del hospital?R. Muy buena. Los trabajadores se esforzaban para que estuviéramos lo mejor posible. Aunque se veía que era un hospital militar. La verticalidad en la toma de decisiones hacía que resolver algunas cosas fuera complejo. Por ejemplo, al final solo pudimos salir al patio tres veces, una hora cada una, porque cuando llegó la autorización, solo era para martes y jueves. P. ¿Qué lecciones considera que debemos sacar de este caso?R. Una es que es más necesaria que nunca la información de calidad. Hubo opinadores, influencers y medios que dijeron auténticas barbaridades. Otra es que hay que dejar de utilizar políticamente estas crisis. Y, por último, debemos hacer frente al problema de la gobernanza global en salud, hay que reforzar los mecanismos de cooperación internacional. Si hay algo seguro, es que habrá más crisis y estas serán más importantes que la del hantavirus, como ahora el ébola. Tenemos que estar mejor preparados.