“Me encuentro en una etapa crítica de mi vida, atravesando una profunda crisis interna que lleva mucho tiempo perturbando mi marco de referencia (…). Estoy cansado la mayor parte del tiempo, pero eso es solo una parte del problema: he perdido esa chispa vital para cualquier logro, la chispa de la alegría creativa, de la renovación personal, del renacimiento”. Así escribía Jonathan Netanyahu su última carta a su novia Bruria, el 29 de junio de 1976. “Sí, estoy pasando por un momento muy difícil, como pocas veces en mi vida”. Tal el estado de ánimo del hombre que, apenas cinco días después, estaría liderando a más de cien comandos en el operativo de rescate más extraordinario en la historia de Israel. Concluía su última carta de un modo que, en retrospectiva, se ve trágico: “Confío en ti, en mí, en ambos, para vivir nuestra juventud al máximo: tú, para vivir tu juventud y tu vida, y yo para vivir mi vida y el destello de mi juventud. Todo saldrá bien”. Pero no todo salió bien. Jonathan, como se lo conoce comúnmente, murió abatido en Uganda el 4 de julio de aquel año. La historia fue contada mil veces: en libros, artículos, documentales, películas de ficción, entrevistas a los protagonistas. Y aun así no deja de asombrar, incluso ahora, cinco décadas después.