Ganó, y punto. Ni goleó, como muchos presagiaban, y mucho menos gustó. En su cuarta presentación mundialista, Argentina cumplió el trámite de clasificar, y no mucho más. Para validar su ‘chapa’ de favorito debió lidiar mucho más de lo imaginado ante un entusiasta Cabo Verde, que no sólo le opuso una férrea resistencia defensiva sino que también se animó a intentar lastimarlo. Y vaya si lo hizo, porque dos veces logró levantar un marcador adverso y empardar otra vez las cuentas, a tal punto de forzar un inesperado alargue que no le saldrá gratis al equipo que conduce Lionel Scaloni.
A punto estaba de cumplirse la primera hora de juego cuando el gol de Lionel Messi (¡cuándo no!) pareció encauzar partido hacia un destino previsible: un dominio sin sobresaltos, espacios que se abren y seguramente más tantos para festejar. Lo necesario como para asegurar pronto el pase a octavos de final y empezar a pensar en ese horizonte inmediato que marcaba un nuevo compromiso dentro de tres días y medio y ante un rival, Egipto, en desventaja por el desgaste de su prórroga ante Australia.
Nada de eso sucedió. Argentina eligió seguir con la fórmula de la primera media hora: control de pelota, toqueteo, paciencia y tranco cansino. Sin velocidad ni sorpresa, el seleccionado albiceleste fue metiendo el partido en un laberinto que transitó entre el tedio y el riesgo. Bastó que los caboverdianos tomaran nota, para que el asunto se empezara a complicar.












