Como si hubiera que pasar un partido así, de sufrimiento total, aunque en realidad todos los Mundiales son así: con más bajos que altos, con más dudas que certezas, siempre con la sensación de que estamos –jugamos– en la cornisa, con el grito contenido y el desahogo soltado a los cuatro vientos: en las tribunas del Hard Rock Stadium de Miami, en la cocina de tu casa, en el laburo mientras nadie labura y todos sufren. Nos desacostumbramos porque esta Selección nos desacostumbró. Porque ganamos mucho más de lo que perdemos. Pero en Estados Unidos, en este Mundial, la ilusión viene acompañada de cierta disconformidad con lo que exhibe el equipo. En estas primeras cuatro presentaciones, nunca tuvimos un gran juego. Sí tuvimos un gran Messi: contra Argelia y Austria fue su hipérbole, contra Jordania una muestra gratis, y anoche, ante Cabo Verde, una nueva demostración de genialidad que no alcanzó del todo, entre otras razones, porque en las chances que tuvo se encontró con Vozinha, el arquero revelación del Mundial, el que tenía algunos miles de seguidores en Instagram y luego de su actuación contra España, en el debut, pasó a tener millones. Vozinha, 40 años, debe ser un tipazo, pero anoche tuvo la actitud y la cara de malvado de Marvel. El arquetipo de malvado que detenía los superpoderes de Messi y los pocos superpoderes de una Selección que avanzó de fase por dos goles de sus centrales –golazo de Licha Martínez, y otro de Cuti Romero– después de sufrir los dos reveses de Cabo Verde: el primero de Duarte, más cantado por cómo había cedido la pelota Argentina, y en el tiempo suplementario de Lopes Cabral, un golazo impensado, casi imposible, que solo sucede en esas noches destinadas al mal presagio. Por suerte, con esta Selección, esas noches no siempre terminan mal. Habrá que mejorar. Pero con vida todo es posible. Licha: “A veces hay que sufrir”