Hay una imagen que vuelve, terca, cada vez que recorro alguna de las cooperativas que encontramos en cada rincón de nuestra geografía. Es la imagen de un grupo de personas alrededor de una mesa, decidiendo juntas el rumbo de aquello que han levantado con sus manos. No hay jefe que dicte la última palabra desde un despacho lejano. Hay socias, socios y una pregunta compartida “¿Qué necesita esta comunidad para seguir adelante?”. En esa escena, repetida en lonjas pesqueras de Galicia, en cooperativas oleícolas de Jaén, en plataformas digitales de cuidados en Catalunya o en cooperativas energéticas que, en todo nuestro país, reparten entre las vecinas y vecinos la luz que ellos mismos generan, se condensa una manera de mirar el mundo.
Este 4 de julio, celebramos el Día Mundial del Cooperativismo, y Naciones Unidas ha elegido para 2026 un lema que no podría ser más oportuno: “Cooperativas para un mundo pacífico”. En un tiempo atravesado por la fractura social, la desconfianza y la ley de la fuerza, la propuesta reconoce que la paz no es solo la ausencia de violencia, sino la presencia de justicia, de participación y de dignidad. Pocas fórmulas económicas conocen ese terreno tan bien como el cooperativismo, que demuestra a diario que se puede competir sin depredar, crecer sin excluir y producir sin renunciar al cuidado de quien produce.










