Cuando la mayoría de los vecinos de Tigre todavía duerme, en General Campos 294 el horno ya está prendido. A las cuatro de la mañana empieza una rutina que se repite desde hace más de seis décadas en La Pingüino, una panadería tradicional donde tres generaciones de una misma familia mantienen vivo un oficio que comenzó en 1963."Lo más sacrificado es levantarse todos los días tan temprano. Te vas a dormir pensando cómo salió el pan y al otro día volvés a empezar", resume Marcelo Isarrualde, de 63 años, quien hoy está al frente del negocio familiar.La historia comenzó cuando su padre compró la panadería el 1° de abril de 1963. El horno, sin embargo, ya estaba construido desde hacía más de un año. No es un horno cualquiera: está hecho de barro y ladrillos refractarios, una estructura tradicional que, según Marcelo, hoy casi no existe en Tigre. "El sabor del pan es totalmente distinto. La cocción y la elaboración siguen siendo mucho más artesanales que industriales", explica.Durante los primeros años, la familia incluso vivió dentro del local. "Donde hoy está la harinera estaba nuestro dormitorio. Recién en 1967 mis padres pudieron comprar la casa de al lado", recuerda.Aunque durante décadas el comercio se llamó La Estrella, el nombre con el que hoy todos lo conocen nació recién en 1994, durante una remodelación. La elección no fue casual: antes de que pasara a llamarse General Campos, esa calle era conocida por muchos vecinos como "Pingüino". "La gente decía 'vamos a la Pingüino', así que decidimos dejar ese nombre", cuenta.Pero si hay alguien que para los vecinos representa el alma del negocio es Rocío, la madre de Marcelo. Con 83 años, sigue atendiendo todos los días detrás del mostrador. "Es mi brazo derecho. Es todo para la panadería", afirma. De hecho, muchos clientes todavía dicen simplemente "vamos a lo de Rocío".Las anécdotas también forman parte de la historia del lugar. Marcelo recuerda que décadas atrás, cuando terminaban los bailes, grupos de jóvenes llegaban de madrugada para comer facturas recién hechas y tomar mate dentro de la panadería. "Mi papá les calentaba el agua y se quedaban un rato acá", cuenta entre risas.Otra tradición que todavía continúa es regalarles un cuernito a los chicos que entran al local con sus familias. "Después vuelven y les dicen a los padres 'vamos a lo de Rocío porque ahí me regalan un cuernito'", relata.La continuidad del negocio también ya tiene tercera generación. Francisco, el hijo de Marcelo, comenzó a aprender el oficio y hoy participa de la elaboración del pan y las facturas. "Es un orgullo que quiera seguir, aunque me da un poco de pena que también tenga que levantarse tan temprano", admite.Mientras muchas panaderías apostaron por la producción industrial o abrieron sucursales, La Pingüino eligió otro camino. "Preferimos cuidar el producto y la atención antes que crecer. La gente vuelve porque le gusta lo que hacemos", sostiene Marcelo. Después de 63 años, Rocío sigue en el mostrador y los vecinos también continúan cruzando la puerta buscando el mismo pan de siempre.