Imaginá que le encargás a alguien que te resuelva algo importante. Un buen ejemplo es el representante de un jugador de fútbol: negocia, arma la operación, acerca a las partes. Pero el contrato lo firma el jugador, que conserva algo decisivo. Puede mirar lo que el otro negoció, evaluarlo, decir que no y, si no le gusta cómo trabaja, despedirlo. Toda delegación sana funciona así: le encargo algo a otro, pero sigo entendiendo lo suficiente como para controlarlo. Ahora traslademos esa escena a la inteligencia artificial. Le vamos a delegar cada vez más cosas, y muchas las va a hacer mejor y más rápido que nosotros. El problema aparece con una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando, de tanto delegar, dejamos de saber controlar lo que delegamos? Eso es lo que está pasando de manera silenciosa. Cuando le entregamos a la IA, una y otra vez, las tareas que antes hacíamos nosotros, vamos perdiendo el músculo para hacerlas. Y el día que necesitamos revisar si lo que entregó está bien, ya no tenemos con qué. Firmamos informes que no podríamos escribir. Aprobamos decisiones cuyo razonamiento no podríamos reconstruir si nos lo preguntaran. La responsabilidad sigue siendo nuestra en los papeles, pero la capacidad real de ejercerla se evaporó. La supervisión existe en el papel y no existe en la práctica.