El francés Grégory Magne convierte la relación de un cuarteto de cuerda en una parodia sobre el ego de los artistas y en una emotiva defensa de los vínculos de la música

Como en una comedia de otro tiempo, los millonarios aquí aprecian la cultura y no reparan a la hora de gastar su dinero en un capricho intangible y sin claros dividendos. Al menos, así es la rica heredera que propicia el enredo de Los músicos. Quiere cumplir con el sueño de su padre, un loco de la música clásica cuya aspiración era reunir cuatro stradivarius para un concierto único. Con los instrumentos bajo su poder, la rica heredera convoca a cuatro músicos famosos y a un excéntrico compositor para invocar la memoria del patriarca.

Los músicos es una comedia elegante por su logrado tono ligero, en la que vale más la media sonrisa que la risa. Su parodia de los egos de los artistas tiene un fondo amable y emotivo que huye del cinismo. El director francés Grégory Magne mezcla dos actores profesionales (Valérie Donzelli y Frédéric Pierrot) con cuatro músicos reales —uno, Mathieu Spinosi, tan actor como músico— que representan cuatro formas diferentes de entender el talento, la fama, el rigor y la exigencia. Las brechas generacionales, las rencillas del pasado o la manera de llevar una carrera musical les hacen chocar, echando mano de algún cliché pero sin convertirlos en meras caricaturas.