En la vida hay personas que nos enseñan un oficio y otros, una manera de mirar el mundo. Los imprescindibles, los segundos, siempre tienen algo en común: nos ayudan a definir nuestra trayectoria con visión y generosidad. David Zorrakino / Europa PressEscucho en una conferencia a Genís Roca, historiador y arqueólogo de formación, allí nace este texto. Se inició con Eudald Carbonell, uno de los grandes nombres de la evolución humana. Eligió paleolítico, que cuando se estudia con rigor, obliga a observar y, sobre todo, a clasificar; en definitiva, a especializarse en el dato. Antes de que existieran algoritmos o inteligencia artificial, Genís ya había aprendido que toda explicación sólida nace de una evidencia bien fundamentada. Después, coincidió con Gabriel Ferraté, participando en la creación de la primera universidad pública nacida en internet. Allí se reformuló profesionalmente. El historiador formado entre restos y sedimentos se convirtió en uno de los mejores intérpretes de la digitalización. Porque la tecnología, cuando se analiza bien, no va de máquinas, va de personas; de cómo trabajamos, aprendemos y nos relacionamos como sociedad.Hablamos de competencias, pero olvidamos algo más importante: los mentores con quienes aprendemos a mirar el mundoCarbonell no le enseñó solo arqueología; le enseñó método. Ferraté no le enseñó solo educación; le enseñó ambición institucional y visión de futuro. Y entre ambos ayudaron a construir una mirada singular: la de alguien capaz de entender el dato, sin perder de vista al ser humano.Ese recorrido explica la importancia de los referentes. Hablamos demasiado de competencias, pero olvidamos algo más importante: los mentores con quienes aprendemos a mirar el mundo. Esas personas que nos muestran que una carrera profesional no siempre avanza en línea recta y que las especializaciones nacen de cruces inesperados y miradas ­curiosas. Necesitamos referentes porque nadie crece solo, ni en la empresa, ni en la vida.Detrás de cada gran profesional, suele haber alguien que le enseñó a desconfiar de la superficialidad, buscando significados profundos y relevantes. Genís Roca es un gran ejemplo de ello. Su trayectoria demuestra que el futuro se entiende mejor cuando se ha aprendido a leer el pasado, que encasillarte es limitarte, que mirar desde un ángulo distinto siempre es diferencial. Y que los buenos maestros no nos marcan un destino: nos dan herramientas para encontrar el nuestro.Genís hace lo mismo con la gente que tiene a su alrededor definiendo nuevos umbrales del conocimiento. Sócrates dejó escrito: “No puedo enseñar a nadie, solo puedo hacerle pensar”.