Hace apenas unas semanas, mientras esperaba un vuelo, tuve la fortuna de conocer a Gabriel Vallejo López (Conferencista y referente Internacional en servicio al cliente y Customer Experience). Durante nuestra conversación, mencionó una conferencia que había pronunciado ante los graduandos de la Universidad de los Andes en 2026 y que, con gran generosidad, posteriormente me compartió. Días después, se me presentaron algunas situaciones en las que tuve que detenerme para tomar decisiones. Fue entonces cuando volví sobre una reflexión que, desde la primera vez que la escuché, no ha dejado de acompañarme. Al finalizar su discurso, dijo unas palabras de una sencillez desarmante, pero de una profundidad extraordinaria:“El ser humano, el ser buenas personas, es de lejos lo más relevante que podemos hacer en nuestras vidas. Salgan de aquí no solo a buscar un empleo, sino a buscar una forma de servir. No se crean el cuento del cargo donde trabajan; el cargo es temporal. El ser humano es para siempre”A partir de una conversación reciente, plantea una invitación a ejercer un liderazgo basado en la verdad, la prudencia y la dignidad humana.Confieso que aquella reflexión reafirmó una de las lecciones más valiosas que recibí en casa: la grandeza de una persona nunca se mide por el poder que alcanza, sino por la bondad con la que decide vivir.Desde entonces, no he dejado de pensar en esa afirmación. Vivimos en una sociedad que nos enseña a perseguir el éxito, el reconocimiento y los resultados. Admiramos a quienes llegan más lejos, a quienes acumulan poder o visibilidad. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos si, en medio de esa carrera, seguimos siendo buenas personas.Y esa pregunta, aunque parezca simple, encierra una enorme profundidad. Porque ser buena persona no consiste únicamente en ayudar a quien lo necesita o actuar correctamente cuando todos nos observan. Significa asumir la responsabilidad de nuestras palabras y comprender que cada comentario, cada publicación, cada conversación y cada juicio que emitimos tiene el poder de construir o de destruir la vida de alguien. Por eso mismo me pregunto: ¿En qué momento nos creímos con el derecho de destruir a otra persona?Porque destruir a alguien no siempre exige un arma. A veces basta una mentira, una verdad dicha a medias o el silencio de quienes, pudiendo defenderla, decidieron mirar hacia otro lado.Hoy basta un teléfono celular para poner en duda la honra de una persona. Una publicación en redes sociales, un comentario en un grupo de WhatsApp, una conversación de pasillo, un rumor repetido suficientes veces o una verdad contada a medias parecen ser suficientes para convertirnos en jueces de la vida ajena.Lo más preocupante no es la velocidad con la que viaja la información. Lo verdaderamente inquietante es la facilidad con la que hemos perdido el sentido de responsabilidad sobre nuestras palabras.Existe una forma de violencia que no deja heridas visibles, pero sí cicatrices profundas. Es la violencia que destruye reputaciones, rompe familias, fractura equipos de trabajo y acaba con la tranquilidad e, incluso, con la vida de personas cuya única “culpa” fue convertirse en el blanco de un comentario irresponsable.Las redes sociales amplificaron este fenómeno, pero no lo crearon. El problema no está en la tecnología. El problema comienza cuando dejamos de reconocer la dignidad del otro, la dignidad inherente a todo ser humano.En el mundo empresarial también sucede. He conocido organizaciones que no han perdido a sus mejores talentos por falta de estrategia, sino por la incapacidad de algunas personas para alegrarse del éxito ajeno. He visto cómo la murmuración, la descalificación silenciosa y la competencia desleal terminan destruyendo aquello que ninguna crisis económica logra derribar: la confianza.Y no existe organización sostenible cuando la confianza desaparece. Hay quienes creen que para crecer es necesario disminuir al otro; que el reconocimiento propio depende del desprestigio del compañero; que ascender justifica la intriga, la mentira o la calumnia. Qué equivocación tan profunda. La verdadera grandeza nunca necesita destruir a nadie para hacerse visible. Y, aunque este es un tema mucho más trascendental que la religión que profeso, encuentro una respuesta luminosa en la Sagrada Escritura. El libro de los Proverbios afirma que “la muerte y la vida están en poder de la lengua”. Qué extraordinaria manera de describir el inmenso poder de nuestras palabras.Con ellas podemos levantar a quien ha caído, restaurar una relación, transmitir esperanza y sanar heridas. Pero también podemos destruir una reputación, sembrar discordia y marcar para siempre la vida de otra persona. No es casualidad que la Biblia comience con Dios creando por medio de la palabra: “Hágase la luz”. La primera acción creadora de Dios no fue un acto de fuerza, sino una palabra que dio origen a la vida. Quizá por eso nuestras propias palabras también poseen esa capacidad extraordinaria: pueden iluminar o pueden oscurecer.Jesús nos recuerda, además, una verdad que nunca pierde vigencia: “De la abundancia del corazón habla la boca”. Las palabras nunca son un accidente. Siempre revelan aquello que cultivamos en nuestro interior. Si constantemente juzgamos, humillamos o descalificamos, quizá el verdadero problema no esté en nuestro lenguaje, sino en nuestro corazón.Pero esta columna no pretende señalar. Sería demasiado fácil pensar únicamente en quienes difaman, inventan historias o alimentan campañas de desprestigio. La verdadera invitación es mucho más exigente. Es preguntarnos, con absoluta honestidad: ¿Alguna vez compartí una información sin verificarla? ¿Guardé silencio mientras destruían el buen nombre de alguien? ¿Participé en conversaciones que lesionaban la reputación de otra persona? ¿He confundido la libertad de expresión con el derecho a herir? Todos, sin excepción, deberíamos responder esas preguntas. Desde aquel encuentro con Gabriel Vallejo comprendí que ser buena persona no puede ser un propósito reservado para la vida privada. Debe reflejarse también en nuestro liderazgo, en nuestras decisiones, en la manera como tratamos a quienes piensan distinto y, sobre todo, en el uso que hacemos de nuestras palabras.Ese es el tipo de liderazgo que quiero construir. Aspiro a que quienes trabajan conmigo, quienes comparten mis proyectos o simplemente se crucen en mi camino encuentren no solo a una mujer exigente con los resultados, sino a una líder que procura actuar con verdad, respeto, prudencia y compasión. Porque estoy convencida de que el liderazgo más valioso no es el que acumula poder, sino el que inspira a otros a ser mejores seres humanos. Quizá esa sea la revolución silenciosa que nuestro país necesita hoy: menos personas empeñadas en ganar discusiones y más personas comprometidas con proteger la verdad; menos jueces improvisados y más constructores de confianza.Menos ruido y más humanidad. Al final, los cargos terminan. El éxito cambia de manos. El reconocimiento pasa. Lo único que permanece es la huella que dejamos en la vida de los demás. Y esa huella casi siempre comienza con una palabra. Ojalá que las nuestras tengan siempre la capacidad de hacer lo mismo que hizo la primera palabra pronunciada por Dios: llevar un poco más de luz allí donde otros insisten en sembrar oscuridad. Leiddy Wandurraga, CEO de Pulkro