Este mes de junio, Francisco Martínez Peñaranda intervino a petición de Vox en una comisión parlamentaria en Canarias, donde afirmó que “la pobreza infantil no existe”.No es la primera vez –seguro que tampoco será la última– que alguien cercano a Vox o representante de este partido suelta una barbaridad parecida. También acostumbran a calificar las políticas sociales de “parasitismo social” y a criticar a las entidades que trabajan contra la pobreza. Mané EspinosaSegún Vox, no existen menores pobres; solo familias que lo son. Y su receta para resolverlo es consolidar el empleo y reforzar las estructuras familiares. En relación con este último punto se enmarañan usando argumentos que nada tienen que ver con la pobreza sino con su desprecio o su animadversión hacia familias homoparentales o monoparentales.La pobreza infantil sí existe. Precisamente, los organismos europeos utilizan este término porque analizan el impacto de la pobreza en los menores. Y usan –usamos— para medirla lo que se conoce como tasa Arope, un indicador que evalúa el riesgo de pobreza y de exclusión social de manera más amplia que si solo se centrara en los ingresos.Y es que, cuando hablamos de una criatura que sufre pobreza, no hablamos necesariamente –o no solo— de alguien que pasa hambre, sino de quien vive otro tipo de privaciones, por ejemplo, las sociales. Privaciones que no se resuelven con la receta de consolidar el empleo. Vox debería leer el informe de CC.OO. de Catalunya Una aproximación a la pobreza en el trabajo 2025, que analiza la pobreza que experimentan personas –un 10% de la población– con empleo remunerado, que, a pesar de proporcionarles un salario, no les permite traspasar ese umbral de penuria. Vox debería considerar urgente hablar con la patronal para que incremente los salarios de forma digna.Es imprescindible reforzar la escuela como motor obligatorio para el ascensor socialVolvamos a la pobreza infantil y juvenil. La encuesta de Condiciones de vida 2025 de Idescat (tasa Arope) arroja los siguientes resultados: 490.900 menores de 18 años están en riesgo de pobreza o de exclusión social. Esa cifra, que ha aumentado respecto al año anterior, representa el 36,5% de todos los menores catalanes: ¡más de uno de cada tres!Según Olga Cantó, catedrática en la Universidad de Alcalá y experta en desigualdad, esa pobreza tiene ahora un carácter estructural, que se inició en la crisis financiera del 2008. ¿Recuerda?: la burbuja inmobiliaria en EE.UU., la quiebra del banco americano Lehman Brothers, el contagio global, los rescates financieros de los bancos, que pagamos entre todos… Nada de eso fue responsabilidad de los menores y, sin embargo, son quienes han apechugado con los efectos de la crisis.La pobreza se traduce para esos menores en mayores posibilidades de fracaso y abandono escolar. Y, sin formación, es difícil que puedan escapar de la situación de pobreza en la que vive su familia. Dicho de otro modo, la situación económica en la que se nace es determinante para el futuro de una persona. Por ello es imprescindible, por un lado, paliar las situaciones de vulnerabilidad con políticas públicas y, por otro, reforzar la escuela como motor obligatorio para el ascensor social, que, en Catalunya y desde hace alguna década, se ha ralentizado considerablemente. Las razones son diversas y no todas imputables a los centros escolares.Por ejemplo, según el informe Education at a Glance 2018, el 55% de jóvenes cuyos padres no habían completado la educación secundaria superior (bachillerato o grado medio) no lograban alcanzar ese nivel educativo. Otro ejemplo, el estudio de Esade Importancia del uso de libros en la educación señala que la falta de libros impresos contribuye al bajo rendimiento en matemáticas y ciencias. Según el estudio, los hogares que tienen más de 50 libros han caído del 34% al 31%. Según mi experiencia personal, en muchos centros más de la mitad de cada aula tiene menos de cinco.Diga lo que diga Vox, hay que seguir apostando por las políticas sociales que permiten acortar las diferencias por nacimiento, no vaya a ser que tengamos –y seguro que así es— menores con talento e interés para los estudios y los perdamos como le ocurre a Elwood, el protagonista de Los chicos de la Nickel, la novela de Colson Whitehead.