Perseguir el satanismo podría parecer una fijación de otros tiempos, pero en la Rusia de Vladímir Putin es una política de Estado. La poderosa Iglesia ortodoxa rusa ha impulsado la lucha contra esta creencia como un cajón de sastre donde dar cabida a una agenda ultraconservadora y de represión de las identidades que se alejan de los valores tradicionales rusos.

El año pasado logró que se ilegalizara el inexistente “movimiento satánico internacional”. Con este pretexto, se ha multado a personas con tatuajes considerados maléficos, se han hecho redadas en conciertos de heavy metal y se ha prohibido y detenido a los organizadores de festivales de disfraces por Halloween.