Gracias a la selección ecuatoriana de fútbol, porque hizo posible que la bandera migre de los despachos políticos a la calle, de los rincones burocráticos a las canchas y al alma de los ecuatorianos, porque creó una ilusión movilizadora que aglutinó a la gente, porque suscitó una pasión. Y por unos días, al menos, asumimos al Ecuador como nuestro signo y porque renació una esperanza.Gracias porque ganando y perdiendo, luchando siempre, los jugadores hicieron renacer un sentimiento que momentáneamente nos rescató del marasmo y del miedo, de las divisiones y los recelos. Y fue posible entender que, más allá del espectáculo, hay un fondo humano en el deporte, y que hay valores que deben cuidarse, como la lealtad, la caballerosidad y la solidaridad.Ganamos con entusiasmo, perdimos con grandeza y dignidad. Ellos, los de la Selección, pelearon en la cancha, y nosotros vivimos la admiración en cada casa, y cada sitio se transformó en una expectativa y en un homenaje. En estos días, el país pudo ejercer el entusiasmo y mirar más allá de las fronteras del egoísmo habitual, del cálculo político y del cansino noticiario de cada día. Fue posible darle espacio, tiempo y atención a preocupaciones distintas y mejores. La circunstancia quedó marcada por aquello de “juega la Selección” y, de ese modo, ese día fue mejor.Vendrán las censuras desde la butaca, desde la sabiduría del comentarista, vendrán los análisis y las especulaciones, pero en los hombres y en las mujeres comunes, en la infraestructura humana del Ecuador, quedará la impresión, el recuerdo y el testimonio de que sí es posible la grandeza, y que ella no está en la política; está en los que compitieron en las canchas en nombre del país, en los que, pese a todo, creyeron, en los que cantaron el himno nacional, en los que, en tierras lejanas, entonaron un pasillo con el alma a flor de piel, y nos dijeron así que la nostalgia nos une, y que al migrante y al turista, y a todos, el país les convoca, les llama. Y que no somos número, que somos una canción, y que semejante signo no pueden ostentar todos, aunque el dinero les abrume.Volverá la selección, y vendrá con ella el testimonio de la dignidad, del señorío con que respondieron a agresiones y desprecios de quienes no supieron ser hospitalarios, de los que confundieron la política con el deporte, de los que se achicaron en la mezquidad, de aquellos a quienes la prepotencia les negó la posibilidad de ser hospitalarios, de vivir la cultura de la generosidad y del respeto. De un México que no supo asumir lo de la mano abierta.No sé de fútbol, pero entiendo los mensajes del esfuerzo y la disciplina que nos llegó en los minutos de tensión de cada evento. Sí entiendo el compromiso de jugadores esforzados que nos permitieron mirar al país de mejor modo.El evento nos deja la evidencia de que podemos unirnos como un puño para afirmarnos y ser mejores, como un brazo que agita una bandera y ser como el hombre y la mujer que gritan cada gol con la pasión que solo conoce el hincha. (O)