Escribo antes del partido con México. El feriado decretado tras el triunfo de Ecuador sobre Alemania en el Mundial produjo estupor dentro y fuera del país, con críticas: reacción desmedida, decisión populista, oportunismo político. Pero la realidad terminó por interpelarme. ¿Qué era lo que no comprendía de las fiestas colectivas? ¿Qué secreto encierran para convertirse en el corazón de un país que late al unísono?Cuando vivía cerca de comunidades indígenas en Riobamba veía cómo dedicaban meses, a veces años a preparar una fiesta. Los priostes invertían grandes sumas; familias cocinaban juntas, músicos ensayaban y los vecinos se organizaban. Lo importante era que, por unos días, el pueblo entero pudiera reconocerse como comunidad. Desde una lógica económica parecía un desperdicio; desde una lógica cultural era una inversión.La fiesta no se improvisa. Se prepara. Se hereda. Permanece en la memoria. En la Ferroviaria, en Guayaquil, la familia Pastor trabajaba todo el año vendiendo fanesca, colada morada y organizando actividades para regalar en julio una fiesta al barrio. No acumulaban dinero, sino vínculos. Esas celebraciones reunían generaciones enteras y hacían que los vecinos dejaran de ser extraños. Décadas más tarde seguimos recordando esos encuentros y la alegría de reconocernos parte de un mismo lugar.Desde una lógica económica, un feriado puede parecer un disparate. Pero la vida humana nunca ha sido únicamente producción. Si todo se midiera en horas trabajadas y dinero generado, habría que eliminar los carnavales, las fiestas patronales, los cumpleaños, los conciertos e incluso los domingos.La fiesta pertenece al ámbito de lo gratuito. No produce mercancías: produce comunidad. Ninguna cultura ha renunciado a ella. Incluso en tiempos de pobreza, guerra o incertidumbre, las personas siguen reuniéndose para cantar o compartir una mesa. Celebrar no borra el dolor, pero impide que tenga la última palabra.Ecuador lleva años viviendo bajo el peso del miedo. Cuando una sociedad permanece demasiado tiempo bajo amenaza, cualquier alegría compartida adquiere un valor inesperado. Por eso vimos gente llorando, abrazando desconocidos y cantando con personas que quizá nunca volverán a encontrarse.No celebraban solo un gol, sino el alivio de sentirse, aunque fuera por unas horas, parte de algo más grande que el miedo. Durante meses el país ha ocupado titulares asociados a violencia, narcotráfico y asesinatos. Por un día aparecieron otras palabras: coraje, juventud, talento, disciplina, esperanza. También esos relatos construyen identidad.¿Qué sería de un país incapaz de celebrar? Las sociedades no viven solo de producir. También viven de cantar, de abrazarse y de reconocerse en una historia común.La fiesta no es lo contrario del trabajo. Es lo contrario de la desesperanza. Tal vez por eso, por unas horas, Ecuador dejó de sentirse definido por el miedo. Ante sus propios ojos y los del mundo, lo definió un triunfo que recordó a todos quiénes aún podemos llegar a ser, un triunfo con sabor a leyenda. Con el tiempo, los niños de hoy quizás no recordarán los resultados, pero sí la celebración de sus padres y los colores de la bandera en los rostros, las camisetas, las calles. Recordarán un país orgulloso de sí mismo. (O)
Nelsa Curbelo: Un triunfo que construye identidad | Columnistas | Opinión
Tal vez por eso, por unas horas, Ecuador dejó de sentirse definido por el miedo.











