Teresa Arnandis en el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe, en Valencia, la ciudad donde vive.Lupe de la VallinaPara llegar a las influencers de ciencias, primero es necesario abrirse paso en los nichos más populares de las redes sociales: moda, belleza, bienestar, salud, comida y viajes. Luego, esquivar a una legión de pseudocientíficos, con perfiles altamente visitados aunque sus teorías no contengan ni un ápice de verdad; por último, sortear los sesgos de los algoritmos, que asocian a las STEM (siglas en inglés de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) con los hombres. Y allí están ellas: defienden que al ruido digital que abunda en Instagram, YouTube, y TikTok es necesario combatirlo con conocimiento científico.Comenzaron en los últimos 10 años, especialmente desde la pandemia, a contrapelo y para contrarrestar dos tendencias al mismo tiempo: la desinformación que se multiplicó en la misma época y la hegemonía de sus colegas hombres en redes sociales explicando física, química y matemáticas. Ahora, cada una desde su especialización, lo abarcan todo: de la nanoescala a la escala planetaria, de teorías abstractas a las aplicaciones más mundanas, desde las leyes más paradigmáticas hasta el límite de lo que es considerado científico.Anna Morales (Terrassa, 31 años) inventó un formato tan inesperado como original: explica nanociencia a través de pokémones. Se doctoró en Suiza con especialización en nanomateriales. De ahí el nombre que eligió para su perfil: @sizematters (el tamaño importa); aunque se preste a malentendidos, se refiere a una propiedad fundamental en la nanoescala: a menor tamaño de una partícula, mayor es la superficie que se encuentra en exposición. “Como casi todos mis seguidores son tíos, algunos están un poco a la defensiva”, comenta sobre el nombre.Graba y edita sus vídeos, que siguen más de 300.000 personas desde su casa-estudio en Sant Cugat del Vallès. Es tan experta en nanociencia como en pokémones, de los que rastrea propiedades poco conocidas para explicar diferentes teorías y leyes científicas. Su mayor esfuerzo consiste en desgranar una fórmula y contarla de tal modo que sea entretenida. Para ello se sirve de los personajes Charizard, Blastoise o Golisopod para enseñar termodinámica, potencia, caudal de agua o qué son los isópodos.Más de un 80% de su audiencia es masculina. Era de esperar si se tiene en cuenta que los videojuegos y las áreas de ciencias que no tienen que ver con la salud están fuertemente masculinizadas. No ocurre todos los días, y quizás por eso una de las mayores satisfacciones en el plano laboral sucede cuando un hombre elogia su trabajo. “En general, les cuesta mucho halagar a una mujer”, asegura.Al igual que las demás entrevistadas, monetiza su trabajo: acepta crear publicidad de productos que puede relacionar de alguna manera con su especialidad. Como a cualquier influencer, colgar vídeos en los que se posicione políticamente puede afectar la cantidad de ofertas que reciba. Size Matters no se pronuncia sobre temas científicos que puedan tener correlatos políticos —como podrían ser el cuestiones de salud pública—, en principio, porque excede su especialidad. ”Pero no tengo ningún problema en decir lo que pienso”, aclara. La publicación más política que creó fue sobre Sci-Hub, una biblioteca pirata que permite acceder a millones de artículos científicos, y en él abría el debate sobre la gratuidad del conocimiento.Rocío Vidal (@Lagatadeschrodinger) es una divulgadora con 946.000 seguidores en YouTube y con cerca de medio millón en Instagram. Ha recibido múltiples premios y también ha estado envuelta en polémicas por posicionarse en debates de actualidad. Formada en periodismo y comunicación científica, se especializa en desmontar bulos que circulan en internet. Terraplanismo, pseudoterapias, hombres que abogan por no masturbarse, diferentes teorías de la conspiración como las quimioestelas (la idea de que los aviones fumigan a la población) o que el agua cara es de mejor calidad que la barata son algunos de los asuntos que llaman su atención.A diferencia de Size Matters, cuyo principal mérito consiste en simplificar y volver entretenidas teorías hipertécnicas, el esfuerzo de La Gata de Shrödinger (Benicàssim, 32 años) es periodístico. Una de las preguntas que debe plantearse a diario es: ¿cuándo vale la pena desenmarañar un bulo y cuándo hablar de él funciona, al contrario, como un amplificador? Contesta lo siguiente: “Todos los días me envían bulos. Yo no los trato en un vídeo hasta que no veo que sea algo preocupante”.Un tema que le interesa en particular es el de la manosfera, un circuito de hombres que se sienten en crisis y enfatizan su masculinidad en internet. En uno de los últimos vídeos publicados, La Gata de Schrödinger desmiente una teoría que afirma que las mujeres pueden quedarse embarazadas de alguien con quien tuvieron relaciones sexuales años atrás. Estos hombres construyen sus hipótesis con falsos silogismos; pese a ello, las teorías están muy popularizadas. “Es evidente que disfrazan de ciencia una ideología. Siento la necesidad de desmontar estas afirmaciones, porque además es facilísimo, no se sostiene por ningún lado”, reflexiona esta influencer.Pero meterse con ellos tiene su precio. Afirma haber sido acosada, banalizada, amenazada más de una vez y hasta objeto de campañas de odio. Asume que es un problema sistémico: “La violencia en las redes sociales es mucho mayor contra nosotras. Obviamente fui cosificada sexualmente. Si en verano hago un vídeo con una camiseta de tirantes, la mitad de los comentarios aluden a mi aspecto físico. Tengo pechos, no me los puedo quitar, ¿qué hago? Enseguida está la sombra de la duda de si estoy explotando mi cuerpo para tener más visitas”.Un estudio de 2022 de la Universidad de Valencia confirmó que las mujeres sufren más el acoso que los hombres en las redes sociales. Años atrás, Amnistía Internacional alertaba de que una de cada cinco mujeres era víctima de ciberacoso, y que cambiaban, por ello, sus conductas en las redes: de publicar sus opiniones, la mitad pasó a no hacerlo. La discriminación, confirma este estudio, la sufren más mujeres.También Alba Moreno (Alcalá de Guadaíra, 25 años), @fisicamr, señala este fenómeno: “Como no te cuadra la estética, decides criticar eso en vez de lo que estoy diciendo. Debáteme los agujeros negros, no el top que llevo puesto”. En el cuello tiene tatuada la palabra physis, transliteración de “física” en griego antiguo. Acude a la entrevista con un tapado de piel hasta los pies. Debajo una prenda negra le cubre el pecho y lleva un short camuflado. Luce uñas larguísimas y botas de tacón de aguja. Como si fuese la única, desde que se mudó de Andalucía a Madrid esta influencer es conocida en el ambiente con el nombre de La Física. Se ha ganado un público fiel de cerca de un millón de seguidores en Instagram. En esta red, con sus looks a lo Bad Gyal, habla de los agujeros negros, de la gravedad cero o de la superposición cuántica.Desde que tiene memoria está fascinada con el universo, el cielo y las estrellas, y recuerda que de pequeña les explicaba matemáticas y ciencias a sus amigas antes de los exámenes. Su madre la incentivó siempre: a sus 10 años le regaló un telescopio, que hoy sigue utilizando. Con tal pasión por el universo, nunca se interesó por la astrología, a la que, como gran parte de la comunidad científica, denosta, en el caso de ella llamándola “el horóscopo”. En su familia hay trabajadores sociales, administrativos o topógrafos, pero ningún científico y, por ello, tenía sus reservas cuando pensaba en estudiar una ciencia exacta.“Tuve la suerte de que cuando era adolescente había internet. Entonces, me puse a buscar y encontré muchas mujeres científicas y físicas que habían hecho descubrimientos increíbles, como Lise Meitner o Vera Rubin. Que les había quitado el Premio Nobel su compañero, que no se les había reconocido el trabajo”, relata. Como en la mayoría de las áreas de conocimiento, las científicas mujeres han sido primero ignoradas en sus descubrimientos, luego vetadas de los espacios de publicación por ser mujeres y, por último, apartadas de los cánones históricos. Eran comunes casos como el de la creadora del primer algoritmo, Ada Lovelace, cuyo trabajo fue atribuido durante años a Charles Babbage.En lugar de que la discriminación histórica fuese un freno, descubrir a estas científicas resultó un incentivo para La Física. “Fue un subidón. Pensé: pues yo también puedo”. Como en una cadena, ese mismo impulso que le dieron sus colegas pasadas, ella se lo transmite a mujeres más jóvenes y a niñas. “Muchas me escriben para decirme que gracias a mí se han comprado su primer libro de Física o que se veían incapaces de estudiar y ahora están en la carrera”. A pesar de algún profesor que la desanimó, se decidió a estudiar Física. Como desde que está en la UNIR no conseguía encontrar en la universidad un grupo de compañeros con los que debatir los temas que a ella le interesaban, pensó: “¿Por qué no buscar esa comunidad en las redes sociales?”. Se lo planteó en 2021 con un afán de fomentar la conversación, como si fuese un blog de la década de 2000.La cantidad de mujeres en estudios científicos aumentó en los últimos años, pero ni siquiera hoy superan el 35% de matriculadas, según los datos proporcionados por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Ser menos no significa que tengan más oportunidades. Por el contrario, el techo de cristal sigue sin quebrarse: las mujeres no llegan a representar el 30% en los cargos académicos más altos. Teresa Arnandis (@­ladyscienceofficial), una influencer valenciana de 39 años, asegura que las científicas mujeres deben trabajar más para ser reconocidas. “En el laboratorio tenía que hacer el doble de experimentos. Tenía que trabajar el cuádruple como investigadora, como docente y antes como estudiante”, cuenta en una conversación en la cafetería del Museo de las Ciencias Príncipe Felipe. La misma impresión comparte La Física como estudiante en relación con sus compañeros hombres, aunque entre las vivencias de una y los estudios de la otra haya irrumpido la cuarta ola del feminismo.Lady Science es una científica total: tiene un doctorado en Bioquímica y Biomedicina, un posdoctorado en oncología molecular, diplomaturas en Farmacia y Óptica y Optometría, y másteres en Biología Molecular y en Nutrición y Salud. Además de investigadora fue profesora universitaria: “Para eso me había preparado toda la vida”, relata. Hoy la divulgación ocupa el total de su tiempo, excepto el que dedica a la maternidad, que no minimiza: “Soy partidaria de las madres presentes. Al fin y al cabo, a los niños alguien los tiene que criar”.Cuando era pequeña pasaba horas en la farmacia de su padre, donde había telescopios, incubadoras y se formulaban experimentos. Allí le sucedió aquello con lo que los demás niños solo fantasean: “Un día, teníamos unos huevos de gallina fecundados. Los metimos en la incubadora de mi padre en la farmacia. Al día siguiente, estaba lleno de pollitos. A mí me pareció superfascinante”. Durante la pandemia daba clases de Histología en la universidad. Frente a la gran cantidad de bulos y noticias falsas, se vio, asegura, en la obligación moral de combatirlos.Poco a poco, mientras cuidaba de su bebé y su trabajo como influencer iba cada vez mejor, dejó la investigación y la docencia para volcarse enteramente en las redes sociales: “No podía hacer cuatro cosas mal”, se justifica. “Y nunca se me había ocurrido que de la divulgación se pudiera vivir”. Ya tenía nociones básicas de fotografía cuando estudió Óptica, y aprendió a cortar los vídeos con el editor de TikTok. Además de las novedades en bioquímica y biología molecular, como nuevas vacunas o tratamientos oncológicos, cubre temas que apuntan a un público más generalista: responde con fundamento científico a preguntas como por qué el hielo flota o por qué los gatos tienen pupilas verticales.Mientras cuenta su historia, y durante la sesión de fotos, no se le quita la sonrisa del rostro. Es la única que ha acudido a la entrevista sin estar acompañada de un representante o estilista. Rubia, muy alta y de tez clara, su apariencia arroja una pregunta inevitable. En las redes sociales, ¿puede su imagen ser tan determinante como los doctorados y la excelencia académica? Con sinceridad y no sin tomarse antes unos segundos para pensar, responde: “Físicamente hay que tener un gancho, ¿no? Yo lo llamo marca personal. Entiendo que hace falta visibilizar otros colectivos, otros tipos de sellos personales”. Para ello, para visibilizar la diversidad, a los intereses que mueven los algoritmos aún les queda un largo camino por recorrer.