Cuando en casa los ingresos rozan los 900 euros y hay cuatro bocas que alimentar, pagar la cuota para que un hijo pueda federarse en un equipo es impensable. Melisa, madre soltera de tres, no puede permitírselo. Pero los niños van al colegio y ven a sus amigos, que sí hacen deporte. Y al final lo que quiere un crío, básicamente, es jugar. Sus hijos, especialmente las dos pequeñas, se han pasado tardes y tardes encerradas en la habitación en la que viven, en un piso compartido en Madrid. Hasta que un día lo impensable se hizo posible. A esta madre, que prefiere usar su segundo nombre para preservar la intimidad de su familia, le contaron que una asociación podía ayudarlas. “Mi hija mediana quería jugar al voleibol”, explica. Encontraron un club para ella y buscan cómo subvencionar las cuotas y la equipación. “Antes estaba un poco afligida. Ha habido un cambio en ella, hasta en el carácter. Ahora viene contenta, viene cansada”, explica. Ya no es la amiga que no hace actividades. Ahora es una más. Eso es precisamente lo que busca una asociación sin ánimo de lucro que surgió hace apenas año y medio. Se llama Todos juegan y es la responsable de que la hija de Melisa tenga esa oportunidad. Su misión no solo es lograr que puedan hacer deporte niños que de otra forma no podrían, bien porque viven en hogares que están pasando apuros económicos o porque residen en centros para menores tutelados por la Administración. Sino que se integren en equipos con otros chicos del barrio, sin importar el estado de las cuentas bancarias de sus padres. Aquí, precisamente, dan en la diana. Lo explica Raúl Flores, coordinador de estudios de Cáritas Española. “El 15% de los adultos que acudieron a centros de ocio o grupos juveniles [entre ellos se incluyen las actividades deportivas] con regularidad cuando eran niños o adolescentes están en riesgo de pobreza, frente al 27,8% de los que no acudieron”, apunta. Pero Flores va más allá: “Una actividad de ocio solo para niños pobres no frena la transmisión intergeneracional de la pobreza, puede incluso acelerarla. Los niños y niñas necesitan relacionarse con diversidad para proyectarse de maneras diferentes. Así les estás dando la posibilidad de generar lazos y vínculos con distintos estratos sociales”. En palabras de este experto, “lo que más protege contra la pobreza es que ese ocio y ese deporte sean integrados”. Melisa, que trabaja como auxiliar de ayuda a domicilio, no puede permitirse trabajar más de 30 horas a la semana; solo así puede encargarse de la entrada y salida del colegio de sus dos niñas pequeñas. Vino de Perú hace casi seis años, primero sola. Un par de años después logró traer a sus tres hijos. Da “gracias a Dios” porque no les faltan ni alimentos ni techo, pero en la habitación que comparten los cuatro “las camas están pegadas, no hay espacio, no tienen una mesa donde poder estudiar”. El mayor ya tiene 18 y, cuando era adolescente, él le pidió muchas veces que lo apuntara a fútbol. “Yo le decía que más adelante, que ahora no podía. No puedo asumir los 500 o 600 euros que cuesta al año”, cuenta. Fue en Balia, una organización que dos veces a la semana ayuda a sus hijos “con las tareas y organiza actividades con ellos”, donde le hablaron de Todos juegan, para que ayudara a su hija mediana, que ahora tiene 13: “Estaba entrando en una edad difícil y el equipo la ha ayudado mucho”. José Ignacio Arrufat, presidente de esta asociación, cuenta que se encargan de “facilitar la búsqueda de un equipo deportivo a chicos y chicas que no se lo pueden permitir, y una vez que pasan una prueba [de admisión] y entran en el equipo”, hacen un seguimiento. Les llegan casos desde organizaciones como Cáritas o Balia, apunta, y también hay familias que les contactan directamente. “Cuando alguien busca un deporte, hablamos con los clubes por su zona, vemos si tienen hueco, les hacen una prueba”, sostiene. Pero no solo se fijan en el aspecto deportivo, también en el social. “Imaginemos que ha sufrido malos tratos, pues buscamos un club más amigable en el que ganar no sea lo más, más importante. Usamos los valores del deporte a favor”, resume. Todo surgió hace ya 10 años, cuando el hijo de Arrufat, que jugaba al fútbol, le contó que un amigo quería apuntarse, pero no podía. Vivía “en la resi”, un centro para menores tutelados. Él —que tiene su estudio de posproducción de sonido— y un grupo de padres se encargaron: recogían al chico, lo llevaban a entrenar, sufragaban los gastos. Ese fue el germen de lo que hoy es Todos juegan. En año y medio han ayudado a 43 menores de cinco a 18 años, todos en Madrid; de ellos, 25 viven en hogares y 18, en centros. Hay 25 clubes que colaboran. “Trabajamos con todo tipo de familias”, explica. “No hay un único perfil, hay migrantes, también personas de origen español”, añade. Nino Trillo-Figueroa decidió acoger a un compañero del equipo de su hijo. También del mismo equipo que el hijo de Arrufat. Este compañero había llegado a España con 11 años, sin compañía de ningún adulto, y vivía en una residencia para menores tutelados. “Nadie acoge a niños de esa edad”, afirma este abogado de 51 años. Lo suyo fue un programa temporal, que enlazó con otro programa temporal, y así durante cinco años, hasta que cumplió los 18. “Estoy separado y el primer año estuvo conmigo todo el tiempo, pero por trabajo era inviable, así que pasó a venir a casa en semanas alternas, como mis dos hijos”. El resto del tiempo estaba en la residencia. Era como una custodia compartida, y la mitad del tiempo pasó a vivir en familia. Ahora reside en un piso tutelado, pero mantienen el vínculo. No hay muchas organizaciones que se dediquen a lo mismo que Todos juegan. Suelen centrarse en cubrir necesidades básicas y, aunque las grandes ONG tienen programas para que los niños participen en espacios extraescolares, como clubes deportivos o culturales, subvencionar las cuotas de equipos deportivos federados es más complicado. “Esta asociación llena un hueco”, apunta Juan Francisco Martín, educador social empleado en un centro de atención a la infancia en Madrid. Trabaja con familias en situación vulnerable. “Tienen que escoger entre comer o que sus hijos jueguen”, sostiene. Él colabora con Todos juegan, analizando cuáles son las necesidades de cada hogar. Explica que a nivel público hay programas, “pero no como para poder pagar una beca para jugar al fútbol”, por ejemplo. “Al final, los servicios sociales tienen unos recursos muy escasos. El más parecido que hay en Madrid es el sociodeportivo: juntas a niños del barrio para hacer deporte. Pero no compites. Y muchos niños se quedan fuera”. Libeth Hernández, de 38 años y también madre soltera de tres, trabajó como camarera de piso en un hotel, pero ahora está en el paro e ingresa apenas mil euros. Trajo a sus hijos desde Honduras, su país natal, hace tres años. Llegó a plantearse apuntar al pequeño, que tiene nueve, a extraescolares para que jugara al fútbol. “Pero el profesor me dijo que si conseguía otra cosa por fuera, mejor, porque ahí solo había entrenamientos y él quería jugar partidos”. Ahora los sábados son para competir, aunque haya un parón durante el verano. Ya ha rellenado la ficha del próximo curso y está ilusionadísimo. Comparte equipo con un amigo que también va a Balia, el hijo de César Alexis Tejada, hondureño de 46 años, quien trabaja en una empresa de transportes. Su mujer va un par de veces a la semana a limpiar en una casa. Entre los dos ingresan unos 1.500 euros y casi la mitad es para el alquiler, así que con el resto tienen que apañarse ellos y sus tres hijos. También su niño les había pedido apuntarse y habían tenido que decirle que no podían permitírselo. “Eran 500 euros”, recuerda. Según una encuesta encargada por Todos juegan y realizada a 631 hogares con hijos de cinco a 18 años, una de cada cinco familias afronta alguna barrera económica que impide o limita que sus hijos puedan hacer deporte. Muchas veces, la cuota tiene que pagarse de golpe. Pero, aunque pueda fraccionarse, hay hogares en los que 40 o 50 euros al mes pueden ser la diferencia entre tener comida en la despensa o no.
El deporte como puerta de salida de la pobreza infantil: “A mi hija le ha cambiado hasta el carácter”
Una asociación busca plaza en equipos a niños cuyas familias no pueden pagar las cuotas. Muchas “tienen que escoger entre comer o que sus hijos jueguen”










