El pasado fin de semana, Irán estuvo cerca de hacer saltar por los aires la frágil paz abierta tras la firma del memorando de entendimiento con Estados Unidos. El detonante fueron dos ataques atribuidos a Teherán contra buques que trataban de utilizar una nueva ruta por el Estrecho de Ormuz, más próxima a Omán y pensada para esquivar las aguas iraníes. Washington respondió con sus propios bombardeos, la república islámica contestó y el alto el fuego quedó durante días en un limbo. Finalmente, el lunes, Washington y Teherán anunciaron que no habría más ataques. La tregua sobrevivió una vez más, pero el episodio dejó al descubierto algo más que la fragilidad del acuerdo: Irán ya no es el mismo país que fue atacado cuatro meses atrás. El conflicto ha supuesto una derrota evidente para los objetivos manifestados por Estados Unidos e Israel, aunque eso no significa que Teherán haya salido como claro ganador. Su capacidad militar convencional está severamente dañada, la economía ha quedado devastada y la reconstrucción será larga, cara y políticamente muy exigente. Teherán necesita que la guerra termine de una vez por todas, pero si algo ha demostrado una y otra vez es que no aceptará un acuerdo que lo devuelva a la casilla anterior: contenido, sancionado hasta las orejas, y sin palancas para negociar. Ese Irán ya es cosa del pasado. Mejor acostumbrarse cuanto antes. Es justo lo contrario de lo que Washington y Tel Aviv esperaban cuando lanzaron su operación conjunta el 28 de febrero y mataron en las primeras horas al líder supremo de la República Islámica, Ali Jamenei. Israel ya había golpeado la estructura del poder iraní en junio de 2025, durante la llamada guerra de los 12 días, con asesinatos de altos mandos, científicos nucleares y dirigentes políticos. En diciembre, una oleada de protestas económicas se extendió por más de 200 ciudades y localidades de las 31 provincias del país. El cálculo era que un régimen descabezado, con la economía asfixiada por las sanciones y una población mayoritariamente hostil al Gobierno tenía altas probabilidades de colapsar. TE PUEDE INTERESAR Pero lejos de provocar un cambio de régimen, el conflicto ha empujado al país hacia un Estado más militarizado, más nacionalista y, sobre todo, con menos restricciones a la hora de usar la fuerza. “La gran ironía de esta guerra es que la principal preocupación de los generales iraníes, hasta ahora, había sido evitar el conflicto directo con Estados Unidos e Israel”, resume Sajjad Safaei, analista iraní especializado en seguridad en Oriente Medio, en entrevista con El Confidencial. “Pero la guerra contra Irán ha matado el miedo iraní a la guerra”, agrega. Nada de eso habría sido posible si el sistema se hubiera descompuesto tras la muerte de Jamenei. La sucesión de su hijo, Mojtaba, se activó con una rapidez que descolocó a quienes esperaban una lucha interna paralizante. La clave fue que las fuerzas armadas apenas registraron defecciones y conservaron suficiente cohesión —y también suficiente descentralización— como para sostener una campaña militar prolongada. Cuando quedó claro que el control del gobierno no estaba en peligro, la guerra empezó a funcionar, además, como una oportunidad política para el aparato de seguridad del Estado. La República Islámica que sale de la guerra se parece menos al régimen fundado para custodiar una revolución religiosa y más a un Estado nacional-securitario dirigido por hombres formados en la Guardia Revolucionaria. Es la culminación de un proceso que ya había comenzado años atrás con el desgaste del sector más moralista del sistema —sobre todo tras la revuelta de 2022 por la muerte de Mahsa Amini— y con la entrada del aparato de seguridad en casi todos los resortes del poder iraní. "La seguridad nacional se ha vuelto mucho más concreta en la mente de un segmento más amplio de iraníes" Safaei vincula esa mutación del Estado con un cambio en la percepción de muchos iraníes. “La seguridad nacional se ha vuelto menos abstracta y mucho más concreta en la mente de un amplio segmento de iraníes”, asegura. Hasta hace poco, explica, esa idea seguía marcada sobre todo por la memoria de la guerra Irán-Irak. Ahora, la población ha vivido en sus propias carnes los bombardeos, los barrios destruidos, las infraestructuras energéticas dañadas y la sensación de que la integridad territorial del país podía desaparecer en cuestión de horas. Esa vivencia ha debilitado la separación narrativa mantenida durante años desde Occidente entre el pueblo iraní y el Gobierno que lo reprime. Eso no significa que la sociedad haya olvidado la violencia estatal y la muerte y encarcelamiento de cientos de manifestantes en las protestas. Pero bajo las bombas, el cálculo político cambia. “Hay una nueva apreciación de las figuras militares, las fuerzas armadas del país y sus símbolos”, asegura Safaei. TE PUEDE INTERESAR En un análisis publicado en Foreign Affairs, los profesores de la Universidad Johns Hopkins Narges Bajoghli y Vali Nasr señalaban que el cambio generacional dentro del poder iraní es más importante que los nombres situados en la cúspide. La clave no estaría solo en Mojtaba Jamenei, en el presidente del parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, o en los altos mandos del IRGC, sino en la capa inmediatamente inferior: comandantes, gestores de seguridad y cuadros civiles que no se formaron contra el sha ni en los debates ideológicos de la revolución, sino dentro de las instituciones de la República Islámica. No están intentando demostrar que la revolución merece existir. Dan por hecho que el Estado existe y que su tarea es administrarlo, defenderlo y hacerlo sobrevivir. Los expertos consideran que el nuevo gobierno iraní es fervientemente nacionalista, pero capaz de un mayor pragmatismo. Puede tolerar cierta relajación social si eso ensancha la base nacional. Puede negociar con Washington si necesita oxígeno económico. Puede hablar menos de pureza religiosa y más de carreteras, radares, puertos, drones, refinerías y reconstrucción. “La línea divisoria ahora está menos en esas cuestiones de estilo de vida y esos asuntos culturales, y más en esto: ¿estás del lado de la soberanía de Irán o no?”, apunta Safaei. El nuevo orden regional Ormuz es el ejemplo por excelencia de que el rol de Irán en el equilibrio regional ya no es el de antes. Durante décadas, el estrecho ha sido concebido en el tablero geopolítico global como una vía marítima internacional protegida por la superioridad naval estadounidense. La guerra ha roto esa premisa. “El Estrecho de Ormuz se entiende ahora por todas las partes como un activo iraní, no como una vía marítima abierta respaldada por una garantía estadounidense”, resumen Bajoghli y Nasr. Cuando Irán golpeó el pasado fin de semana a buques que utilizaban la ruta alejada de sus aguas en el estrecho, el mensaje no iba dirigido solo a Washington. También hablaba a Riad, Abu Dabi, Doha o Manama. La guerra ha enseñado a las monarquías del Golfo que una base estadounidense puede atraer protección, pero también convertir su territorio en objetivo. EEUU llevó el conflicto hasta sus ciudades, sus puertos y sus infraestructuras críticas, y no pudo evitar que sus economías pagaran parte de la factura. Ormuz es el ejemplo por excelencia de que el rol de Irán en el equilibrio regional ya no es el de antes. Durante décadas, el estrecho ha sido concebido en el tablero geopolítico global como una vía marítima internacional protegida por la superioridad naval estadounidense. La guerra ha roto esa premisa. “El Estrecho de Ormuz se entiende ahora por todas las partes como un activo iraní, no como una vía marítima abierta respaldada por una garantía estadounidense”, resumen Bajoghli y Nasr. Cuando Irán golpeó el pasado fin de semana a buques que utilizaban la ruta alejada de sus aguas en el estrecho, el mensaje no iba dirigido solo a Washington. También hablaba a Riad, Abu Dabi, Doha o Manama. La guerra ha enseñado a las monarquías del Golfo que una base estadounidense puede atraer protección, pero también convertir su territorio en objetivo. EEUU llevó el conflicto hasta sus ciudades, sus puertos y sus infraestructuras críticas, y no pudo evitar que sus economías pagaran parte de la factura. Teherán intentará construir el nuevo equilibrio regional sobre esa grieta de confianza. Un cálculo que mira también más allá de Washington y considera el fin de la guerra como el inicio de un equilibrio global menos dominado por EEUU, con China ocupando un papel más central y las monarquías del Golfo obligadas a medir mejor el coste de alinearse sin matices con la Casa Blanca. Por eso los dirigentes iraníes quieren plasmar en cualquier acuerdo final el hecho de que la República Islámica es ahora inevitable en la arquitectura de seguridad del Golfo y que no puede volver a ser aislada mediante sanciones, bloqueos navales o rutas marítimas que escapen a su control. TE PUEDE INTERESAR Por otro lado, las aspiraciones estadounidenses de que Irán deje de financiar y respaldar a fuerzas regionales como Hezbolá, las milicias iraquíes o los hutíes están destinadas a caer en saco roto. Para Teherán, esos grupos van mucho más allá de la narrativa revolucionaria del Eje de la Resistencia. Son piezas clave en su arquitectura de defensa que permiten evitar que Israel o Estados Unidos concentren toda la presión sobre territorio iraní. La pérdida de Siria como corredor estratégico tras la caída de Bashar al Asad ha reducido esa profundidad regional, pero también ha hecho más valiosos los puntos que quedan. Por eso el fin de las hostilidades en el Líbano ha sido una condición innegociable para los líderes iraníes. Safaei cree que esa será una de las grandes lecciones militares de la guerra: Irán no volverá a dejar que Israel o Estados Unidos marquen el ritmo de la escalada, ya sea contra su propio territorio o el de sus aliados. “Si miras los acontecimientos, especialmente desde 2024, en cada paso del camino en el que los israelíes cruzaron una línea roja, los iraníes dudaron, y eso solo animó más y más ataques israelíes contra Irán después”, explica. Para el nuevo aparato de seguridad, la paciencia estratégica del pasado fue contraproducente: contuvo su propio margen de actuación y envalentonó a sus adversarios. De ahora en adelante, las respuestas militares iraníes serán más rápidas y más coordinadas con las fuerzas afines de la región. Algo que ya se vio durante el alto al fuego previo al memorando de entendimiento, cuando Irán lanzó misiles contra Israel en respuesta a las operaciones israelíes contra Hezbolá en el Líbano. “El mensaje que está transmitiendo a Irán e Israel es el siguiente: ‘La próxima guerra no será algo que vosotros empezáis y nosotros terminamos después de unos días. Será una guerra a gran escala, una guerra regional’”, concluye Safaei.
El Irán que conocíamos ya no existe: este es el país que ha nacido de la guerra
La guerra con la que Estados Unidos e Israel buscaban un cambio de régimen ha convertido a Irán en un estado más militarizado, más nacionalista y con menos miedo a defender sus intereses en la región













